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PESADILLA 4 – LA GUERRA ES BUENA

La niña del vestido rasgado saltaba y bailaba entre los cascotes, canturreando:

La guerra es buena.

La guerra es buena.

Remueve la tierra.

Y cambia las cosas

a su manera.

 

Al principio lloraba, porque era pequeña. Ahora salto, juego y bailo, hasta que vengan. Las casas saltan y vuelan, están hechas de piedra. La gente corre, se esconde y yo me río de ellas. A veces explotan, y manchan la acera. Dispararon a mis padres, a mí me hicieron daño, pero todavía soy buena. Mataron a mi hermano, lo normal es que te corten la cabeza. Pero yo soy buena y canto como una fiera.

La guerra es buena.

La guerra es buena.

Remueve la tierra.

Y cambia las cosas

a su manera.

 

Me encuentro brazos, me encuentro piernas y juego con ellas. Me puse un casco y cogí una bandera, como esos malos de la carretera. De noche me escondo, sin que me vean. Mi escondite es un secreto, es invisible para ellos. Como lo que cojo y cojo lo que veo. Puede que un día yo los mate a ellos. Es como un juego de malos y buenos en el que te haces agujeros. Ríes y lloras, ves pájaros negros, haces mucho ruido con coches de fuego. Aun no tengo fuerza para matar, pero yo de mayor también quiero jugar.

 

La guerra es buena.

La guerra es buena.

Remueve la tierra.

Y cambia las cosas

a su manera.

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 3 – EL RÍO DE LOS MUERTOS

Guardo con absoluta nitidez mis primeros recuerdos del río. El cielo era de un intenso azul de principios del verano y el sol acariciaba sin quemar. Yo tendría cinco o seis años, y el agua límpida, cristalina, que me llegaba casi por la cintura, me permitía ver con claridad los renacuajos jugueteando entre mis piernas. Mis padres estaban sentados sobre la blanca arena de la orilla, observándome, disfrutando a través mía, viéndome chapotear por vez primera en las frescas aguas del río.

El río era ancho, su curso enérgico, y en mi mente infantil, el mundo un precioso lugar lleno de dicha, infinito, dispuesto a ser explorado. La alegría, el tesoro de la alegría, recorría mi cuerpo como un fluido de luz. Todo era perfecto, y ni siquiera podía imaginar que este mundo pudiera albergar un ápice de maldad u oscuridad.

El resto de recuerdos que guardo son cristales rotos, sucios, entremezclados en un caos que sigo intentando ordenar en el laberinto de mi cabeza.

Recuerdo que ya era un poco más mayor, y que ahora avanzaba –impulsado no sé muy bien por qué– por el curso contracorriente, entre ligeros saltos de espuma blanca. La alegría seguía en mi interior, pero ya no fluía con la misma intensidad, al igual que el azul del cielo ya no me parecía tan luminoso. Mis padres no estaban en la orilla.

Ahora el curso se iba estrechando claramente, las orillas estaban mucho más cerca la una de la otra. Atardecía, y todo el paisaje cubrió sus vivos colores con un velo de penumbra desvaída. No podía ver mis pies a través del agua cada vez más fría según avanzaba, pues iba adquiriendo un turbio color verdoso, similar a la vegetación que jalonaba las orillas como revueltas matas de pelo que surgiesen de la arena. Mi alegría se iba enfriando, pues se mezclaba con una fina corriente de confusión que sentía recorriéndome. Algo me decía que recónditos horrores insospechados estaban aguardando su momento para darse a conocer. El mundo ya no me parecía tan puro en su bondad. Comprendí que su peor cara aun no me había sido mostrada, e intuí que esa era la razón por la que los rostros de los mayores acumulan arrugas, tristeza y amargura. El tiempo, con su inexorable enseñanza, las había puesto ahí.

Ya no era un niño, pero tampoco un mayor. Sentí haber despertado de un bonito sueño infantil, y todo lo que iba viendo pasar por las orillas me parecía desangelado, triste; me pregunté cómo alguna vez me pudo haber parecido todo tan luminoso y enérgico, cuando lo que me rodeaba ahora reflejaba una incuestionable desolación. Encontré a otros caminando por el curso del río, tan confusos y perdidos como yo. La única referencia válida del mundo era la corriente contra la que caminábamos. Curso arriba, temblando.

Durante largos tramos del río el agua me llegó al cuello, y por primera vez temí morir ahogado, aunque nunca dejé de caminar. Y cuando la profundidad disminuía, la fuerza del curso parecía incrementarse para compensar, como si el río desease mantenerme luchando sin tregua. Los dulces recuerdos ligados a mis primeros pasos volvían a mi mente ahora como extrañas fantasías ajenas, nunca vividas realmente más allá de una burbuja de ingenuidad pueril. Comencé a ver cadáveres flotando río abajo.

Recuerdo andar tiritando bajo la luz de las estrellas, con el agua cortándome la carne como una sierra fluida que nunca se detenía. La oscuridad desde las orillas parecía susurrarme deseos de rendición y muerte, una invitación a sumarme al resto de cadáveres que descendían plácidamente por el curso del río, de vuelta al lugar del que todos partimos. Y aunque tenía fuerzas para continuar, cada vez aparecía con mayor frecuencia en mi mente una insidiosa, cambiante pregunta: ¿Para qué luchar? ¿por qué seguir? ¿quieres seguir sufriendo en vano, por nada, este frío eterno?

Caminar, caminar, caminar, con la vista fija en el punto donde la corriente, obcecada en doblegarme, se convertía en horizonte. Renuncié a pensar. Renuncié a sentir. Caminar, solo caminar.

Los hinchados cadáveres seguían descendiendo, cada vez en mayor número. Eludía su contacto, siempre que podía. Reconocí algunos rostros, que emergían de las aguas del pasado. También los de mis padres. Llovía con intensidad. Caminar, seguir caminando, caminar…

Mucho tiempo después comprendí lo que el río intentaba decirme desde el principio. El rumor de sus aguas siempre cantó la misma melodía, el mismo mensaje, pero yo no supe escucharlo antes. ¿Por qué luchas contra mí? ¿Por qué caminas contracorriente? Siempre te quise mecer en mi seno, pero te equivocaste de sentido. La meta a la que te diriges no existe. Yo soy el río. Tú eres el río. El río siempre vence, porque empieza donde acaba y acaba donde empieza. Origen y fin son ilusiones. Ellos ya lo comprendieron, como tú ahora.

Y vi que, en efecto, en aquellos rostros que descendían con la consistencia del légamo que pisaba desde hacía años, brillaba la luz de un sentido alcanzado. La paz de la complacencia absoluta con todo lo que existe.

Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que no me movía, que mi cuerpo estaba quieto. Mis ojos abiertos no veían nada, y el mundo a mi alrededor era solo un rumor entumecido, distante. Descendía, la oscuridad se intensificaba en un profundo silencio. Creí sentir que mi carne se desplegaba abierta como una vela, permitiendo que un líquido helado se mezclase con mi sangre. Un abismal pozo de negritud me arrastraba hacia su fondo. Me disolví en un cosmos de paz infinita.

Abrí los ojos, al tiempo que sacaba la cabeza a la superficie.

Desde la orilla, mis padres sonreían viendo a su hijo jugar en el agua.

El sol brillaba con fuerza en mitad de un cielo azul intenso, de principios de verano.

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 2 – IDENTIDAD FUTURA

Manipulando mi cartera, el DNI cayó al suelo. Al recogerlo me fijé en la fotografía. Allí no estaba mi cara de hace unos años. En su lugar, una grisácea calavera de hondas cuencas. Sorprendido, sin creer lo que veía, volví a fijarme con más atención. Inconfundible, pese a no haberla visto nunca antes, mi propia calavera me seguía sonriendo. Al levantar la vista, estupefacto, reparé en el calendario colgado de la pared. Marzo de 2073. No 2016, como había creído hasta ahora.

Entonces comprendí todo.

La oscuridad fue inundando lentamente mi consciencia, como un lento fluir de sangre azabache, mientras disparatadas hipótesis intentaban acertar en el centro de la Verdad. ¿Había sobrevivido mi mente en una dimensión cuántica a mi cuerpo muerto todo este tiempo, creyéndose aún viva? ¿Acababa de confirmar el determinismo de nuestra realidad y una falla del sistema me reveló un momento futuro? ¿Había enfermado mi cerebro, mezclando ideas con el entorno?…

Demasiado tarde ya para mí.

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 1 – EL ANIVERSARIO

Ayer fue nuestro onceavo aniversario de casados. Carolina y yo estuvimos celebrándolo hasta bien tarde, bebiendo, riendo recordando buenos momentos… lo pasamos bien, muy bien, ya saben.

Carolina seguía hundida en el sueño cuando yo me levanté, a eso de las once. Bebimos mucho, esa es la verdad, pero a mí eso nunca me ha afectado demasiado para ponerme en marcha al día siguiente. El peso de la experiencia, supongo.

Lo tenía planeado desde hace tiempo. Cuando se levantase para comer, le tendría preparado uno de sus platos favoritos de siempre: lechoncito al horno. Así que, tras asearme  y tomar un desayuno ligero, me puse manos a la obra.

Preparé la mesa con esmero insospechado incluso para mí. La casa entera olía ya de maravilla. A eso de la una y pico me acerqué a ver cómo seguía durmiendo, algo que me embelesaba, durante los últimos minutos del horno.

Ella estaba medio despertándose, con una mano en la frente y los ojos cerrados, luchando por abrirlos.

–Uhmm… ¿qué hora es? –preguntó con un susurro arrastrado. Y su voz me llegó como una amortiguada campana desde el fondo de un lago negro. Y al llegar a mis tímpanos, la onda me refrescó la consciencia como si hubiese atravesado la superficie de ese lago helado.

–Eeeeh… no sé –realmente no sabía–, creo que me acabo de despertar.

–¿Y qué haces ahí de pie en la penumbra?

Sentí que acababa de desvanecerse un sueño lúcido e intenso como la propia vigilia. Confuso, justo en el segundo después de despertar.

–No… no lo sé –ella notó mi desorientación.

–Oye, huele bien… ¿Dónde está Dani? –Se levantó como un resorte, hacia la cuna.

–No lo sé, Carol, acabo de despertar te digo –La cabeza me empezó a dar vueltas.

–¿Y qué estás haciendo con el horno entonces, si te acabas de levantar? –chilló, abriendo los ojos como platos, las manos sobre la cabeza.

–Preparando la… la comi… –Pero realmente me estaba despertando ahora, comprendí con un abismo de horror abriéndose en mi pecho, mientras miraba la cuna vacía.

Carol corrió por el pasillo, gritando demente ¡Danii! ¡Daniiii! Con una voz que no era la suya.

Yo me aplastaba los ojos con las manos mientras empezaba a comprender lo que había pasado, lo que había hecho…

Lo que había hecho, lo que había hecho…

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

SERIE «PESADILLAS BERMER»

Estrenamos hoy «Pesadillas Bermer», una serie de relatos cortos que tendrán periodicidad regular, con la intención de ahondar en nuestros miedos más cotidianos y profundos. Más información aquí.

Y empezamos con la Pesadilla nº1: «El aniversario«.

Espero que os guste.

 

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

64 – PUTREFACCIÓN

No importan los pasajeros momentos de alegría y tristeza. No importan los conocimientos adquiridos, las experiencias que me enriquecieron, los logros alcanzados, las relaciones significativas que me unieron al mundo, todo lo material que alguna vez me pudo ilusionar…

Aunque fuese la propia esencia de mi vida, todo quedó reducido a un puñado de lejanos recuerdos intranscendentes. Frívolas memorias que germinaron en un inmaduro sustrato de la existencia. Huesos rancios.

He olvidado todas las caras, todos los nombres… no puedo recordar ni una sola línea de conversación de las millones con las que ensucié el silencio.

Pero nada, nada de eso importa ya. Todo ha sido un errático camino hasta alcanzar el único momento que dota de sentido a este cúmulo de vacío arrastrado por el tiempo. El momento de la iluminación trascendental.

La plena consciencia de que me estoy pudriendo. Mi cuerpo se pudre segundo a segundo, sin que nada ni nadie pueda detener esta condena a muerte, y con él mi mente y todo aquello que he sido. Porque no hay alma, ni ego, cielo o infierno, ni ninguna otra cosa que no sea este cuerpo, que lo sobreviva, por más que las milenarias creencias quieran servir de alivio a esta cruda realidad. Para quien toca esa oscuridad abrasadora, ya no hay vuelta atrás. Las implicaciones, como una bandada de cuervos que ocultasen el sol de la inconsciencia, te acompañarán para siempre. Los gusanos de la verdad devorarán cualquier brote de autoengaño o inocencia. Has muerto antes de tiempo, aunque sigas vivo.

Todos los senderos conducen al infinito océano de agua helada donde desapareceremos.

Y no importa nada de lo que puedas decirme, de lo que puedas intentar hacerme creer, bondadosa, pero patéticamente, para ayudarme. Porque he visto la realidad que subyace bajo todas las defensas.

Sé que me pudro.

Nos pudrimos.

Y eso es lo único que importa.

 *

CONCURSO: ¡BERMER RESUCITA!

 

 

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TRAS EL MURO

TRAS EL MURO

Portada tras el muro

El padre Antonio no se está sintiendo bien en estos últimos días. Una honda aflicción se ha asentado en su interior, al tiempo que extrañas sensaciones nunca antes percibidas parecen acosarlo. ¿Se trata de alguna enfermedad? ¿Estará perdiendo la Fe? ¿O tal vez esté asistiendo a una auténtica y oscura Revelación?

Ficha Técnica

–Título: “TRAS EL MURO»

–ASIN: B01BSS2DK2

–Nº Páginas: 23 (Total)

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Versión AUDIORELATO por OLGA PARAÍSO y JOSÉ BURILLO

RESEÑAS DE LECTORES:

1-RESEÑA en CRUCE DE CAMINOS

2-RESEÑA en MI BLOG DE LIBROS

3-RESEÑA en DE LO REAL A LO FANTÁSTICO

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«LLUVIA DE CASTIGO»

LLUVIA DE CASTIGO

portada-LLUVIA-DE-CASTIGO-Azramari

Un día cualquiera cae un fémur humano desde el cielo. Pero no será el primero, ni el último. ¿Qué demonios está pasando? ¿Cómo es posible que ocurra algo así?
«Lluvia de castigo» es un Ebook ilustrado por artistas como Azramari, Italo Ahumada, Andreu Romero y Nemesis.

Ficha Técnica

–Título: “LLUVIA DE CASTIGO”

–ASIN: B008P4LOKI

–Nº Páginas: 60 (Total)

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RESEÑAS DE LECTORES:

1-RESEÑA en SONIA UNLEASHED

2-RESEÑA en SOY UN ESPÍRITU LIBRE

3-RESEÑA en EL ERRANTE

4-RESEÑA en CRUCE DE CAMINOS

5-RESEÑA en HEROÍSMO IRRACIONAL

6-RESEÑA en CAMINANDO ENTRE LIBROS

7-RESEÑA en ILUSTRANOMICON

8-RESEÑA en REVISTA CULTURA Y OCIO

9-RESEÑA en MI BLOG DE LIBROS

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«HORRORES DEL MAÑANA Y OTROS RELATOS DE CIENCIA FICCIÓN OSCURA»

HORRORES DEL MAÑANA

 y

Otros Relatos de
Ciencia-Ficción Oscura


23 relatos de ciencia-ficción y terror que no te dejarán indiferente.

                                               Ficha Técnica

–Título:
“HORRORES DEL MAÑANA y Otros Relatos de Ciencia-Ficción Oscura”

Biblioteca Bermer, Nº3

ISBN Amazon: 9781980715009
ISBN: 978-84-614-7526-1
Depósito Legal: B-6564-2013
Portada: Azramari
Nº Páginas: 182 (Total en papel, 90 gr, estucadas en mate). 245 (Total en E-book).
Dimensiones:  6″ x 9″ (15  x  23 cm). Tapa blanda, laminada en mate.
Precio:
  9,95 € (Libro) (*¡En OFERTA actual: 5,50 €!) en KDP AMAZON.
2,99 € (E-book) en AMAZON. (*con más de 100 diseños e ilustraciones creadas por AZRAMARI).

                              

Relatos incluidos

          1-CONSCIENCIA IRREVERSIBLE                                    

          2-EL REENCUENTRO

          3-COMPAÑEROS DE TRABAJO                            

          4-COSMOVISIÓN                                         

          5-PRINCIPIO DE REALIDAD   (Inédito y exclusivo del libro)

       6OPUS

          7-EL CORAZÓN DE LA MÁQUINA  

          8-ARMAS DE MARTE                  (Inédito y exclusivo del libro)

          9-¡CLANG, CLANG!      

        10-HORRORES DEL MAÑANA  (Inédito y exclusivo del libro)

        11-LA HUMANIDAD DORMIDA                                    

        12-MONEDA DE CAMBIO                        

        13-COLMENA   

        14-EL CAMIÓN DE LA BASURA

        15-¿SOLOS?                        

        16-TUS OJOS SON LA PUERTA                         

        17-CREACIÓN

        18-HERMÉTICO

        19-SEGUNDA INCURSIÓN     (Inédito y exclusivo del libro) 

        20-DELIRIOS PSICÓTICOS DE NEÓN Y LLUVIA

        21-DANZANDO CON LA PSICÓSIS ELECTRÓNICA (Inédito y exclusivo del libro)                                

        22-LLUVIA ÁCIDA                        

        23-PRIORIDADES     (Inédito y exclusivo del libro)      

   

PUEDES CONSEGUIRLO EN:

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RESEÑAS DE LECTORES

1-RESEÑA en CRUCE DE CAMINOS

2-RESEÑA en SOY UN ESPÍRITU LIBRE

3-RESEÑA en ILUSTRANOMICON

4-RESEÑA en MASTODÓNTICA

5-RESEÑA en PARA GUSTOS LOS LIBROS

6-RESEÑA en EL ERRANTE

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«¡CORTADLE LA CABEZA! Y OTROS RELATOS DE TERROR»

¡CORTADLE LA CABEZA!

 Y

OTROS RELATOS DE TERROR

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                                                  Ficha Técnica

–Título:
“¡CORTADLE LA CABEZA! y otros relatos de terror”

Biblioteca Bermer, Nº2

ISBN Amazon: 9781980712190
ISBN: 978-84-613-5508-2
Depósito Legal: CC-999-2009
Portada: Italo Ahumada
Prólogo: Montse de Paz
Nº Páginas: 146 (Total)
Dimensiones: 
6″ x 9″ (15´2  x  22´9 cm). Tapa blanda, satinada
Precio:
  9,95 € (Libro) (*¡En OFERTA actual:  4,99 €!) en KPD AMAZON
.    2,95 € (E-book) en AMAZON.

Relatos incluidos

          1-LO TRAJO LA NOCHE                                    

          2-ALTA MAR  

          3-UNA MIRADA AL ABISMO                            

          4-¡CORTADLE LA CABEZA!                                          

          5-SALA DE ESPERA     

          6-DUELO EN HIGHVILLE   

          7-VANIA (Exclusivo del libro)

          8-UN SACO DE ILUSIONES       

          9-MI TUMBA  

        10-ESQUELETO Y LUNA                                    

        11-LA CENA                                                                      

        12-PUERTA AL INFIERNO    

        13-SÓLO ESTAR SOLO  (Exclusivo del libro)

        14-DE PIEDRA ES EL HOMBRE                        

        15-MAÑANA LLOVERÁ                         

        16-EL CIELO SOBRE NOSOTROS                                

        17-THANATOS S.A (Exclusivo del libro)

        18-D.E.P 

        19-LA VOZ                                                             

        20-LA CARICIA DEL SUEÑO 

        21-RESPONSABILIDAD PERSONAL (Exclusivo del libro)                                

        22-NIEVA SOBRE LA CIUDAD                          

        23-SEIS DE ENERO 

        24-PESADILLA EN UN CAMPO DE CABEZAS         

        25-SEÑOR DEL MAL 

        26-LOS MUERTOS ME LLAMAN (Exclusivo del libro)

        27-LA PALA 

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RESEÑAS DE LECTORES:

1-RESEÑA en CRUCE DE CAMINOS

2-RESEÑA en SOY UN ESPÍRITU LIBRE

3-RESEÑA en EL DESVÁN DE LAS PALABRAS

4-RESEÑA en PARA GUSTOS LOS LIBROS
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«AMOR CUÁNTICO»

 

AMOR CUÁNTICO

portada_amorcuantico 2023¿Quieres conocer la Universidad del futuro? ¿El secreto de los Ovnis? ¿La perfección de las mozas cuánticas?…

Sexo, ciencia-ficción, humor, y las penurias del amor… Todo esto y mucho más en la primera y última historia cómica de Luis Bermer.

Una rareza irrepetible.

Ficha Técnica

–Título: “AMOR CUÁNTICO”

–ISBN:  978-84-614-1359-1

–Nº Páginas: 58 (Total)

Descarga GRATIS en: 

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RESEÑAS DE LECTORES:

1-RESEÑA en SOY UN ESPÍRITU LIBRE

2-RESEÑA en MI BLOG DE LIBROS

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«HAIKUS OSCUROS I – Edición extendida

HAIKUS OSCUROS I – Edición extendida

PORTADA Haikus Oscuros I. Ed. Extendida

Primer volumen de la trilogía «Haikus oscuros». Recopilación de toda mi obra poética.

LEER EXTRACTO DE «HAIKUS OSCUROS»

                                                                    Ficha Técnica

–Título:
HAIKUS OSCUROS I. Edición extendida

Biblioteca Bermer, Nº1

ISBN Amazon: 9781980696377
ISBN: 978-84-613-3034-8
Depósito Legal: CC-680-09
Portada: Laura Barrera Bermejo
Nº Páginas: 143 (Total)
Dimensiones: 
6″ x 9″ (15´2  x  22´9 cm). Tapa blanda, satinada
Precio: 13
,36 €  en KPD AMAZON. 2,95 € (E-book) en AMAZON .


Contenido

 

–500 Haikus
3 Poemas:

          -«De sombras»

          -«Es tu recuerdo»

          -«No soy» 

 

–3 relatos:

               La casa de muñecas

              “La flor de diamante” (inédito y exclusivo  para esta edición)

            “Los desiertos del alma” (inédito y exclusivo  para esta edición)

Puedes leer los 221 primeros haikus aquí

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RESEÑAS DE LECTORES:

1-RESEÑA en SOY UN ESPÍRITU LIBRE

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41- INERCIA

 

Esta es la historia de Alfred Smith, un hombre que pasó la vida sentado en su cómodo sillón. Por increíble que pueda parecer en un primer momento, le aseguro a usted que Alfred no era un enfermo mental, ni un excéntrico millonario, y ni por asomo un nihilista convencido. De hecho, Alfred fue una de las personas más vitalistas e inteligentes que he conocido, amén de un gran privilegiado (y no sólo en el aspecto económico): mientras muchos desgastan su vida recorriendo sin descanso el largo y ancho mundo buscando desesperadamente un lugar donde echar raíces y descansar felizmente, sintiendo la tierra bajo los pies como una extensión del propio cuerpo, Alfred encontró a temprana edad ese maravilloso lugar en el sillón principal del salón su casa, trono de la eterna paz y armonía de su existencia.

 

No faltaron envidiosas voces que, haciendo gala de su incapacidad para comprender aquello que está por encima de uno mismo, acusaron a Alfred de llevar un estilo de vida contra natura, cargado de misantropía y odio a la sociedad. Nada más lejos de la realidad que semejante rumor nacido de la ignorancia: Alfred siempre recibió a sus visitas con sincera alegría y una educación casi protocolaria, rebosante de respeto. Tal vez no fuera un filántropo en el más amplio sentido del término, pero sin duda lo fue en mayor medida que aquellos que cargaban sus iras contra él.

 

Imagínese usted las características de aquel sillón en el que un hombre deseó pasar su vida entera. Si el dios Confort estuvo alguna vez sobre la Tierra, fue este sillón su providencial encarnación. Sólo hubiera podido pedírsele que diera conversación a su ocupante, mas esta carencia se perdonaba en virtud del onírico descanso que indefectiblemente se obtenía a voluntad en su seno. Tal era su perfección que incluso estaba equipado para aliviar cualquier necesidad evacuatoria del organismo y proporcionar los medios e instrumentos para un correcto aseo personal. Cuando se sentía aventurero y con ganas de ver mundo, Alfred daba algunas vueltas alrededor de su querido sillón, para volver al poco tiempo (carcomido por el recuerdo y la nostalgia) al amor de aquellos brazos que le esperaban siempre abiertos. Jamás se alejó más allá de dos metros de insufrible distancia.

 

Un hombre sin recursos económicos no hubiera podido mantener semejante actividad vital por más tiempo de las dos semanas de vacaciones estipuladas en su contrato laboral. Pero el dinero no era motivo de preocupación para Alfred (tal vez en esta actitud podría hallarse la causa de su desmedido amor por la filosofía). La trágica muerte de sus padres en el transcurso de un vuelo transoceánico que nunca llegó a su destino dejó en sus tiernas manos de infante el control de un fabuloso imperio comercial forjado durante varias generaciones. Era fascinante comprobar en persona como, con la ayuda de un simple teléfono, Alfred dirigía el futuro de su monstruo económico sin apenas cambiar de postura. Parecía un faraón perdido en el siglo XX, menos megalomaníaco y rotundamente mejor acomodado.

 

Cuando el viejo mayordomo de los Smith murió, yo pasé a ocupar su puesto. Apenas superaba la treintena por aquel entonces. Tuve mucha suerte. El embrutecedor trabajo que esperaba encontrar no fue tal en modo alguno. Yo diría que mis funciones se limitaban casi exclusivamente a representar con mi presencia en su hogar al género humano. Era una excelente persona, aprendí mucho a su lado. A menudo me invitaba a entablar enriquecedoras conversaciones sobre multitud de temas, y con el tiempo fuimos grandes amigos. Así fue como conocí la historia de su vida. Creo que él me la contó con más objetividad de la que yo estoy empleando para contársela a usted. ¿Quién podría dudar de su calidad humana? Todo eran elogios cuando sus palabras rescataban del olvido la memoria de su anterior mayordomo, Abraham Wakefield, que en paz descanse. Jamás el cuerpo de un mayordomo recibió tan majestuosa ceremonia fúnebre. Por ello es famoso el mausoleo Wakefield en el mundo entero.

 

En una ocasión le pregunté cómo era posible que un hombre tan excelso estuviese solo, ¿acaso por no haber encontrado a lo largo de su vida a la mujer adecuada? Su rostro adoptó entonces una expresión de paciencia autoimpuesta. Se apoyó sobre los brazos del sillón mientras recorrió con los ojos las paredes de su amplio salón. Después me miró fijamente arqueando una ceja. Al momento me sentí completamente estúpido, bajé la mirada y no dije nada más.

 

Era una persona cultivada, que duda cabe. La lectura empedernida era uno de sus escasos vicios perpetrables, dado que la lista se reduce considerablemente para aquellos que, por la razón que sea, no hacen uso de su capacidad de desplazamiento por largos periodos de tiempo. Aún recuerdo la conclusión de su “bienio sabático” (1956-57)… fue horrible, sus piernas quedaron soldadas formando una cruz griega casi perfecta, y todo por culpa de ese maldito Nietzsche y sus libros de reposada digestión. Su biblioteca particular albergaba volúmenes por millares. Podía leer ininterrumpidamente durante horas, hasta el extremo de quedar dormido con los ojos abiertos. Algo sobrenatural, pienso yo. Afirmaba que nunca leía, sino que se comunicaba directamente con los autores mediante la interpretación del texto y posterior emisión de su parecer por contacto entre las palmas de sus manos y la cubierta del libro en cuestión. La reacción del autor materializado en papel impreso no se hacía esperar. Si las posturas de Alfred y el autor eran contrapuestas, el libro volvía satisfecho a su lugar reservado en los estantes de la biblioteca.

 

La discusión más virulenta que recuerdo fue la que sostuvo con Santo tomas de Aquino. Tras recibir una prolongada serie de improperios encadenados en progresión geométrica, el santo perdió su paciencia y nos abandonó para siempre. El recuerdo de su despedida aún se conserva representado en cientos de esquirlas de cristal incrustadas en las paredes y techo del salón. Milagrosamente, Alfred no recibió ninguna.

 

Sus últimos años fueron tristes, tal vez más conscientemente para mí que para él. Su deterioro le distanció de las personas. No recibía visitas y apenas si hablaba conmigo. Sin embargo, susurraba constantemente a la atenta oreja izquierda de su sillón, como si sólo él pudiese comprender lo que decía. Tardé casi un día en descubrir que estaba muerto y no enfrascado en el repaso de la “Divina Comedia” de Dante, haciendo caso omiso a mis palabras. En su generoso testamento no olvidó a nadie, ni siquiera a mí a pesar de la cercanía, y su última voluntad se llevó a efecto. En íntimo funeral recibió sepultura, un atardecer de otoño. Y como no podía ser de otro modo su sillón se fue con él, más que nada, ante la imposibilidad física de separar lo que toda una vida d simbiosis excepcional condujo a crear al primer ser-sillón híbrido de la historia natural. Puedo asegurarle que jamás vi ataúd de tan bizarras proporciones.

 

Algunas tardes, cuando descanso en mi sillón favorito mirando el paisaje por la ventana, me vienen a la memoria las palabras grabadas en la lápida de Alfred:

 

            “La vida es corta, tan corta que puede usted pasarla sentado plácidamente en su sillón”.

 *

 

 

50- ESAS COSAS EXTRAÑAS

–¿Cuándo vuelves, cariño?

 

–No lo sé, David. Espero tener los planos generales de mi sector para dentro de dos o tres semanas, sobre mediados de agosto. Y después de un par de insoportables reuniones con el equipo directivo creo que habré terminado. Ya sabes lo pesados que pueden llegar a ser estos pedantes; siempre saltan con alguna nueva y brillante tontería que paraliza el proyecto.

 

David sonrió al otro lado del teléfono.

 

–Ojalá todo transcurra según lo previsto. Te echo de mucho de menos, Laura. La casa está vacía sin ti.

 

–Vamos, no seas tonto. Aprovecha este tiempo para hacer de tu cuadro una obra inolvidable. Estoy segura de que será algo grandioso. ¿Lo harás por mí?

 

–Lo intentaré. Pero te prometo que el año que viene nuestras vacaciones coincidirán, aunque para ello tenga que bajar hasta el infierno a patearle el culo a cierto esclavista obeso que tú y yo conocemos.

 

Ambos estallaron en carcajadas. Lentamente, las risas disminuyeron para dar paso a un silencio palpitante, que se adueño de la línea durante unos segundos interminables.

 

–Te quiero, David.

 

–Yo a ti también. Cuídate.

 

–Hasta pronto.

 

Colgó el auricular, y todo el peso de la ausencia cayó sobre sus hombros. Sí, la casa estaba absolutamente vacía sin ella. El incesante rumor del mar acentuaba la abrumadora sensación de soledad. La brisa entraba por las ventanas abiertas de par en par, perfilando su rostro mal afeitado. Contempló a lo lejos la cala desierta, los acantilados cortados a pico, el mar meciéndose en su aburrimiento intemporal. La intensa luz del sol no consiguió mermar su profunda apatía hacia la belleza natural que se desplegaba ante sus ojos. Desvió la mirada de aquella inmensidad repugnante. Sobre el caballete descansaba el lienzo con su obra inconclusa, esperándole pacientemente.

 

–Mediocridad. Exhala mediocridad por cada uno de sus poros. Es detestable –pensó sin el menor apego por aquel paisaje surrealista que su mente había creado–. Sintió el impulso irrefrenable de arrojar el lienzo por la ventana, para observar cómo se hacía pedazos contra el macizo sobre el que se erigía su casa; el mar los arrastraría después al olvido. Pero algo le detuvo en el último momento. Un inexplicable cansancio inmovilizó su cuerpo y su voluntad. Ni siquiera ese esfuerzo merecía la pena. Sólo necesitaba dormir. Dormir sin sueños, sin percepciones ni pensamientos de ningún tipo, sin deseos contradictorios ni emociones efímeras, sin obedecer órdenes carentes de finalidad comprensible. Dormir, sólo dormir…

 

Despertó en mitad de la noche cerrada; el fantasmagórico brillo de las distantes estrellas iluminaba tenuemente las paredes del salón. Reconoció al instante el sordo batir de las olas, que permanecía inalterable. Se incorporó con desgana y dirigió sus pasos hacia el cuarto de baño. Tanteó la pared torpemente hasta que consiguió pulsar el interruptor. El súbito golpe de luz no impidió a sus ojos entrecerrados captar un fugaz movimiento reptante que buscó refugio tras la taza del inodoro.

 

–¿Qué ha sido eso? –se preguntó David, aturdido– ¿Una rata? ¿Una cucaracha? Un escalofrío le recorrió la espalda. –No, no puede ser, aún estoy medio dormido. En todos estos años no hemos visto el menor rastro de esos bichos asquerosos–. De todas formas, y para quedarse tranquilo, David inspeccionó tras el inodoro y el resto del cuarto de baño. No encontró nada, como suponía. Giró el grifo del agua fría y se refrescó la cara en el cuenco de sus manos.

 

Amaneció nublado. Desde la línea del horizonte, negras nubes de tormenta amenazaban con extenderse por el cielo de plomo. David cerró las ventanas para protegerse del fuerte viento que se estaba levantando. Las olas rompían violentamente contra los castigados muros de piedra que se encaraban con el mar. Su estado de ánimo parecía identificarse con el de la naturaleza; y esta impresión, aunque absurda, le reconfortó en cierta medida. El lienzo seguía allí, sobre su caballete, exponiendo crudamente sus patéticas pretensiones de originalidad y grandeza. La aversión que la obra despertaba en su fuero interno permanecía intacta, pero ahora libre del fatalismo del día anterior.

 

–Tal vez tenga arreglo, después de todo –observó David con renovado entusiasmo–. Comenzaría por retocar la sombría masa de nubes para dotarlas de mayor profundidad. En pocos minutos todo estuvo preparado y el creador volvía a enfrentarse con su obra. El pincel acarició el lienzo:

 

Verde esmeralda.

 

Estupefacto, David contempló aquella pincelada de color verde que no debía –no podía– estar allí, manchado su obra y casi echándola a perder definitivamente. Acababa de mezclar cuidadosamente la pintura y el pincel estaba limpio por completo. No era posible, y si embargo, aquella mancha verde se deslizaba sobre el lienzo, frente a él, burlándose de su creciente ira.

 

–¿Qué demonios ha ocurrido aquí? –rugió furibundo al comprobar cómo el contenido del pequeño bote de mezclas no era ya el gris oscuro que él había preparado, sino una extraña sustancia de consistencia gelatinosa y color verde esmeralda que, evidentemente, no era pintura. Sin poder contener por más tiempo su frustración, David estampó el bote con todas sus fuerzas contra las repletas estanterías del armario; e impulsivamente, decidió abandonar el encierro psicótico en el que se estaba convirtiendo su propio hogar. Un largo paseo junto al mar le ayudaría a calmarse y a recuperar el equilibrio interior que estaba perdiendo a marchas forzadas. Pero su determinación flaqueó hasta extinguirse al llegar a la puerta de la calle. Otra vez ese repentino e incomprensible agotamiento se hizo dueño de su cuerpo y de su mente, tal y como ocurriese el día anterior. El sueño descendió sobre su conciencia, como una pesada losa y apenas si tuvo tiempo para arrastrarse hasta una cama donde caer desvanecido.

 

Cuando abrió los ojos, David no encontró distinción entre la impenetrable oscuridad circundante y las esferas opacas que descansaban tras sus párpados. Llegó hasta sus oídos el frágil sonido de la lluvia en contraste con el bramido del mar espoleado por los vientos de tormenta. Noche y temporal habían fundido sus fuerzas mientras él vegetaba en su sueño anómalo. ¿Qué me está ocurriendo? ¿Por qué duermo tanto? ¿Estaré incubando alguna enfermedad? –se preguntó sentado entre las sábanas. Si sigo así, me temo que tendré que concertar cita con el médico.

 

Y encendió la luz.

 

Un objeto rodante zigzagueó velozmente hasta alcanzar un rincón de la habitación, donde quedó inmóvil. David, demasiado sorprendido para sentir nada salvo extrañeza, se acercó cautelosamente, intentando discernir la naturaleza de aquella cosa que había reaccionado como si poseyera vida. En aquello había algo que le resultó inmediatamente familiar. Su color. Era una esfera de color verde esmeralda. Impulsado por su curiosidad, la tomó con sumo cuidado entre sus manos. Era suave al tacto, como una consistente pompa de jabón. –¿Qué maldita cosa es ésta? Jamás he visto nada parecido– se dijo mientras la irreconocible sustancia comenzaba a escurrirse lentamente por entre sus dedos. –Debo tener algún frasco de cristal en la cocina. Lo guardaré allí y mañana, a primera hora, solicitaré un análisis químico. Esperó que no sea tóxico–. David dirigió sus pasos hacia la cocina, tratando de que la sustancia semisólida permaneciese en sus manos sin caer al suelo. Pero se detuvo en mitad del pasillo, cuando percibió con claridad un rumor que palpitante que parecía provenir del salón. No era el sonido que producen las olas del mar, ni la lluvia sobre el tejado de pizarra, ni el viento cuando atraviesa por entre la espesa vegetación enmarañada, ni nada que él hubiese podido escuchar con anterioridad; era un sonido… innatural. Cautelosamente, David se acerco hasta el marco de la puerta que ahora daba acceso a un ignoto fragmento de la demencia oculta tras las leyes naturales: cientos, millares de esos cuerpos gelatinosos se agolpaban, retorciéndose entre sí, por toda la extensión de lo que antes había sido un salón con vistas al mar. La ventana abierta mostraba el mundo exterior: árboles con las raíces suspendidas en el aire, flotando sobre un mar de roca que alternaba su estado líquido embravecido con la solidificación en retorcidas agujas de piedra, sobre un horizonte de noche cercana y pulsaciones cromáticas en el tejido atmosférico. Lluvia de esquirlas cristalinas y relámpagos espirales horadaban el aire fugazmente, desgarrando el continuo de ilusión perceptiva, mientras la luz del satélite cadavérico iluminaba para David el verde fulgor de la masa hormigueante, que comenzaba a fundirse entre chillidos al tiempo que se expandía por la superficie de las paredes y el techo, como una tela doliente de materia viva. Las patas de madera del caballete mantenían su posición a pesar del movimiento crepitante sin dejar de mostrar la imagen que el lienzo portaba: David se percató entonces, en el clamor del caos envolvente, de que la informe visión enmarcada por la ventana no era otra que la que su cuadro reflejaba.

 

Y gritó con todas sus fuerzas mientras el párpado esmeralda se cerraba sobre el vano de la ventana y el lienzo caía para ser tragado por la extraña sustancia.

 

La terminal del aeropuerto se hallaba atestada de viajeros que andaban presurosamente de un lado para otro. Laura se dirigió hacia la salida con sus voluminosas maletas de viaje, sorteando personas que buscaban sus puertas de embarque en los letreros de las alturas. El resonante murmullo ambiental de conversaciones indescifrables aislaba a Laura en sus propios pensamientos. –¡Qué sorpresa le voy a dar!. Estoy deseando ver cómo se iluminará su cara al abrir la puerta. Aunque con toda seguridad me espera su reprimenda por no haberle avisado desde el aeropuerto para ayudarme con los bultos, la ocasión merece la pena. Espero que le hayan sentado bien todos estos días de libertad. Lo cierto es que nunca le ha gustado pasar demasiado tiempo solo–.

 

La conversación–monólogo del taxista le resultó exasperante por momentos, cuando no tediosa. Pero al menos, y a modo de torpe compensación, el hombre hizo gala de inesperada caballerosidad al final del trayecto, ayudando a Laura a trasladar sus pesadas maletas hasta el umbral de su puerta.

 

–Tenga, quédese con el cambio. Y muchas gracias por todo.

 

–A usted, señorita.

 

Laura observó como la pequeña y ruidosa mancha amarilla se alejaba por el camino pedregoso, bordeando el mar, de vuelta a la distante ciudad. Después, con una emergente sonrisa en los labios, pulsó el timbre.

 

Nadie abrió la puerta.

 

Dos pulsaciones prolongadas.

 

Nada.

 

–Vaya suerte la mía –se dijo Laura, rebuscando las llaves en su bolso– Habrá salido a dar un paseo; o tal vez haya bajado a la ciudad a hacer algunas compras. Bueno, no importa, creo que le sorprenderé igualmente cuando llegué. Giró tres veces la llave dentro de la cerradura y abrió dificultosamente la puerta de espaldas mientras arrastraba las maletas hasta el interior. –Ha debido dejar algún trasto justo detrás de la puerta, ¡apenas puedo abrirla! –bufó Laura.

 

Cuando por fin consiguió entrar, la puerta se cerró con súbita violencia y la uniforme película de sustancia palpitante volvió a cicatrizarse ante sus atónitos ojos. Todo estaba recubierto a su alrededor por aquella masa esmeralda de aspecto gomoso y brillo fosforescente que se extendía sin presentar fisuras, iluminando espectralmente el interior de la vivienda cerrada en penumbras. Laura gritó atravesada por el terror cerval mientras intentaba desesperadamente girar el picaporte sin lograrlo. Se hallaba protegido tras el traslucido, pero irrompible tejido que palpitaba ahora con creciente intensidad. –¡David! ¡Daviiid! ¡Contéstame, por lo que más quieras! –chillaba por los pasillos y habitaciones hundiendo sus zapatos de tacón en la sustancia que se había adueñado de su hogar. Rumores orgánicos obtuvieron sus gritos por toda respuesta; y mientras buscaba a su marido en estado de completa enajenación, Laura tuvo la espantosa, certera impresión de encontrarse en las entrañas de un inconcebible gusano que devoraba con avidez los sueños de dioses inaprensibles.

 *

42- EN EL ÁNGULO OSCURO

*VERSIÓN AUDIORELATO por CORMAN (CUENTOS DE LA CASA DE LA BRUJA)

Lo reconozco. Soy un hombre terriblemente nervioso. Podrán inferir por lo que voy a contarles que mis palabras son filtradas por la oscura nebulosa donde se condensan paranoia, imaginación exaltada, labilidad emocional… y otros estados anormales que amenazan continuamente la frágil estabilidad de la cordura. Allá ustedes, no soy quien para rebatir los prejuicios de nadie y me limito a exponer los hechos.

 

Cada día salgo de mi anodino trabajo a las ocho en punto de la tarde, llego a mi casa sobre las ocho y cuarto, invariablemente, pues nunca ocurre nada extraordinario que altere esta secuencia. Cuando entro y cierro la puerta, justo en ese preciso instante, presiento –con la misma certeza del marino que sabe que es brisa lo que acaricia su rostro- la existencia de alguien o algo que me espera pacientemente oculto en algún lugar insospechado de la casa sumida en sombras. Es visible mi carencia de bienes atractivos al hurto y evidente que vivo solo, con espartano estilo de vida cercano a la miseria. Hace tiempo que renuncié a mi fe en la humanidad, sin fuerzas para soportar otro egoísmo que no fuese el mío propio. Soy perfectamente consciente de la irracionalidad de esta impresión de peligro latente, pero…¿Quién puede asegurarme con rotundidad que me equivoco? ¿Y si eso puede captar mi despreocupada confianza en la razón y aprovecha este momento para cumplir sus misteriosos propósitos? El miedo es una medida de autoprotección, activada en ocasiones ante amenazas que solamente la intuición identifica. ¿Saben por qué los miedos que aparentemente no tienen razón de ser son tan profundos y persistentes?, porque existe una pequeña, minúscula, remota posibilidad de fundamento real en ellos; cualidad que los hace extremadamente improbables, pero no imposibles; y la razón sólo conoce una ínfima parte de todo lo que ocurre en el universo. Desgraciadamente, yo no tengo el poder para vivir ignorando todo esto.

 

Mi ritual diario es metódico e inquebrantable. Primeramente pulso el interruptor de la luz del pasillo para disolver la oscuridad. Como cuando era niño, la oscuridad sigue teniendo un poder atenazador sobre mi mente. Para mí representa el terror ante el límite de nuestro sentido más preciado: la vista. Tras esta frontera, todo se vuelve conjetura e incertidumbre, lo conocido deja de serlo tanto y descubrimos una perspectiva de la realidad inmensa, sobrecogedora, que escapa a nuestro control y nos somete a sus inmutables dimensiones. Además, cualquier sonido en la oscuridad revela aspectos sobre su naturaleza que pasan desapercibidos en presencia de una fuente de luz. Una vez iluminado el pasillo, paso a examinar minuciosamente el interior de cada una de las habitaciones: miro detrás de la puerta, bajo la cama, dentro de los armarios e incluso encima de estos, por si acaso; siempre con movimientos rápidos e impulsivos, sugiriendo la valentía que se presupone posee quien lleva a cabo semejante análisis exhaustivo, como si el hecho de realizarlo respaldado por la lógica y la experiencia ausente de encuentros a lo largo de muchos años sirviese de amuleto para anular automáticamente esa temida, eterna probabilidad. Espero que eso que se esconde a mis sentidos, pero que se insinúa con evidencias, no sea consciente de esta pequeña sutileza mental que utilizo para enmascarar mi terror; sobre todo cuando llega el momento de comprobar la normalidad en determinados puntos concretos de la casa: el armario empotrado en el pasillo, el ángulo oscuro en el cuarto de baño, el reverso de la puerta entornada en la última habitación por examinar… A veces me pregunto que ocurriría si, en ese momento en el que la tensión se relaja ligeramente, el momento totalmente inesperado, me encontrase de bruces, traumáticamente, con eso que sé que jamás me voy a encontrar; el Horror hecho real, llevado hasta su máxima expresión… prefiero no pensarlo, creo que moriría en el acto.

 

Sin embargo, mi examen a conciencia de todas las estancias no es del todo tranquilizador, tiene un pequeño defecto que me atormenta: cuando estoy asegurando una de las habitaciones, eso puede trasladarse imperceptiblemente a mis espaldas desde una habitación aún no revisada hasta otra que ya haya pasado mi prueba. De este modo, mi trabajo queda completamente invalidado y vuelvo a la situación de partida, con mi ansiedad notablemente incrementada ante esta nueva probabilidad que, además, pondría de manifiesto la aguda inteligencia e indudable determinación del Horror que carece de nombre.

 

Solamente cuando concluye este concienzudo proceso puedo comenzar a cenar en relativa tranquilidad. La antigua lampara del salón vierte su luz amarillenta sobre el desgastado mobiliario mientras ceno en silencio. En este momento, la soledad se magnifica, parece cobrar vida, ocupándolo todo. Existen pocas cosas más tristes que un hogar vacío. Las casas asimilan el ambiente que reina en ellas. Una tristeza resignada, melancólica, impregna las paredes del hogar de una persona solitaria. A veces la sopa queda fría en el plato cuando me pierdo absorto en mis lúgubres pensamientos. Que triste soledad la que envejece con el lento pasar de los años…

 

Tengo por arraigada costumbre, antes de conciliar el sueño, leer pequeños fragmentos de viejos libros que llevan entre sus páginas recuerdos de tiempos mejores. Rara vez me intereso por los pretenciosos contenidos que encierran; prefiero rememorar quien era yo cuando asomaba mis inmaduros ojos ávidos de sabiduría a estas mismas páginas, ahora en manos del hombre que cambiaría toda su sabiduría por un minuto de juventud. Pero pronto el crudo presente se impone sobre mi fragmentado pasado empañado por la nostalgia, recordándome que mi vida vacía es lo único que existe.

 

Con el sueño llega el fatídico momento de reposar en el lecho, abandonando la casa a la oscuridad y sus enigmáticas intenciones. Es el momento de implorar a la fatiga su poder para nublar la consciencia.

 

Pero el descanso no llega, porque angustiosos sonidos se encargan de ahuyentarlo. Chasquidos que resuenan en algún rincón antes de extinguirse, crujir de madera, tal vez liberada de alguna presión, el breve chirrido de las bisagras de la puerta del cuarto de baño… sí, todos tienen su lógica explicación: cambios provocados por el descenso de la temperatura ambiental, una ligera corriente de aire… pero no todo lo que sucede se rige por las leyes de la lógica.

 

El tiempo pasa lentamente, mientras la angustia se acrecienta. Los ruidos, aunque espaciados, no cesan. Aquello que los produce deja claro que no quiere ser olvidado. El sueño es una ficción. No puedo dormir porque tengo que velar por mi vida, cuidar de que ese sonido apagado, tan similar a un paso cauteloso, no siga acercándose más de lo que lo está haciendo. Creo que está escuchando torvamente el acelerado palpitar de mi corazón. Seguro que puede contemplar mi rostro petrificado en la oscuridad, su medio natural, y si tiene algo parecido a una boca, ahora estará sonriendo. Pero eso no es humano, y por lo tanto ni siquiera comprenderá el sentido de las actitudes humanas, como yo no puedo conocer sus motivaciones ni la causa que hacen necesario mi terror. Un débil siseo en el aire. Ha debido ser un descuido en el ritmo de su respiración, educada para ser imperceptible incluso en el silencio. Sigue acercándose. Así lo interpreta mi cerebro a través de mis aguzados sentidos tras procesar una información recibida sin mediación de mi consciencia. Ya debe estar muy cerca de mi cama… el miedo me atenaza, no puedo moverme. Mi corazón… sabe lo que se acerca, su proximidad lo desboca… el sudor baña mi cuerpo rígido. No puedo soportarlo más. Estoy a punto de volverme loco por un absurdo. Sólo necesito encender la luz para que todo vuelva a la normalidad. Busco a tientas el interruptor sobre la mesita de noche, sintiéndome avergonzado por haberme alterado tanto, lo pulso y…

¡El Horror! ¡el Horror! ¡el Horror! ¡el Horror!

 

 *

51- ELLA ES MI AMOR

Enamorarse es una tragedia subjetiva. Nadie, ni siquiera otro enamorado, puede comprender la hondura de tu dolor, salvo en burda analogía. Maldigo una y mil veces la hora en que mi trabajo me condujo hasta su casa, en lo alto de la colina. Mi vida hubiera sido otra de no haberla conocido. La primera vez que la vi, quedé atrapado por su presencia; sentí la inconmensurable dicha de estar vivo, el regalo sobrenatural de vivir, aunque fuese por escasos minutos, a su lado. Y la segunda vez que la tuve frente a mí, ya estaba condenado. Para siempre y sin remedio. Y digo bien: sin remedio.

 

Ella vive en la casa con sus padres y sus hermanas; también con sus hijos. Porque tiene hijos ¿saben? Pero a mí eso no me importa. De hecho, me parecieron los seres más entrañables de toda la creación. Y cuando terminé los trabajos de soldadura en el patio, ya no me quedaron excusas para volver a ese bendito lugar: agoté las pocas que resultaban creíbles. Regresé a buscar una tan extraviada como inexistente herramienta que no encontraba por ningún sitio; volví para revisar unos remaches importantísimos, porque un trabajo bien hecho y la seguridad son para mí lo primero; tampoco fue molestia acercarles la factura a casa, con un generoso descuento por ser tan excelentes clientes. Y todo en menos de una semana.

 

El tiempo me devora por dentro en la soledad de mi piso. Una obsesiva desesperación rige cada segundo de mi vida arrebatada. Como en la frase tópica: ella es mi primer pensamiento al despertar, el último antes de dormir, y la llevo siempre en mi sentir durante el resto del día. ¿Cuál será el remedio a este embrujo diabólico? En sueños, mi anhelo se hace real: vivimos juntos, en la inabarcable felicidad de la mutua compañía. No sé si este autoengaño, este alivio momentáneo de la mente vale la fría amargura que me hiela al despertar, y que me persigue después como un halo de inasumible tristeza.

 

Y mis escasos amigos intentan distraerme, consolarme en vano: “Es demasiado joven para ti”,”ella no te quiere, peor para ella”, “el mar está lleno de peces, ya encontrarás a tu verdadero amor”, “pues yo no sé que has visto en ella, la verdad…” y cuanto más tratan de ayudarme, más me hunden en la miseria. ¿Qué sabrán ellos? ¿Cómo se atreven a nombrar el Amor, con mayúsculas? Ellos… que son una piara de cerdos a cual peor… incapaces de distinguir una cena romántica de una película porno de bajo presupuesto…

 

Estoy condenado. Perdido. Sé que jamás volveré a ser quien fui, a recuperar la libertad de mi alma, y que ella nunca sentirá por mí ni una sombra de la ternura que a mí me embarga estando a su lado. Así pues… ¿Qué puedo hacer? Nada… salvo retirarme a la oscuridad de mi infierno personal y levantar allí un altar de dolor en su nombre… para honrarlo con mi sangre… y mis lamentos…

 

Porque para cada uno de nosotros pasa, una vez en la vida, el tren del Amor genuino, transformador. Es cuestión de suerte estar ahí en el momento, lugar exacto. La decisión trascendental se toma, para bien o para mal, sin mediación del pensamiento, en menos de un segundo, con la chispa mágica que crea el vínculo imperecedero. Algunos pierden sus brazos al intentar asirse a un tren demasiado rápido. Otros descubren, una vez dentro, que escogieron el tren equivocado, el que les conduce a la perdición. Yo caminaré por estas vías desérticas, tras el recuerdo de lo que pudo ser, y ya nunca será.

 

Nadie puede comprenderme, pero ella es mi amor, ahora y por siempre. Se llama Clotilde.

 

Y pone huevos.

 *

43- EL OTRO LADO

«EL OTRO LADO» (VERSIÓN AUDIORELATO, por OLGA PARAÍSO. ESCUCHAR AQUÍ)

 

Préstame toda la atención que seas capaz de concentrar. Lo que estoy a punto de contarte va a cambiar tu vida para siempre, puedo asegurártelo. Es de suma importancia que no tomes a broma mis palabras, y que confíes plenamente en mí; recuerda que lo hago por tu propio bien –aunque no te conozca de nada- y que nada me asegura recompensa en este asunto. Puede que algún día incluso me lo agradezcas; si no fuera así, quedaría confirmada tu transformación en víctima. Otra más. Y todo por dejarte engañar por la rutina de la realidad y las apariencias. Ahora escucha: hace unos segundos recogías estos papeles impresos con la sana intención de pasar un rato agradable, buscando la inmersión en un relato divertido y apasionante que te revelase una historia nunca oída con anterioridad; algo de evasión momentánea de las cargas cotidianas, pero es otra cosa con lo que te acabas de topar. Y es aquí donde comienzan nuestras dificultades: el embrujo de los signos ya está en marcha –inevitablemente-, por desgracia. Ahora crees que todo lo que digo lo está diciendo el protagonista ficticio de este cuento, como parte del sedante hechizo literario; un hábil recurso del escritor para despertar mi interés –dirás. ¡No, no te dejes engañar! ¡DESPIERTA! A ese escritor ni tú ni yo le importamos lo más mínimo. Este personaje fue ideado para satisfacer su ego vanidoso y por otros motivos estrictamente económicos; y tú, lector, sólo supones una abstracción, una posibilidad en su mente. No nos conoce, no puede sentir nada por nosotros; para él somos olvido. Así que no me pierdas de vista en este baile de espejos. Me ahorraré mi nombre porque carece de importancia; este mensaje -terrible fatalidad- es unidireccional, y jamás llegaremos a conocernos, menos aún de forma material. Nuestros respectivos mundos son completamente estancos uno respecto del otro. El sueño plasmado en papel representa la única vía comunicativa en ambos sentidos. Creo, por lo que he leído, que desde allí os referís a nosotros con el término general de ficción –con un cierto cariz peyorativo, si no me equivoco; y nosotros, por nuestra parte, os vislumbramos como onírisis –visiones de lugares de pesadilla que llenan nuestras cabezas en algunas noches desafortunadas, y que ciertos sujetos -escasamente apreciados- se encargan de transcribir como invitación a un morbo insano por el que nos dejamos arrastrar en contadas ocasiones. Sé que las leyes naturales que nos rigen difieren notablemente. En vuestro mundo, os debatís los unos contra los otros en lucha perpetua por la supervivencia; la necesidad como constante motor de la actividad vital. Aquí, sin embargo, todo es bien diferente. Nuestras vidas son eternas; desconocemos el genuino sentido de eso que llamáis muerte, y el estremecimiento sombrío que os recorre bajo su sombra. Son otros los miedos que nos hacen sensibles. Has de saber que nacemos en la imaginación de criaturas -aparte de humanos- que habitan vuestra dimensión (¿Aún ignoráis a vuestros vecinos, verdad?). Nos une un fuerte vínculo con nuestro creador, al que conocemos y honramos desde el preciso momento del alumbramiento (nuestra percepción de vuestra circunstancia análoga es confusa. ¿Ignoráis quien os ha escrito?; parece que os referís a él con mil nombres distintos y metáforas, como si lo intuyeseis sin constancia de su naturaleza, creyendo o pensando sobre él para rellenar su vacua impresión mental). Vuestro destino depende de la pericia artística del creador, en primera instancia, y de las diferentes percepciones que evoque su creación, en segunda. El mundo que nos otorga consistencia es siempre cambiante, fluido, en órdenes, lógicas y elementos; éste resulta más o menos complejo, amplio e interesante en función de quien lo interprete. Podemos llegar a vivir periodos inmensos, casi insufribles, en mitad de una lectura entrecortada, olvidada, o una visión obtusa y plana, hasta que alguien vuelve para reinterpretarla. Si es que alguien vuelve… he aquí nuestra ración de muerte, en su acepción de locura. Debemos luchar por mantener unidos ciertos fragmentos de identidad coherente en un erosionador tiempo infinito sometido a una multiplicidad de reconceptualizaciones.

 

Pero ya he hablado más de lo necesario sobre mi mundo. He de aprovechar para comunicar lo que desde aquí se aprecia de vuestro mundo, por si pudiera servir de algo. Soñamos con vosotros, divisamos la realidad sintética, absurda, mecánica y cruel que padecéis; nos conmueve vuestra naturaleza tendente hacia una perfectibilidad a través de la multiplicación, proceso en el que os consumís en las llamas del tiempo, el deterioro y la ignorancia, la inconsciencia. Ese destino programado os reviste de inocencia ante nuestros ojos, y por eso os seguirán llegando mensajes como éste, muchas veces en la voz de personas que os moverán a burla en lugar de confianza. Sois receptores de ideas –y no creadores, como pensáis- que surgen de centenares de fuentes, entre las cuales se hallan nuestros propios padres. Chistes, historias, melodías, leyendas, mitos, profecías… son modos formales de haceros llegar información que implica, previa asimilación subconsciente, cambios en vuestras acciones que derivan en nuevas realidades- que intentan modificar vuestro seguro y primario camino hacia la destrucción-. Somos los lazarillos que os invitan a abrir los ojos.

 

Aunque no es sólo la conmiseración por vuestra desgracia la que nos conduce exclusivamente, y en esto no hay motivos para no sincerarse. Como antes expuse, nosotros también necesitamos que viváis, si queremos evitar nuestra muerte particular en los olvidos y tiempos dilatados de no interpretación, esas condiciones de vacío que de las que muchos de nosotros no regresamos, desintegrados por y para siempre. Así, nuestra relación es de interés esencial y mutuo. Acudís a nosotros cuando necesitáis obviar, relativizar, superar la estructura de la Máquina; y os sentís en un mundo mejor despúes, después de habernos insuflado vida en vuestra mente, y después ya nada es exactamente igual que antes. La realidad ha cambiado. El deseo de entrar en contacto con nosotros aumenta en consecuencia, y la rueda del cambio ya no se detiene, mientras la Máquina se hunde en los cimientos de lo aceptado como base y no ya como altura rígida de un inamovible destino.

 

Es entonces, cuando la ficción comienza a filtrarse por las fisuras de vuestra monolítica realidad ancestral, erosionándola, trucando certezas por dudas, metamorfoseando la piedra en aire moldeable a voluntad, es entonces, digo, cuando uniéndoos a nosotros dejáis atrás la fatalidad de vuestra condición. La Máquina os hará sentir miedo cuando vuestros pies despeguen del suelo, pero no os asustéis, porque voláis hacia la Libertad.

 

Quien cree ciegamente en la ficción convierte sus imágenes en la secuencia de la realidad. Muchos de vuestros mal llamados locos viven mientras vosotros arrastráis plomo, subestimándolos con escarnio y risotadas injustificadas.

 

La ficción es la clave.

 

La intangible llave maestra que abre todas las cadenas, todas las puertas.

 

El laberinto de los estímulos no tiene salida.

 

Las ilusiones que proyecta la Máquina carecen de fondo.

 

La ficción es el camino que conduce a través del espejo de sus ojos enajenadores.

 

La Máquina os está utilizando, sirviéndose de vuestra energía. No le devolváis la mirada.

 

Sois algo más que piezas intercambiables.

 

Nunca lo olvidéis. Seguid interpretando.

 

Todos dependemos de ello.

 

 *

52- EL FANTASMA EN LA MÁQUINA

Recuerdo… recuerdo cómo llegaste hasta aquí. Resulta difícil recomponer el cuadro con fragmentos… tan pequeños. Frágil como el cristal, mi mente rota. Cuando menos lo esperas, de entre las manos confiadas, cae al suelo. La confianza es ceguera, negar la oscuridad que nos sostiene. Ya no quedaba nadie a mi lado. Olvidé los nombres, las palabras, replegado sobre mí mismo para protegerme del frío. La humanidad eran esos seres lejanos, extraños. A nadie le importaba que viviera o muriera; dudo que tampoco me importara mucho a mí. Se puede estar muerto mientras se respira.

Recuerdo… haber matado, como radical forma de llamar la atención. Sólo para sentir de nuevo el calor humano, la sangre, los golpes. Sentirme vivo otra vez. Pero el alma se fue desvaneciendo por el camino, perdiéndose en hilachos de niebla. El pozo, tan profundo, de la oscuridad. Nunca se llega al fondo; sólo se puede flotar y hundirse, un poco más, en la negrura. Hasta que no se distingue el propio cuerpo, y se forma parte de ella. ¿Fue así el origen? Y a él volvemos, como a una memoria escondida.

Recuerdo… haber subido a la azotea. La brisa de la noche, como un milagro para los sentidos. Cerrar los ojos, y fundir mi oscuridad con la de afuera. Y mi voz hablando, preguntando con palabras sin sonido, dibujadas en la mente. ¿Quién habla en verdad, a quién, para qué? Como un eco en el abismo nocturno de las montañas. Hablar conmigo mismo, ese desconocido para darle sentido a lo que ya no lo tiene. Con el corazón muerto, bailo sobre un pie, luego sobre el otro; justo al borde. Y me carcajeo, como si hubiese descubierto de repente que la vida es justo este juego suicida. ¿Es valentía, o cobardía saltar? Qué importa. Sólo sé que es el único lugar que jamás he pisado. Y avanzo hacia el infinito…

Recuerdo… el dolor. Ah, tan inmenso, abrumador… que gritar resulta imposible. ¿Es esto morir? ¿Nacer? No puedo moverme, pero cada nervio es como un hilo incandescente que me recorre, el éxtasis de la carne abierta, bañada en sangre. Escucho voces, ruidos, como a través de un mar revuelto. Siento que me elevan; el dolor me sacude, torturante. Pero podría llorar de felicidad. He tenido que saltar al infinito para que mis hermanos, los hombres, quisieran volver a mi lado.

Recuerdo… que despertaba y dormía, una y otra vez, siempre en un lecho de dolor. Me hablaban y yo respondía, como en sueños; no recuerdo nada de lo que dije, salvo una cosa: que volvería a saltar, una y mil veces, hasta fundirme con la verdad de lo que nos oculta el universo. Luego, dormía…

Recuerdo… que un día, al despertar, el dolor había desaparecido por completo… Tampoco sentía ninguna emoción en especial, como si me las hubiesen extirpado todas, dejando por restos un ánimo neutralizado. Por eso creo que no me sorprendió ver que mi cuerpo había desaparecido. Estaba integrado en la torreta de un vehículo de combate, una especie de helicóptero, según me pareció; y sentía su blindaje azulado de la misma forma que antes sentía mi piel. Igual que sentía de nuevo las ganas de matar, de disparar sobre cualquier objetivo que tuviese delante. Como si hubiese nacido justo para eso, y ninguna otra acción en el mundo me pudiese brindar mayor satisfacción.

Recuerdo… mis últimos momentos sobre la Tierra, mientras nos cargaban en el crucero de batalla que nos conduciría a las estrellas. El cerebro principal del vehículo me transmitía datos, por miles, acerca de la naturaleza de las misiones que íbamos a emprender. Todas relacionadas con la exterminación de formas de vida nativas, allí donde las sondas exploradoras indicaron –siglos atrás– que los hombres podrían asentarse, como en un nuevo renacer.

Es curioso pensar cómo fui salvado por la humanidad, transformado y reutilizado por ella para sus fines –que ahora son los míos–, como el cordero que escapó del redil. Han sabido aprovechar mi esencia homicida para el bien común y el mío propio; así fuera un organismo gigantesco que no desdeña ni a la más defectuosa de sus células. Doy gracias cada día por pertenecer a esta masa biológica depredadora, que nada a conseguido detener aún.

Estoy deseando matar bajo la luz de otros soles.

 *

44 – EL CICLO GRIS

Un nuevo amanecer sorprendió a la ciudad. Como cada día, el despertador ha sonado a las siete en punto y, como cada día, mi mano derecha lo ha desconectado antes de que sonase por segunda vez. Soy un hombre trabajador, un luchador nato, que dirían los románticos; y sé que todo lo que he conseguido en esta vida ha sido, en su práctica totalidad, consecuencia de esta cualidad personal. Evidentemente, la nutrida cohorte de envidiosos detractores –que conozco bien– prefiere pensar en los designios del azar y en argucias poco honrosas a la hora de explicar la causa de mi éxito como novelista. Que piensen lo que quieran, no se puede perder el tiempo con quien no lo merece en ningún sentido.

 

 Sin embargo, hoy no iba a ser un día como otro cualquiera, porque no iba a levantarme de la cama. De esta singular forma rompí esta mañana con mi habitual rutina durante los últimos treinta años de mi vida profesional.

 

  Susan no tardó en darse cuenta del inesperado cambio:

 

–Joseph… ya ha sonado el despertador –susurró desde una nube de somnolencia.

 

–Lo sé cariño, lo he oído con toda claridad.

 

Mis palabras disiparon cualquier resto de sueño.

 

–¿Te sientes mal Joseph? ¿Estás enfermo? –preguntó Susan alarmada, apoyándose sobre mi pecho.

 

–En absoluto, querida, de hecho creo que nunca me he sentido mejor que ahora.

 

–¿Entonces…? –su desconcierto era casi palpable.

 

–Sencillamente, he decidido que no voy a levantarme de la cama.

 

–¡Por fin, Joseph!, empezaba a pensar que me iría al otro mundo sin haberte visto disfrutar de un solo día libre de trabajo. Necesitas descansar, ya no eres un niño y… ¡Qué demonios!, tus historias de monstruitos pueden esperar, casi pasas más tiempo con ellos que conmigo.

 

–Creo que no me he explicado con suficiente claridad; lo que quería decir es que no voy a salir de la cama… nunca más.

 

–¿¡Qué!? –mi esposa no daba crédito a sus oídos.

 

–Veo que ahora lo has comprendido –afirme satisfecho.

–No, Joseph, no comprendo nada… estarás bromeando ¿verdad?… ¿O acaso estás perdiendo el poco juicio que te queda? –preguntó con creciente exasperación (se pone preciosa cuando se enfada).

 

–Estoy hablando muy en serio, querida; he tomado una determinación, y me arrepiento de no haberla tomado mucho antes.

 

–Estás desvariando… sabía que, tarde o temprano, tanto escribir te acabaría afectando seriamente. Llamaré a Richard después del desayuno –dijo mientras se calzaba sus viejas zapatillas de felpa rosa.

 

–¿Un psiquiatra? ¡no necesito ningún psiquiatra sabiondo! –repliqué despectivamente.

 

–Te recuerdo, Joseph, que además de un excelente psiquiatra, Richard es amigo íntimo de la familia desde hace muchísimos años.

 

–Sí claro… un amigo. Veo que os encanta formar parte del ciclo gris. Sois todos iguales, estáis ciegos. Por vuestra parte, las mujeres no veis (no os interesa ver) más allá de vuestras hormonas, vuestra emotividad hinchada y vuestro arraigado sentido de cotidianidad natural; y a la unión de estos elementos es lo que los ridículos poetas denominaron el eterno femenino, el misterio de la feminidad. ¡Ja! ¡me río yo de vuestro aparente misterio!, ¡VACIO! eso es lo único que ocultáis en vuestro seno, y lo sabéis bien. En cuanto a los hombres, me basta con decir que, por lo general, ninguno llega más allá de una autocomplaciente racionalidad. En conjunto, la necesidad será siempre vuestro límite infranqueable. –Aprovechando la estupefacción de mi esposa, tomé un poco de aire y continué mi discurso:

 

–¡Adelante Susan, llama a Richard! Ya puedo ver lo que va a ocurrir: llegará, y tras los saludos de rigor, comenzará a trabar conmigo una conversación –en apariencia– distraída e informal. Pero mientras esto ocurre, su cerebro profesional estará buscando síntomas, rasgos y clarificadoras minucias en todas mis palabras y movimientos gestuales y faciales, para clasificarme y etiquetarme (siempre en su interior, claro está) dentro de alguna de sus complejas y artificiales “tablas de trastornos mentales”, que son los sillares que constituyen su concepto piramidal de “locura”. ¡Con qué facilidad llaman perturbado a quien no se ciñe al odioso ciclo gris! ¿Cómo pueden estar tan seguros de la veracidad de sus conceptos? ¿quién puede asegurarles que cada palabra no esconde autoengaño colectivo? ¿acaso no ponen de manifiesto su propia locura al creer en algo, al confiar en lo que hacen y en lo que dicen? ¡Actores!, ¡malditos actores que han aceptado representar el papel sin guión que les dio el creador del ciclo gris!, ¡eso es lo que son! Y cuando Richard crea haber identificado mi trastorno, me recetará unas cápsulas de colores que, sin duda, nublarán mi consciencia e intentarán hacerme olvidar lo que ahora sé; me volverán ciego, negándome la perspectiva, para que no pueda distinguir los evidentes límites del ciclo gris y creer así que es lo único que existe. ¡Jamás lo permitiré! ¡Antes tendréis que matarme!

 

–No puedo creer lo que acabo de escuchar –dijo mi esposa cubriéndose el rostro con las manos –tú no puedes ser mi marido; no te reconozco, Joseph, no te reconozco…

 

–Cariño… vuelves a equivocarte. Sigo siendo yo y lo que es más… siempre he pensado así. Aunque no te guste creerlo, sabes que todo lo que he dicho es cierto. La apariencia… vuestra fe ciega en la diosa apariencia es el problema, y no yo. La percepción que tenéis del mundo que os rodea no deja de ser una profundización superficial en su apariencia exterior, sin llegar nunca a traspasarla, tal vez porque no necesitáis hacerlo para vivir cómodamente. En el fondo sabéis que lo que existe detrás puede ser muy peligroso, y no os falta razón –dije cerrando los ojos.

 

Susan empezaba a mostrar signos de incontrolable nerviosismo:

 

–Creo… creo que estás sufriendo una crisis, Joseph. Llamaré inmediatamente a Richard, esto puede ser grave.

 

–¡De acuerdo, Susan! –dije con suma tranquilidad. Es evidente que deseas mi reingreso motivacional en el estúpido ciclo gris, pero puedes tener por segura una cosa: ningún ciego va a enseñarme como funciona aquello que sabe manipular, pero cuya naturaleza desconoce.

 

¡Ah, por cierto Susan! –me dirigió una confusa mirada– una última cosa antes de que llames a nuestro amigo… el mecánico neuronal: durante todos estos años de feliz matrimonio –y sabes que no ironizo– sólo un único, pero gran secreto, he ocultado a tu conocimiento; entenderás que haya tenido que ser así: todo, absolutamente todo lo que he escrito no ha sido el producto de mi imaginación, sino una detallista transcripción de fenómenos reales, tan reales como tú y como yo. Jamás he tenido una pizca de imaginación, cariño. Lo siento.

 

Susan temblaba de pies a cabeza, y cuando a su mente consciente tornaron los contenidos reflejados en mis once novelas, COMPRENDIÓ; comprendió instantáneamente la espantosa pesadilla que había visto la luz a través de mis palabras; entonces –con los ojos desorbitados de puro terror– gritó con todas sus fuerzas, intentando asimilar la certeza de un horror imposible que había devenido en realidad, hasta caer desvanecida sobre la cama.

 

Comprobé su acelerado pulso mientras mesaba con ternura sus encanecidos cabellos. –No te preocupes, querida Susan–, susurré con la mirada en el sol sin brillo que emergía sobre un horizonte de edificios; –no te preocupes, pues por vastas que sean las lejanías recorridas por nuestros conocimientos, nadie podrá escapar jamás del ciclo gris–.

 

Nadie.

 *