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53- EL BAILE DE LOS MONOS VANIDOSOS

El monstruoso vehículo rectangular alcanzaba varios hectómetros de altura desde sus formidables ruedas cilíndricas de metal hasta el receptáculo donde todos nos encontrábamos, enclavado en lo más alto de su estructura.

 

El vehículo avanzaba lentamente, con su ritmo preciso y constante por el sendero en el que se hallaba encauzado al milímetro. Más allá de los bordes físicos del sendero todo era oscuridad impenetrable, el límite absoluto para cualquiera de nuestras capacidades sensoriales. El juego favorito de nuestros inmaduros retoños cuando se cansaban de corretear por el receptáculo consistía en la atenta observación del negro vacío exterior y posterior narración de sus imaginativas percepciones. Obviamente, en todas estas percepciones estaban siempre reflejados sus temores y deseos más profundos.

 

Nuestros pequeños tenían terminantemente prohibido el acercamiento a la barandilla frontal y trasera, por una sencilla razón: el dramático espectáculo que podía contemplarse desde estos lugares podría causar daños irreversibles en las estructuras cognitivas de sus mentes aún no formadas. Al frente, el sendero acanalado por el que éramos conducidos se extendía serpenteando hasta donde la vista alcanzaba, un minúsculo punto en el fondo de un mar de oscuridad infinita. El lecho del canal –y esto es lo verdaderamente espantoso- estaba formado por una desordenada masa de seres gimoteantes, fisiológicamente idénticos a nosotros, condenados a ser conscientes desde el primer momento de la lenta, pero inexorable llegada de su cruel destino: una horrible muerte bajo las ciclópeas ruedas de nuestro monstruo de metal. Los desgarradores gritos de dolor nos llegaban claramente a pesar de la gran altitud que nos separaba, siendo constantes a lo largo de nuestra eterna vida sobre la muerte. Afortunadamente, nuestra condición genética siempre nos hizo doctos en el arte de ignorar.

 

Desde la parte trasera la visión no era mucho más agradable: un interminable río de sangre negra donde flotaban los irreconocibles restos de los condenados desde el origen de los tiempos. El intenso olor cobrizo en suspensión impedía la permanencia prolongada de cualquier observador en este área.

 

Nuestra actividad cotidiana se dividía en una extensa variedad de formas. Algunos cantaban esperando el reconocimiento de sus semejantes; con idéntica esperanza, otros narraban en voz alta fabulosas historias imposibles; y no pocos eran los que decían poseer en sus rasgos la belleza más singular de entre todos los inmortales habitantes del receptáculo. Entre los más antiguos eran frecuentes las apasionadas discusiones dialécticas respecto a multitud de cuestiones: la naturaleza y origen del creador de nuestro metálico soporte, la desconocida fuente de energía que hacía posible su movimiento, el final del trayecto, los condenados… etc. Lo cierto es que hasta la más razonable y verídica teoría expuesta tenía la suposición como única fundamentación.

 

Tal vez la única característica mental común a todos y cada uno de nosotros fuera la arraigada e indestructible convicción de ser superior en algo –sino en todo- a los demás, siendo éste el mejor recurso para mantener el orden dentro de un equilibrio inestable.

 

Desde la óptica particular de mi rincón de observación, la impresión general recibida era la de estar contemplando una exposición de vanidades contrapuestas, imágenes sin reflejo, marionetas actuando para sí mismas…

 

Nunca conocimos la utilidad de nuestras vidas.

 

Nunca pudimos aceptar la realidad del sin sentido.

 

Jamás nuestras preguntas obtuvieron sus respuestas.

Y así transcurren aún –y por siempre- nuestras existencias por este eterno camino con rumbo pero sin destino.

 *

 

45- DONDE VA LA MEMORIA

Si en este preciso momento alguien les preguntase “¿Qué pueden recordar de sus vidas?”, con toda seguridad se sentirían sorprendidos ante sus propias respuestas. Sin duda recordarían primeramente aquellos acontecimientos a los que mayor trascendencia e intensidad emocional hubiesen destinado. Es muy probable que a continuación recordaran una extensa serie de fugaces imágenes del pasado, tremendamente espaciadas en el tiempo e inconexas entre sí; con mucha suerte podrán rememorar sus pensamientos asociados a aquellos momentos únicos. Si analizan con detenimiento estos datos rescatados del pozo de la memoria se percatarán de que ninguno pertenece a días consecutivos; es más, podrán comprobar por ustedes mismos su incapacidad para recordar un solo día entero de sus vidas sin oscuros “vacíos” o momentos absolutamente inmemorables. Pero lo más terrible es, sin duda, la imposibilidad de recuperar el más mínimo fragmento de CIENTOS de los días que han conformado nuestra existencia. Desde la perspectiva del presente dichos días son, en la práctica, completamente inexistentes, como si jamás hubiesen sido vividos.

 

El verídico proceso que acabo de plantearles puede verse culminado con una inquietante pregunta: ¿Cuántas páginas creen ustedes que necesitarían para plasmar cronológicamente todos los acontecimientos (sin añadiduras interpretativas) en su memoria, con su propio puño y letra? –“incontables”- respondería una confiada mayoría. Les invito a realizar la prueba, mas no me hago responsable de la lúgubre angustia que puedan sentir al contemplar el número total de páginas escritas. Creo que no resulta descabellado afirmar que la relación entre vida y memoria llega hasta el punto de la identificación, quedando la primera reducida a simple existencia en ausencia de la segunda.

 

 Como bien saben, la Ciencia es ahora la nueva religión, siendo sus inmutables leyes el único punto de apoyo válido para comprender la realidad objetivamente. Si en la antigüedad era el sacerdote, portador del conocimiento, quien explicaba a las gentes el movimiento del Sol como efecto de la voluntad divina, en la actualidad es el científico quien explica a la población el movimiento del Sol como consecuencia de la actuación de fuerzas específicas determinables. En ambos casos, tanto ustedes como yo –gentes sencillas que sólo conocemos aquello que la experiencia vital nos ha enseñado- nos vemos obligados a creer ciegamente; pues ni podemos demostrar tales fenómenos por nosotros mismos ni, en base a nuestra ignorancia, refutarlas.

 

Desde la perspectiva científica, es un hecho comprobado que la memoria sufre con el paso del tiempo un progresivo deterioro, acorde con la decrepitud del organismo donde reside. Sin embargo, yo puedo asegurarles (a pesar de mi reconocida ignorancia científica) que tal afirmación es una falacia. Todos hemos oído hablar en alguna ocasión de ancianos que conservan una capacidad memorística prodigiosa, cualitativamente mejor incluso que la de sus propios hijos de mediana edad. La explicación científica a este fenómeno resulta un tanto difusa: factores ambientales, mayor capacidad innata, utilización de técnicas y entrenamiento adecuados… etc. Con su permiso, me gustaría exponer la razón de mis acusadoras palabras; mas he de advertirles previamente que dicha razón resulta “extraordinaria” en el sentido más literal del término. Tengan en cuenta que no tengo nada que ganar revelando mi conocimiento y es, sin embargo, mucho lo que puedo llegar a perder.

 

El principal motivo que me induce a escribir este mensaje es el miedo a olvidarlo. Suena extraño, pero pronto comprenderán por qué mi miedo está lejos de ser infundado.

 

Ayer por la noche me fui temprano a la cama; estaba cansado y el ligero dolor de cabeza que me había perseguido durante todo el día comenzaba a crecer en intensidad. No sin dificultades conseguí conciliar el sueño, aunque plagado de grotescas pesadillas, de las cuales únicamente puedo recordar la impresión de absoluto sin sentido. Cuando mi consciencia alcanzó el estado de duermevela –ya saben, ese momento previo al despertar durante el cual no estamos enteramente dormidos ni totalmente despiertos- me invadió la extraña sensación de no estar del todo solo dentro de mi sueño. Allí, ocultándose entre la confusión de imágenes oníricas que crea la mente durante las tinieblas de la inconsciencia, se encontraba una entidad, una execrable presencia alimentándose con mis recuerdos. Al verse descubierta en su parasitaria actividad, proyectó sobre mí una oleada de odio crudo, con tamaña fuerza que atravesó todas y cada una de las fibras que componen mi ser. Al definir como “odio” esta proyección empática, intento establecer una analogía con la emoción que más pueda asemejarse, aunque aquello –por su inconmensurable grado de malignidad- estaba muy lejos de cualquiera de nuestras inconstantes pasiones humanas. Nada conocido puede sentir tan incontenible sed de muerte por una persona. Es la espantosa impresión que llevaré grabada mientras viva.

 

Desperté con un impacto de luminosidad dentro de mis ojos. Aquello había desaparecido llevándose consigo mis sombrías pesadillas (ahora comprendo por qué no solemos recordar nuestros sueños; quizás sea su saciedad, o su ocultamiento ante nuestra emergente consciencia, lo único que salva a nuestros sueños de ser devorados), y quién sabe cuantos de mis recuerdos, ya por siempre perdidos.

 

Ignoro lo que ocurrirá esta noche, pero temo lo peor: despertar en estado vegetativo o incluso… no volver a despertar. Por eso les hago llegar a ustedes este documento para que lo den a conocer con la mayor celeridad posible (se lo ruego de todo corazón), por si el día de mañana yo estuviese incapacitado para hacerlo personalmente.

 

Ejerciten siempre, constantemente su memoria; no permitan que su desidia alimente al innominable ser con fragmentos de sus vidas.

 

            Recuérdenlo.

 *

 

54 – CARTA DE JEREMY O BRYAN A PAPA NOEL

Querido Papá Noel:

Me llamo Jeremy O´Bryan y vivo en Austin, Texas. No sé si te acuerdas de mí. Supongo que sí, porque tienes que recordar los nombres de millones de niños, en todo el mundo. El año pasado te escribí una carta como ésta. En ella te pedía varias cosas, porque ese año me porté muy bien. Me trajiste esa equipación para el béisbol que tanto me gustaba, y te lo agradezco. Sabes, porque tú lo sabes todo ¿no?, que me lo pase muy bien jugando con ella hasta que esos imbéciles abusones de la calle de abajo, los Dossey, me la robaron en una pelea. Y esto no hubiese ocurrido si mi padre estuviera en casa. Aquí sí que me fallaste de verdad. En la carta te decía que lo que más deseaba en el mundo es que mi padre volviese de la guerra, pues ya había luchado mucho tiempo y mi madre, mi hermano Robert y yo le necesitamos aquí, le queremos un montón. Tú deberías saber que prefería mil veces la vuelta de papá antes que la equipación de béisbol. Sólo te pedí esas tres cosas: el equipo, que volviese a casa papá, y que mamá volviese a reír como lo hacía antes. Tú me trajiste lo que menos quería. ¿Por qué? ¿Podrías explicármelo?

 

A veces pienso que hubiese sido mejor no pedirte nada. Sí, papá volvió a casa.

 

Pero muerto.

 

Ahora sólo nos quedan de él sus cenizas en la urna negra del mueble. Y su recuerdo, en todas las horas. Te juro que, algún día, cuando sea mayor, encontraré a los que le mataron. Cogeré las armas que mi padre dejó en el armario y con ellas los cortaré en pedazos. Repartiré sus tripas por las calles, colgaré sus cabezas bien alto, donde todos las puedan ver; pero antes los torturaré de mil maneras diferentes, uno por uno, y sabrán lo que es nuestro dolor. Serán viejos y ni siquiera eso me detendrá. Juro que es lo que haré, y no me importa lo que después me pueda pasar a mí. Sólo te pido que me ayudes a encontrarlos, porque si no, otros pagarán por ellos… sus hijos, sus nietos… me da igual.

 

En casa de Ben, por Internet, los hemos buscado, viendo todos los videos de Irak que hemos encontrado. Algunas imágenes no se me van de la cabeza, son horribles, casi vomitamos con algunas. Pero no me importa; debo prepararme para eso y mucho más. Algún día yo seré el actor de esos vídeos, y me bañaré en la sangre de esos hijos de puta. En cada vídeo creo ver a mi padre con su uniforme; por un lado necesito saber qué le pasó, deseo ver cómo ocurrió, pero por otro me aterroriza encontrarme con ese momento. No hay día que no lloré sin poder parar.

 

Como mi madre. Es como un cadáver viviente. La pobre trabaja sin descanso para que a Robert y a mí no nos falte nada, casi ni la vemos. Pero nos falta lo fundamental: nos falta él. Mamá ya no es la misma. No sonríe nunca, y se encierra a llorar cuando cree que dormimos. Robert es demasiado pequeño todavía para comprender lo que ha pasado, pero se da cuenta de que algo no va bien. Cuando pregunta por papá, todos acabamos llorando. En los días libres, mamá apenas se mueve de la cama. También a ella la han matado.

 

Ayúdanos a salir de esto, Papá Noel, a terminar con esta tristeza que nos ahoga. Es lo último que te pido. Si tú no nos ayudas… ¿Quién lo hará?

 

Jeremy O´Bryan. [1]

 

[1] Jeremy O´Bryan fue condenado a muerte el 23 de noviembre de 2022, veintiocho años después de escribir esta carta. Nunca puso un pie fuera de los EEUU.

 *

46 – REQUIEM POR MI ALMA

Me costó llegar hasta la cima de la colina a las afueras del pueblo, cargado con el saco y la pala.

Dejé el saco junto al árbol que haría de cruz.

 

Y me puse a cavar mi tumba.

 

Tiempo después, la tierra estaba abierta. Su fresca fragancia natural me recordó, por contraste, la corrupción de todo lo que lentamente se pudre fuera, sobre su superficie.

 

Abrí el saco repleto y, una por una, fui sacando mis motivaciones.

 

Todas tan rancias, absurdas…

 

Casi intangibles por su esencia irreal.

 

Fueron cayendo. Las escuchaba chocar contra el fondo.

 

Después seguí sacando y arrojando todos mis recuerdos, que por miles se apretujaban dentro del saco. De todas las formas, tamaños, edades y colores; casi al completo cubiertos de enquistados sentimientos, como parásitos imposibles de arrancar.

 

Todas las personas que alguna vez había conocido estaban allí, evocadas de nuevo en cuanto tocaba el recuerdo; retornaban por un instante de los abismos del tiempo para volver al seno de la tierra. Tantos, tantos recuerdos… que parecían infinitos. Al final, el último de ellos cayó también en la tumba. En un lugar mejor, allí quedarían todos.

 

Sin excepción.

 

Mientras iba vaciando el saco, un malestar creciente, indeterminado, iba apoderándose de mi cuerpo. Sentía golpes, arañazos internos. Cada vez más fuertes, y desesperados.

 

Sabía lo que eran.

 

Lo que deseaban.

 

Pero hasta ese momento me había resistido a tomar la inevitable decisión. Era un acto que sólo yo podía ejecutar del modo adecuado. Así que me quité la camisa, tomé una pequeña rama y me la puse entre los dientes. Clavé las rodillas junto a mi tumba y respiré hondo. Los golpes por dentro eran frenéticos. También sabían lo que iba a ocurrir.

 

Palpé con ambas manos mis costillas flotantes, para localizarlas con precisión. Debía ser tan rápido como pudiese. Así que hundí con fuerza los dedos bajo ellas, intentando asirlas antes de que fuera inasumible.

 

El dolor me electrocutó.

Noté el calor líquido de la sangre. La rama quebrándose entre mis dientes.

 

Tiré hacia ambos lados. La carne se abría. Los golpes acompañaban la canción del dolor indescriptible. Grité de forma que sentí la garganta romperse, sin soltar la tenaza de los dientes. Mi mente voló como un cuervo enloquecido, pero antes de desaparecer me iluminó con un destello que reflejaba que, si no continuaba, si me rendía ahora… todo habría sido en vano.

 

Volqué los restos de fuerza en mis brazos. Y tiré todavía más.

 

Las costillas crujieron. El pecho no se abrió del todo, pero casi.

 

Y una corriente salvaje de emociones saltó al exterior, precipitándose en ansioso frenesí hacia el interior de la tumba.

 

No podían aguantar el estar lejos de cuanto allí descansaba ahora.

 

Mientras me desmayaba, mi último pensamiento fue más una expresión horrorizada y sorprendida ante lo que acababa de ver:

 

          Jamás imaginé que fueran a ser unas cosas así.

 

Me despertó la fría luz del alba. No sentía nada. Me palpé el pecho con urgencia.

 

Se había cerrado como dos manos que entrecruzan sus dedos.

 

Algo llamó la atención a mi lado y giré la cabeza para verlo. Era un pequeño animal palpitante. O eso me pareció, hasta que me fijé mejor: era un órgano.

 

Era mi corazón.

 

Se había quedado a pocos centímetros del borde de la tumba, su destino. Parecía una vieja fruta marchita… arrugada. Lo tomé con cuidado entre mis manos; notando de inmediato la calidez de su débil palpitación, como un eco moribundo de épocas extintas largo tiempo atrás.

 

Lo dejé caer en la oscuridad. No volvería a verlo jamás.

 

Me puse la camisa y me acerqué a coger el saco. Aún quedaban en su interior algunos pensamientos inútiles, también un puñado de ilusiones que, bajo la luz de este amanecer, se me antojaron ridículas, patéticas…

 

Acabé de vaciar el saco en el interior de mi tumba, y lo arrojé a un lado. Cogí de nuevo la pala y me dispuse a devolver la tierra a la tierra. Desde el interior del agujero subía un murmullo, un bullir de sonidos extrañísimos que deseaban ser observados.

 

Pero me resistí, y ni una de mis miradas cayó sobre lo que allí ocurría.

No tenía derecho a mirar, porque nada de aquello me pertenecía. Era algo íntimo de otra persona; alguien que ya no existía.

 

Así que comencé a echar tierra, intentando mantenerme lejos de todo lo que estaba escuchando.

 

Sé que no tardó poco en llegar el momento de dar la última palada sobre el firme de tierra, pero lo conseguí. Nadie podría descubrir a simple vista que allí, junto al árbol, había una tumba. Tiré la pala tan lejos como pude en un despeñadero cercano y recompuse un poco mi aspecto, mis ropas. Después, inicié el descenso de la colina.

 

Sin mirar atrás.

 

Mi paso era firme. Mi mente un arroyo que bajaba entre las rocas. El pueblo despertaba a lo lejos, con la noche aún detrás suya. Por el sendero ascendía una persona apoyándose en un bastón. Una persona con la que coincidí en el pasado que, al verme, sonrió. Cuando estuvimos cerca me dijo:

 

–¡Hombre, Luis! Tú también has madrugado, ¿eh?

 

–No conozco a ningún Luis –le respondí. ¿Y tú? ¿Conoces realmente a algún Luis?

 

El hombre se quedó con la boca abierta, y retrocedió un paso ante el puñetazo de la sorpresa.

 

–¿Cómo… has… –comenzó. Pero yo le corté, acercándome a su oído, ignorando su sobresalto, para susurrarle:

 

–Nunca hables con desconocidos, porque nunca sabrás hasta qué punto pueden ser…

 

No humanos.

 

Y continué mi descenso, sintiendo cómo en su cabeza ese conocido que nunca lo fue pensaba que me había vuelto loco, que algo grave me había ocurrido. Pobre ignorante de tantas cosas. Ignorante de que la locura es un privilegio de los vivos.

 

Nunca de los muertos.

 

Seguí caminando por estos parajes tan familiares como extraños. La brisa me acariciaba las mejillas con su frescura. Tierna, dulcemente. En un momento, mi visión se empañó con un velo inesperado.

 

Había lágrimas recorriendo mi cara.

 

Lágrimas puras, cristalinas.

 

Como las de un recién nacido que acaba de llegar al mundo.

 

 *

55 – ¿QUÉ ES UN ZOMBI?

Dejando a un lado sus orígenes vudú, películas, libros y videojuegos han grabado en nuestras mentes una idea bastante clara de lo que es un zombi prototípico: un muerto viviente, una (ex) persona semi-deshecha que no está del todo viva ni del todo muerta, impulsada por un ansia instintiva a devorar la carne/cerebro de sus congéneres más próximos y transmitiéndoles, ya de paso, tan envidiable estado existencial. Así, la plaga zombi se expande de un modo exponencial, prácticamente imparable.

Bien, ésta es la imagen que más o menos nos viene a todos cuando escuchamos la palabra zombi.

Resulta obvio, sin embargo, que nadie ha visto jamás uno arrastrándose por las calles de su ciudad (y no, esos tipos que sólo se les parecen no cuentan), ni tampoco ha tenido noticias de ellos en ningún lugar del mundo, ni ahora ni en tiempos pasados. Para qué hablar ya de multitudes, o ataques en horda.

Pese a todo hay algo que todos tememos, sabemos y, por tanto, ocultamos: los zombis, en verdad, existen.

–¿Pero de qué coño vas, tío? ¿No acabas de decir que nunca se ha visto uno?

Si te callas y me dejas continuar, lo explicaré.

Verás, resulta que la realidad global es un bocado demasiado grande para nuestro estómago, y sólo podemos digerir aquello que en él cabe, aquello que resulta útil para nuestra supervivencia. Por un simple principio de economía de recursos, no estamos capacitados para comprenderlo todo.

Al igual que los ratones no necesitan saber matemáticas.

La realidad es un infinito mar de conceptos, factores y relaciones que nos sobrepasan, dentro del cual ocupamos una dimensión molecular. En su fascinante complejidad, la naturaleza nos dotó con ese poderoso motor creador de símbolos que denominamos mente. Y esos símbolos sintetizan en un constructo los aspectos esenciales de ciertos fenómenos que no podemos asumir de otra forma.

Un zombi es un símbolo.

–¿Un símbolo? ¿De qué? ¿De los peligros que conlleva el no saber estarse muerto?

No exactamente, pero casi. EL zombi va cargado de una increíble cantidad de significados, que paso a exponerte:

Nuestra incuestionable condición mortal nos aterra. Sabemos que vamos a morir, sin que podamos hacer absolutamente nada por evitarlo. El zombi encarna –aunque sea el más desafortunado verbo para decirlo– nuestro miedo a la muerte. Su cuerpo está en proceso de putrefacción, como sabemos que ineludiblemente lo estará algún día el nuestro, encerrado en una tumba. Camina con determinada lentitud, como pensamos que la muerte se acerca a nosotros: lenta, lejana e incluso esquivable si nos lo proponemos, además de risible en su torpeza; no desecharemos esa ilusión, por más que la sepamos falsa. El mordisco de un zombi te convertirá, a su vez, en otro zombi; esto es: la muerte sólo te llegará si te dejas alcanzar por ella. ¿Existe alguna forma de escapar a la muerte? No en la vida real, desde luego. Pero en nuestras ilusas ficciones sí que podemos enfrentarnos a ella cara a cara, reventando sus representaciones zombíticas a base de escopetazos, dejándola fuera de combate con certeros tiros en la cabeza o quemándola con cócteles molotov. No nos sacará de nada este divertimento, pero no por ello su vivencia nos dejará de resultar menos gratificante.

–Vaya… no me había parado nunca a pensarlo así…

Otros significados actúan en un nivel más sutil.

El zombi representa a todos los pasados de los que huimos. Cada zombi es un recuerdo, que pugna por desenterrarse y se afana por darnos alcance, para devorarnos el cerebro O, lo que es lo mismo, nuestra mente, nuestro presente. Ellos son muchos, infinitos casi, e imparables… lucharán por ser el primero en darnos caza, imponiéndose a todos los demás. Y entonces… estaremos a su merced. Puede tardar minutos, días o incluso años en devorarnos. Y mientras tanto, no podremos fijar nuestra atención en nada más. Estaremos muertos en vida, a todos los efectos… ¿comprendes?

–Sí, conmigo se dan festines constantemente.

Por desgracia, entre todos esos zombis están también todos nuestros seres queridos, los que ya se han ido, pero aún siguen presentes. Algunos, morbosamente con más presencia que cuando estaban vivos, de hecho. Es doloroso decirlo, pero es así. En la enfermedad, en la decadencia de nuestros padres podemos vislumbrar esa sombra zombi que estará siempre tras nosotros. A veces conseguiremos ponernos fuera de su alcance –lo que no se ve, no existe, pero en muchas ocasiones, nos harán trizas. Mientras se alimentan de nuestra atención, el dolor nos envolverá en su abrazo. Un dolor que es pena egoísta por nosotros mismos, por no poderlos tener a nuestro lado de nuevo como en los tiempos felices, al tiempo que conmiseración hacia ellos, por su condición irreversible, por ser muertos vivientes en nuestra memoria. Por eso les deseamos que descansen en paz, que no se muevan, que no vengan a morder nuestras complicadas vidas… que ya iremos nosotros a visitarlos a sus hogares eternos cuando nuestras estúpidas y artificiales prioridades nos lo permitan. Si te fijas, en las películas suelen atacar de noche -¿no es cuando más pensamos, antes de dormir? – a los protagonistas atrincherados en una casa, símbolo de todo lo que más queremos, por cuanto hemos luchado y de nosotros mismos, en definitiva.

–Empiezo a sentirme inquieto, tras escucharte…

Pero eso no es todo.

Si prestas atención a lo que el espejo te ofrece cada día, podrás observar los ligeros síntomas que están ahí. Esa expresión cansada, esas líneas oscuras que parecen subrayar las cuencas, esas arrugas que surgieron sin que te dieses cuenta, el pelo que se va retirando para dejar al descubierto a la calavera y su incuestionable victoria… no es fácil asumirlo, pero la muerte crece con nosotros.

Nunca hemos estado vivos, ni del todo muertos.

Y cada vez que alguien piensa en nosotros, se acentúa la condición zombi… condición que será plena cuando nuestro corazón deje de latir. “Nadie muere del todo mientras es recordado” dicen algunos, como si ese horror constituyese un privilegio. Ni por un segundo piensan en qué estado se encontrará la mente del recordado…

A veces sentimos que no controlamos del todo nuestro cuerpo, que incluso hemos salido de él; otras que estamos encerrados en una celda de hueso y carne en descomposición, condenados por años a permanecer ahí. Son estrellas fugaces de lucidez en la noche de la consciencia. Eso es en verdad lo que somos.

Todos zombis.

 *

 

47 – PROMETEO SANGRIENTO

*Versión Audiorelato por «Terror y Nada Más»

Y aunque ya nadie lo llama así, salvo Segadora, hubo un tiempo en el que fue conocido como Prometeo. Pero eso fue antes, mucho antes, de estar encerrado en la Sala del Acero por toda la eternidad; en aquella época distante y olvidada, en la que aún era un hombre y caminaba entre sus iguales.

Semidiós, persona, monstruo… ahora era todos esas cosas… y ninguna.

Su cuerpo seguía siendo el de un hombre fuerte, con la peculiaridad de las espinas metálicas que asomaban por algunas de sus articulaciones. Sin embargo, su cabeza apenas podía reconocerse humana: carne y hueso se entremezclaban para formar una máscara aterradora, donde músculos y arterias palpitaban a la vista, como si hubiese recibido un baño de ácido. En su mano derecha portaba un hacha de doble hoja, y en la izquierda una espada pesada con parte de su filo dentado. Todo él estaba cubierto de sangre seca.

Prometeo caminaba sobre el enrejado del suelo y, de pronto, sintió frío. Era la señal. Ella se acercaba de nuevo. Y, en efecto, como un espectro envuelto en su capa de sombras, la Segadora emergió a través del suelo. El frío se intensificó, y Prometeo no pudo evitar que un escalofrío le recorriese toda la columna. Tal vez fuesen los vestigios de su parte humana, que así respondían aún.

Segadora flotó hasta la única puerta de la Sala del Acero.

–Aquí llegan los próximos –siseó, como una suave brisa de escarcha.

Y con un chirrido metálico, abrió la puerta y desapareció tras ella.

Por el oscuro corredor no tardaron en llegar gritos, llantos y lamentos de toda clase. Prometeo cruzó varias veces sus potentes brazos sobre el pecho, a modo de calentamiento. Resopló como una bestia y se preparó, a unos metros de la puerta.

El primero en entrar fue un niño, muy delgado. En cuanto vio el monstruo de pesadilla que se abalanzaba sobre él, comenzó a abrir por completo sus ojos, su boca, en un grito que nunca llegó. La espada cortó su frágil cuerpo por la mitad como un rayo invisible. Sus intestinos se escurrían por el enrejado cuando su madre entraba. Su chillido de horror infinito resonó por toda la Sala, hasta que el hacha atravesó su cabeza a la altura de la mandíbula, silenciándola para siempre. Un río humano, desnudo, comenzó a entrar en tropel, sorteando el cuerpo de la mujer que aún se convulsionaba entre espasmos. La Sala del Acero pronto devino en una jaula infernal de gritos y terror sin límites. Todos corrían de un lado para otro, intentando en vano poner distancia entre ellos y la muerte segura que representaba el hacha y la espada. Prometeo bramaba como una bestia, envuelto en un torbellino de sangre y vísceras. Cada movimiento de su brazo significaba un pecho abierto en canal, una amputación, una hemorragia imparable… Algunos tropezaban y caían con los moribundos o sus restos cercenados, quedando tirados en posición fetal sobre el enrejado, con la esperanza de pasar inadvertidos a la furia de Prometeo. Otros, sin embargo, conducidos por la desesperación absoluta de saberse muertos en breve, se arrojaron sobre las armas que colgaban de las paredes de la Sala, en un intento de ataque coordinado contra el bestial Prometeo. Cinco hombres se abalanzaron gritando sobre él desde diferentes direcciones, blandiendo las hachas, mazas y espadas arrebatadas a su dueño. Prometeo se dispuso a recibirlos.

Y como niños enfrentados a un adulto, no tuvieron la menor posibilidad de victoria. La pericia de prometeo con sus armas se había afinado durante toda una eternidad de carnicerías constantes; hasta el extremo de que sólo dos de sus adversarios comprendieron que habían muerto antes de caer hechos pedazos. El resto de personas que contemplaron aquella lucha fugaz volvieron a gritar, aún más fuerte, aterrorizados por completo. Prometeo resolló, y se dirigió hacia ellos…

En la Sala del Acero ya solamente se escuchaban algunos gritos dispersos de dolor y agonía. Prometeo pisaba la alfombra de cuerpos destrozados, y descargaba el hacha sobre cada moribundo que escuchaba y distinguía entre la masa de carne muerta. El olor a sangre y entrañas abiertas impregnaba toda la Sala, como una nube nauseabunda casi visible. Al fin, el silencio de la muerte volvió a reinar, y Prometeo pudo oír su propia respiración acelerada. Se acercó hasta una de las paredes, que tenía un ancho escalón a lo largo de su parte baja para separarla del enrejado del suelo, y colgó sus armas ensangrentadas. Se detuvo a recuperar el aliento; una de sus arterias bombeaba como un segundo corazón incrustado en un lado de su monstruosa cabeza. Entre los escasos huecos del enrejado que habían quedado libres, Prometeo pudo observar como la sangre de sus víctimas se precipitaba al vacío, sobre el que pendía la Sala del Acero. Y al fondo de ese abismo se mecían, turbulentas, las aguas rojas del Mar de la Resurrección.

Para los habitantes de este mundo, la Sala del Acero y el Mar de la Resurrección constituían lugares míticos, extraídos de las leyendas que se transmiten de padres a hijos desde siempre. Y cuentan que el Mar es rojo por la sangre de los muertos, y que en él se entremezclan todas las almas, y lo que del mundo han conocido. Y de aquí surgen las almas nuevas –que nunca lo son del todo, por tomar esencias de unas y otras–, que a los cuerpos de los recién nacidos se unen, para vivir otra vez. Es por ello que, en determinadas ocasiones, las personas sienten una cercanía, una afinidad inexplicable a primera vista hacia un desconocido: compartieron su destino en la Sala del Acero, en el Mar de la Resurrección… Pero Prometeo no es infalible. A veces, algunos moribundos escapan –medio enterrados entre los cadáveres de sus compañeros– de los golpes finales, y caen al mar de la sangre sin haber muerto aún del todo. Por eso, estos elegidos del azar podrán, con los medios adecuados, recordar fragmentos de su vida anterior. Y creerán en la reencarnación…

 

Prometeo, ya más relajado, caminó a lo largo del escalón de la pared, apartando con el pie algunos restos, hasta llegar a una de las esquinas. Tanteó entre unos remaches, hasta dar con el interruptor oculto que buscaba. Al pulsarlo, un zumbido mecánico se hizo audible, mientras el enrejado se abría lentamente hacia abajo en dos mitades. Los cuerpos, piernas y brazos seccionados –como dotados de una repentina semivida– comenzaron a rodar sobre sí mismos, precipitándose hacia la parte media de la Sala en una avalancha de carne fresca irreconocible, y de ahí al vacío…

Prometeo andaba de un lado para otro, con las manos a la espalda, meditabundo. Esperando. Chasqueaba las mandíbulas, como si estuviese royendo un pensamiento especialmente duro. Se quedó mirando su extensa colección de armas sujetas en sus soportes alineados, por todas las paredes. Todas del rojo oscuro de la sangre seca. De pronto, el aire comenzó a enfriarse. Lo sintió en la piel, en los huesos, como un viento helado llegado de las nieves perpetuas. Se estremeció.

Ella volvía de nuevo.

Envuelta en su espectral manto negro, Segadora atravesó la pared frente a Prometeo. No dejaba de ser una visión escalofriante, por más que la contemplase millones de veces. Esa sonrisa cruel, en su blanco rostro de hueso.

–¿Listo, Prometeo? Aquí te traigo más.

–No… espera.

Segadora se giró bruscamente hacia él. La sorpresa ardía en las llamas de rubí de sus cuencas sin fondo.

–¿Qué? ¿Qué ocurre?

La voz de Prometeo sonó extraña.

–Debo… debo abandonar este lugar. No puedo seguir con esto, Segadora.

La siniestra figura no llegó a abrir la pesada puerta, como pensaba, y se encaró con Prometeo.

–¿Por qué dices eso? –Él sintió cómo su cuerpo se helaba–. Llevas toda una eternidad haciéndolo, sin el menor problema. Es tu deber. Tu trabajo.

–Tal vez sea esa la cuestión. No puedo pasar otra eternidad matando, casi sin cesar. Mi futuro es un presente cristalizado y sin cambios; necesito modificar este horizonte estéril. Como ves, tantos milenios de brutalidad continuada no han conseguido extinguir ese resquicio de humanidad que aún debo conservar.

Segadora le observaba con fiereza, como si fuese un niño estúpido y obcecado.

Él le dedicó un amago de sonrisa, casi una mueca, mientras se dirigía a la esquina que ocultaba el interruptor. Sabía que ya nada serviría, ninguna palabra la haría cambiar su parecer, ni siquiera todo lo que habían superado juntos. La conocía bien. Siempre se había adaptado mejor que él a las circunstancias. Y, aunque eran idénticos en muchos sentidos, ahora lo veía claro: le había acompañado a través de tantos horrores solo para estar a su lado, nunca hubiera caído tanto de haber estado sola. Ahora, por su culpa, a ella le esperaba una eternidad mucho más cruel de lo que le correspondía. Solo por seguirle en su rebelión absurda, suicida. Y aún le pedía que siguiese cayendo… maldito egoísta. Ella se quedaría aquí y sería lo correcto; bastante había hecho ya por él. Sin embargo, no podía evitar que en su pecho todavía latiese esa mezquina esperanza: que le acompañase otra vez en su locura, juntos de nuevo en la caída por el abismo infernal, hasta el fondo de la más abyecta degradación del alma, sin que nada importase. Juntos para siempre, como al principio…

–No lo hagas, Prometeo… o te arrepentirás –dijo Segadora, con la certeza en su voz.

Sin dejar de observarla, pulsó el interruptor. El enrejado del suelo comenzó a partirse en dos.

–Vamos… Segadora… –susurró.

Ella le devolvió la mirada. Sabía que nada de lo que dijese cambiaría el curso del destino; porque en eso eran iguales: el orgullo, la desmedida, la sinrazón… Era la última vez que sentiría el calor de su presencia.

El enrejado se abrió por completo.

–Puede que volvamos a vernos, Segadora… –dijo Prometeo. Y saltó.

Segadora contempló cómo desaparecía en el mar de sangre. Para él no sería el Mar de la Resurrección, sino la puerta al dolor infinito, a la tortura de su mente, a las formas irreconocibles de sufrimiento que aguardan a aquellos que, como él, susurran en sueños la canción del abismo… Prometeo, tal y como lo conocía, había dejado de existir.

Con un zumbido, el enrejado comenzó a cerrarse lentamente.

La Sala del Acero estaba desierta. Segadora ya había dejado abierta la puerta metálica, pero aún no había llegado quien esperaba. Escuchó unos ruidos por el corredor oscuro. Pasos precipitados, asustados. Al fin, por la puerta emergió aquel cuya voluntad había marcado este destino, aun sin saberlo. Era un hombre escuálido, de piel blanca. Trastabilló al entrar y cayó de bruces sobre el enrejado.

Segadora no pudo evitar una sonrisa de amargura ante la comparación. Puede que Prometeo y este… pobre diablo fuesen los seres más opuestos de toda la Creación. Ante las llamas de sus ojos, su alma simple era transparente. Sintió un vacío que se expandía dentro de su manto de oscuridad…

El hombre se levantó como si el enrejado estuviese al rojo vivo. Aterrado, miraba con sus grandes ojos en todas direcciones; y cada golpe de vista acentuaba su lividez extrema, su terror: un abismo de aguas rojas, un encierro de acero, esas incontables armas ensangrentadas y… Ella, majestuosa y terrible, flotando ante él entre sombras de hielo, riéndose de su horror…

–Coge tus armas, Prometeo… Se están acercando –siseó como el viento en la noche.

Pero el hombre, con las manos aferradas a su cabeza, solo gritaba y gritaba…

Ella dudaba de que pudiera llegar a blandir siquiera una maza. Segadora se desvaneció a través del muro de metal herrumbroso a sus espaldas.

Pero ya aprendería.

Tenía toda una eternidad para aprender.

 

 *

56 – LA HERIDA SIGUE SANGRANDO

Todo lo trascendente en la vida tiene su origen en hechos triviales. Es difícil, a veces imposible, recordar el inicio, la causa primera de los fenómenos que nos marcan el alma para siempre, esos cuatro o cinco que señalaríamos al final de la existencia como los “de verdad importantes”. En mi caso, sin embargo, recuerdo perfectamente cómo descubrí el inicio de mi herida. Estaba a punto de entrar en la ducha cuando, por puro azar, observé en el espejo el pequeño rasguño –no más amplio que una uña– que había aparecido en mi pecho, justo encima del corazón. Le presté un fugaz segundo de atención porque no recordaba cómo me lo había hecho y por su perfecta disposición vertical. Después lo olvidé por completo.

 

Hasta que días después una sensación molesta, que no llegaba a picor, me recordó de nuevo su presencia. De vez en cuando me sorprendía a mi mismo frotándome por encima de la camisa, en un acto reflejo similar al que provocan las patas de un insecto sobre la piel. Y cuando me puse de nuevo frente al espejo, no puedo ocultar que me quede estupefacto ante lo que vi: el rasguño se había extendido hasta alcanzar la longitud de un dedo índice, y la piel aparecía enrojecida a su alrededor. Desinfecté la zona a conciencia, más sorprendido que preocupado, pues no dejaba de darle vueltas a una pregunta para la que no tenía respuesta ¿Cómo podía haberse alargado de esa forma sin que yo me diese cuenta?

 

Lo cierto es que en aquel periodo de mi vida tenía mucho trabajo, siempre con docenas de pequeñas –y no tan pequeñas– tareas pendientes de toda índole, por eso, y porque soy poco dado a las hipocondrías, creo que este extraño suceso quedó enterrado en un segundo plano por la acelerada rutina de los días cargados de responsabilidades, días que parecen misérrimos manojos de horas conseguidos en la beneficencia en lugar de días auténticos.

 

La preocupación llegó por sorpresa en la oficina, al bajar un archivador de una estantería. Un perfecto círculo de sangre, pequeño pero evidente, crecía en la pechera de mi camisa. Corrí hasta los servicios; impulsado por la angustia, y desabroché los botones con ansiedad. Involuntariamente di un paso atrás. El rasguño era ahora un crudo surco en la carne, de horrendo tono purpúreo. En su parte media, unas gotas de sangre manaban lentamente, deslizándose por el surco hacia abajo. Me lavé como pude y volví a mi puesto, con la cabeza como una centrifugadora descarrilada. Quedaba poco tiempo para salir. Nadie me hizo el menor comentario sobre mi camisa mojada de sangre y agua.

 

Al llegar a casa tuve que afrontar, de nuevo, pero esta vez desde un prisma inédito, penoso y absurdo, mi relación con María. Estábamos atravesando uno de nuestros periodos de distanciamiento; apenas habíamos hablado en las últimas semanas… el número de discrepancias, encontronazos, circunstancias y otros factores que conformaban el nudo de nuestra crisis se había enrevesado y solidificado tanto que no había por donde cogerlo… y en esto llegaba yo con una camisa manchada de sangre por una herida que no tenía causa y que no dejaba de crecer…

 

–Mira como me he puesto la camisa –me atreví a decirle

 

–Yo la veo bien –dijo tras un rápido vistazo.

 

Volvíamos a las trincheras. Otro día más.

 

–¿Y esto también lo ves bien? ¿eh? –chillé –lo sé– mostrándole el sangrante tajo púrpura.

 

–¡Oye oye, a mí tú no me gritas así! ¿vale? –reaccionó como una furia. Si has tenido un mal día en la oficina lo pagas con otra ¿te enteras?

–Dios… ¡Eres insoportable! Y con un portazo se fue. Supongo que a su trabajo.

 

Y yo me quedé ahí de pie, solo, como un patético cristo mirándose una línea de sangre que rodaba desde el esternón hasta el ombligo.

 

Volví a lavar y sanear la herida. Y esta vez, al observarla más de cerca a la luz blanca, no pude evitar un violento escalofrío. Era una herida nauseabunda, salvaje, que no se parecía a nada que yo hubiese visto nunca con anterioridad, como si la carne se hubiese abierto hacia fuera. No cortada, ni quemada… abierta, sin más. Y en todo este tiempo no había dejado de sangrar; de hecho, brotaba en mayor cantidad. Para mayor extrañeza, no me sentía en absoluto débil o mareado, que habría sido lo normal ante esta pérdida constante e imparable. En pocos minutos convertí la blancura del lavabo, los azulejos… en una siniestra carnicería, en la escena de un crimen repugnante. Entonces mi cuerpo se activó con mil alarmas. Presioné la herida con tantas vendas como pude y salí de allí corriendo, invadido por el pánico, calculando mentalmente cuánto tiempo se tardaría en llegar al ambulatorio e intentando adivinar la cantidad de sangre que un hombre puede perder antes de caer muerto.

 

Tal vez no fue una buena idea la de echarme a correr. El corazón comenzó a bombear con fuerza y la sangre se disparó como un cañón del infierno hacia el exterior. Las vendas pasaron en segundos a ser un amasijo sanguinolento que chorreaba al compás de mi carrera desesperada.

 

–¡Socorro! ¡Ayúdenme, por favor! –gritaba, tan alto como podía –¡Me estoy desangrando, por Dios!

 

Pero la gente, en lugar de acercarse a prestar auxilio a un hombre en riesgo de muerte… ¡Se apartaban! ¡Se apartaban de mí! ¿Es posible? ¿Qué temían de un hombre escuálido como yo?… ¿Cómo se supone que debe pedir ayuda un hombre que se muere sin sobresaltar a nadie? Mientras corría se me saltaban las lágrimas de puro miedo, impotencia… La sangre manaba ahora libre y sin freno, como un río innatural, pues nadie en la tierra albergó jamás semejante cantidad de sangre en su cuerpo; y todo el mundo se había parado a mirarme… ¡a mí! ¡Pero no al caudal aterrador que iba vertiendo por toda la calle abajo, manchando todo a mi paso como un horror imposible escapado del inframundo! ¡Me miraban sólo a mí, como si fuese un pobre loco! Nunca antes había percibido tan claramente la profunda soledad en la que nos encontramos.

 

Me detuve a recobrar el aliento, exhausto, justo a las puertas del ambulatorio, con las manos sobre las rodillas mientras de mi pecho seguía manando un caudal de sangre inagotable. Jadeando, entré en el edificio, ya sin fuerzas:

 

–Un médico, por favor –me oí decir.

 

Esta vez sí me atendieron con urgencia, conduciéndome sin perder tiempo hasta una sala interior. Creo que fue por mi aspecto de absoluta desesperación, por entrar con el pecho descubierto y mi paso tambaleante, pero no por la abominación de mi herida a la que nadie hizo mención ni gesto para impedir de alguna forma mi desangramiento masivo. Sólo las vendas empapadas que seguía apretando con fuerza se interponían entre la sangre y el exterior.

 

Tras sentarnos, el doctor se dirigió a mí.

 

–Dígame ¿Qué le ocurre?

 

Todos habían perdido la cabeza. O la estaba perdiendo yo.

 

–¿Usted tampoco ve el río de sangre que me brota de la herida? –Las paredes me daban vueltas– ¿Es que no ve cómo le estoy poniendo todo? ¿O es que me están tomando el pelo? ¡HAGA ALGO! –Ya no podía más.

 

Durante larguísimos segundos, el doctor me escrutó con ojos serios, analíticos. Eran los ojos que ya habían observado a miles de pacientes, a lo largo de años y años.

 

Después, me dijo estas palabras con rotunda determinación:

 

–Usted no tiene ninguna herida en el pecho.

 

–¡QUÉ! –No podía creer la ofensa que estaba oyendo. Así que cogí la bola de vendas y la estampé con todas mis fuerzas contra la pared. Hizo un tremendo ruido de impacto húmedo que salpicó toda la sala y a nosotros, sobre todo a él. Mis manos ocuparon el lugar de las vendas, pero la sangre seguía escapándose entre los dedos.

 

El buen doctor no se esperaba aquello. Creo que, gracias a su profesionalidad tardó poco en recuperarse de la impresión.

 

Con voz pausada, tranquilizadora, me hizo una oferta:

 

–Si usted me lo permite, le daré la prueba irrefutable de que no tiene ninguna herida y de que, por descontado, ni yo ni nadie estamos aquí para divertirnos a su costa. Si tras esta prueba usted sigue pensando igual, yo tendré que reconocer esa enorme herida que no deja de sangrar y que, por lo tanto, debía haberlo matado ya hace horas.

 

–De acuerdo, doctor –Tenía la sensación de que esto era una vuelta de tuerca más en esta confabulación, de este experimento, esta broma inhumana; pero decidí seguirle el juego. Tal vez así consiguiera algo de ayuda. –¿Cuál es esa prueba?

 

El doctor abrió las dos puertas de un pequeño armario para guardar instrumental que tenía tras de sí. En su cara interior, cada una de las puertas estaba revestida por una lámina de espejo.

 

Mi propia imagen me impactó de lleno. Estaba demacrado, mostraba un aspecto horrible. Veía mis manos la una sobre la otra haciendo presión, los huesos de las costillas marcándose en la piel.

 

Pero no había ninguna herida. Ni una sola gota de sangre por ninguna parte.

 

Y mientras contemplaba atónito aquel reflejo, seguía sintiendo el fluir de la sangre entre los dedos. Sangre que no aparecía en el espejo.

 

–¿Me cree ahora? –preguntó el doctor con una débil sonrisa.

 

Estaba estupefacto.

 

–No se ve… nada –musité.

 

–Claro, hombre. Tranquilícese, su vida no corre peligro.

 

Porque la evidencia irrefutable que mostraba la imagen en el espejo se contradecía con las sensaciones que me transmitían mis manos, antebrazos, y el resto de la piel que era bañada por la sangre que seguía manando.

 

Y al echar la vista abajo… ¡La sangre seguía ahí, tan roja como siempre! Miré alternativamente a mi cuerpo y al espejo, mis brazos y el espejo, mis pantalones apelmazados y el espejo… innumerables veces… y el resultado persistía. Percibía dos realidades contradictorias al mismo tiempo.

 

–¿Co… cómo es posible doctor? –balbuceé, confuso. ¿Qué me está ocurriendo?

 

–No se preocupe. Dígame, ¿Cómo se ve en el espejo?

 

–Limpio de sangre.

 

–Bien, eso es lo importante. Yo también lo veo así.

 

–… Pero sigo sangrando, doctor. Es lo que siento, es lo que estoy viendo ahora mismo, en cuando dejo de observar el espejo. Todo sigue manchado de sangre…

 

–¿Puedo preguntarle si ha consumido drogas?

 

–No, ni siquiera fumo. Ni bebo.

 

–¿Considera que está viviendo un periodo de su vida especialmente estresante?

 

–Sí, eso sí. Me temo que así es.

 

El charco bajo mi silla se extendía con lentitud inexorable.

 

–Uhm… comprendo.

 

–¿Cómo es posible ver y sentir lo que no existe de forma constante? –Mi voz temblaba. Estaba muerto de miedo.

 

–Verá, el cerebro tampoco es un órgano infalible. A veces se equivoca. Nuestra mente puede sufrir un amplio abanico de trastornos de diversa gravedad y posibilidades de tratamiento. Comprendo que esta alucinación que lo aqueja es –además de particularmente elaborada- angustiante en extremo; pero no debe preocuparse, hay docenas de casos con peor pronóstico que el suyo. Usted sabe que esa hemorragia de ser… um, real, sería mortal de necesidad ¿verdad?

 

–Eh… claro.

 

–Y usted mismo comprueba en el espejo que se trata de un error subjetivo en la percepción de su cuerpo ¿No es así?

 

–Aún me cuesta creerlo… pero sí.

 

–Por eso le digo que no debe preocuparse en exceso. La elaboración podría haber sido aún mayor y seguir viendo la herida también en la imagen del espejo.

 

–¿Cree entonces que algún día dejaré de ver todo… esto? –me volví a mirar, asqueado.

 

 –Eso es seguro. Pero ahora debe darse su tiempo, tener paciencia, por desagradable y nítida que sea su percepción. Tendrá que acostumbrarse y restarle importancia hasta que un día desaparezca. Esto es más normal de lo que la gente cree; se trata de una reacción psicosomática provocada por estrés y puede adoptar muchas formas: ceguera, parálisis, tartamudeos… en su caso se ha manifestado así, pero podría haber sido de cualquier otra manera. El estrés puede llegar a ser terriblemente dañino.

 

–Es increíble… –susurré, mientras el suelo se alfombraba de rojo.

 

–Bien, pues ahora le pasaré con un compañero mío –me anunció levantándose de su sillón–, el doctor Alberto, aquí al lado. Es muy bueno en su trabajo, y no lo digo porque sea un amigo –sonrió con jovialidad–. Siga usted todas las indicaciones que le de al pie de la letra y ya verá como pronto todo esto queda en un mal recuerdo.

 

–Gra… gracias, doctor –Le tendí la mano con aprensión, sabiendo que le ponía en el compromiso de ensuciarse bien con el apretón, tal y como de hecho ocurrió. Aunque a él pareció no importarle.

 

–Venga, le acompaño… Sus pasos chapotearon en el suelo.

 

–Disculpe, doctor… ¿No podría prestarme una bata o… algo para cubrirme?

 

Me sentía indefenso y… estúpido. Prometo que mañana se la traeré. Impoluta, por supuesto.

 

–Claro, hombre. Y así de paso me cuenta que tal le ha ido.

 

–Gracias… gracias por todo.

 

Me condujo hasta la sala de su amigo. Entró para hablar unos minutos en privado con él y después me hizo pasar.

 

–Cuídese… y descanse –se despidió al pasar a mi lado con una palmada en el hombro.

 

Dejando su huella de sangre en la reluciente bata que me había prestado.

 

Pasaron muchos meses –y muchas cosas– desde aquel día aciago que nunca debió existir. Meses de terapia, de fármacos, de cambios vitales –me divorcié de María, me despidieron del trabajo– y tratamientos de lo más variado. Les aseguro que pocas veces en mi vida he puesto tanto empeño e implicación en una labor –sanarme–. Sin embargo, el doctor se equivocaba. La herida no ha dejado de sangrar ni un solo minuto, ni uno solo, desde aquel día en que se abrió. En todo este tiempo, qué duda cabe, he crecido mucho como persona. En esto sí que puedo decir que mis terapeutas me han ayudado profundamente, ya que no en devolverme a mi estado de conciencia anterior. Puedes llegar a acostumbrarte a ensangrentar todo a tu alrededor si los que te rodean actúan sin prestarle atención. Dicen que a toda persona, en algún momento de su vida, le toca sufrir su “herida crucial”, irrestañable, que transforma todo lo que llega después. Dicen que la cuchilla que la abre suele ser un hecho nimio, un pensamiento inconsciente, el residuo de un sueño, un gesto de alguien… y que, desde entonces, dejamos de ser quien estábamos destinados a ser. Esta herida es interna –aunque puede que yo sea la extraña excepción a esta regla inexistente– y es el propio cuerpo quien se encarga de que permanezcamos ignorantes a la hemorragia de esa herida, fagocitando la sangre oscura de nuestra identidad originaria que convive moribunda junto a nosotros, hasta que expiramos. Un lamento eterno y sin consuelo. Sólo cuando el cuerpo falla, o la sangre es mucha, llega hasta nuestra consciencia en forma de tristeza sin causa aparente.

 

Y creo en esa hipótesis con firmeza, no por su sentido poético, ni por afinidad con mis creencias, sino por una experiencia trascendente que me fue concedida. Una especie de visión que jamás volvió a repetirse, como la única oportunidad que se me otorgó para contemplar la realidad más allá de mis sentidos, y que fue así:

 

Estaba en mis primeros meses de tratamiento. Fue durante una tarde del mes de Junio. Caminaba por la calle enseñando de nuevo a mi mente a pensar y dirigir la atención hacia ideas y hechos distintos a mi perpetuo y constante derramamiento de sangre. Como si un velo que yo consideraba transparente hubiese caído de mis ojos, ante mí se descubrió un mundo superpuesto al que conocía y habitaba; al igual que mi herida siempre había estado ahí aunque no la percibiese. Me quedé paralizado ante la inmensa revelación. En un segundo mis fosas nasales se saturaron con una intensa vaharada de hedor a plasma sanguíneo, como… cobre quemado. Las ventanas de los edificios lloraban un fino manto de líquido rojo, fluctuante a la luz del sol. De sus balcones, cornisas, tejados… de todos a la vez, como en los días de tormenta, chorreaba la sangre con estrépito, convirtiendo las calles en ríos espesos, pestilentes. Y salvo los niños más pequeños, todas las personas a las que alcanzaba mi vista sangraban profusamente. Algunas, como en mi caso, desde una herida en el pecho, otras desde la mitad de la frente, bañándose de la cabeza a los pies en siniestra ablución. Las parejas caminaban fundidas en un abrazo coagulado, las madres empujaban los cochecitos de sus hijos como mártires recién lapidadas. Los autobuses circulaban como depósitos rodantes de sangre, cuyo nivel máximo se apreciaba en los cristales; y al llegar a una parada, se liberaba de sus pasajeros en una suerte de menstruación aberrante. Los coches salpicaban a los transeúntes sin que ninguno se quejase. Las alcantarillas vomitaban el exceso inasumible. Vi un avión cruzar el cielo con sus dos estelas blancas… y una fina nube rojiza pegada al fuselaje. La imaginación no puede construir por sí misma la oscura grandiosidad de lo que contemplé… en verdad, es imposible. Y allí, en mitad de aquella escena infernal e inconcebible en otro tiempo, yo me sentí –por primera vez desde que la pesadilla comenzó– …acompañado; hasta entonces sabía que era un miembro de la sociedad, pero no fue hasta este preciso momento cuando me sentí, irrevocablemente, dentro de la misma. Tras esa imagen, el velo retorno a mis ojos. No volví a ver nunca a mi ciudad sangrar.

 

El doctor se equivocó conmigo –sí, a veces hasta los buenos médicos se equivocan–. Mi herida no desapareció con el tiempo, ni mi sangre dejó de verterse sin cesar. Y mi visión no es un trastorno de la percepción o los sentidos, en absoluto, sino un don… un don único y desconocido otorgado por la naturaleza. Aún ignoro su propósito final, el mensaje último que contiene, pero doy gracias por él cada día, por haberme permitido contemplar lo que el resto de la humanidad, por sí misma, jamás podrá llegar a ver:

 

Que el mundo flota en sangre.

 

 *

23 – LA CASA DE MUÑECAS

La casa de muñecas estaba situada en la mesa más alta, junto a la ventana; el lugar más resplandeciente de toda la habitación. Allí, en su interior de lujoso ensueño, convivían en eterna armonía unas preciosas muñequitas de porcelana, vestidas con maravillosos trajes de fantasía, cuyos colores creaban destellos de ilusión a su alrededor al tiempo que realzaban la encantadora palidez de aquellos rostros cincelados y sonrientes.

 

Aunque el increíble atractivo de cada una de ellas estaba fuera de toda duda, la singular belleza de Celine superaba cualquier prodigio surgido de las fuentes de la divinidad. Así era conocido y reconocido por todos los juguetes de la habitación que, en su gran mayoría, profesaban por Celine una profunda devoción.

 

Un regimiento de soldados de plomo marchaba siempre alrededor de la casa de muñecas, protegiendo su tranquilidad del posible –aunque poco probable– ataque de algún juguete malévolo. Formaba parte de este regimiento un soldado diferente, muy diferente a los demás, aunque sólo él era consciente de ello, pues su apariencia era idéntica a la del resto de sus compañeros.

 

Sólo este soldado sin nombre sintió por Celine lo que nadie sentía, sólo él pudo ver en Celine lo que nadie veía, más allá de la insondable barrera de su belleza infinita.

 

Un día de primavera, el soldadito de plomo, buscando el momento oportuno y armándose de valor –más del que necesitó en todas las batallas del pasado juntas–, se acercó a Celine, que paseaba distraídamente por los jardines de la casa de muñecas. Debía comunicarle todo lo que sólo él sabía.

–¡Hola Celine! –dijo nerviosamente.

 

–¡Hola soldado! –contestó ella, siempre sonriente– ¿Qué deseas?

 

–Yo… yo sólo quería que… que… –sus torpes palabras se ahogaron en un mar de confusión–.

 

Celine lo miró con expresión entre divertida y sorprendida. El soldadito, víctima de un miedo que jamás había sentido antes –el miedo a la incomprensión–, balbuceó, con sus ojos de pintura fijos en el suelo, las siguientes palabras:

 

–Sólo… sólo quiero que aceptes este… regalo. Y le entregó su pequeño corazón de plomo.

 

–¡Gracias! –dijo Celine, recogiéndolo entre sus blancas manos. Y con un fugaz movimiento, besó al soldadito en una de sus mejillas, para alejarse después saltando alegremente entre las doradas flores del jardín.

 

El soldadito de plomo notó que enrojecía por dentro, y se sintió feliz.

 

Pasaron los días, y comprendió que su agridulce fracaso a la hora de comunicarse con Celine le había afectado profundamente. Sabía que jamás podría expresar con palabras la complejidad de sus pensamientos ni la hondura de sus sentimientos; y la evidencia de esta incapacidad le hacía sufrir de una forma indescriptible. Comenzó a desfilar descompasadamente, su mirada estaba siempre perdida, e incluso llegó a extraviar su fusil. Sus superiores lo recriminaban constantemente por su actitud y sus compañeros de regimiento empezaron a pensar que se había estropeado por dentro.

 

Su última esperanza estaba depositada en el fondo de su corazón. Sólo esperaba que Celine pudiese interpretar lo que en su interior, sin ambigüedades, estaba escrito.

 

El eco de sus oscuros pensamientos pronto se tornó insoportable en su interior. Sin poderlo evitar, dejó la formación y corrió en busca de Celine hasta encontrarla:

 

–Celine, tienes que darme una respuesta, algo con lo que llenar mi cuerpo vacío.

 

–¿Acaso no es suficiente uno de mis besos? –preguntó Celine inocentemente extrañada.

 

–Podemos dar mil besos, pero sólo un corazón –respondió el soldadito con tristeza.

 

–En ese caso –dijo Celine– espérame aquí un momento, te devolveré tu corazón.

 

–¿No… no lo llevas contigo? –consiguió decir con un hilo de voz apenas audible.

 

–¡Oh no, no podría con todos! –contestó Celine ilusionada– ¡guardo juntos todos los corazones que los soldaditos me regalan! Espero poder encontrar el tuyo, aunque no te preocupes, no importa, ¡son todos iguales!

 

–Sí… todos iguales… –repitió mecánicamente el soldadito sin nombre mientras volvía a su puesto arrastrando su alma hecha jirones.

 

Aquel soldado de plomo luchó en mil batallas, ganó cientos de reconocimientos y honores, y su valentía y ferocidad en combate no tuvieron parangón. Llegó a ser con el tiempo un héroe legendario, aclamado, temido y respetado por todos.

 

Sin embargo, nunca dejó de sentir un profundo vacío, una extraña aflicción dentro de su pecho cubierto de medallas, cada vez que levantaba su mirada hacia arriba, hacia la resplandeciente casa de muñecas.

 

 

*Publicado en el libro HAIKUS OSCUROS

57 – EL OJO DEL QUE OBSERVA

A veces se produce un error en el plan donde la realidad nos incluye. A veces es tan grave, que ser consciente de ello resulta un hecho extraordinario, algo para lo que nuestro cerebro no fue programado. Intentar comunicarlo es lo mismo que buscar la consideración de loco entre nuestros iguales. Yo lo sé, lo he vivido: he visto el velo rasgado y los engranajes que se ocultan detrás.

 

Todo ocurrió en una madrugada de noviembre. Yo dormía plácidamente, sin preocupaciones, como cualquier otra noche. Entonces, desperté de improviso. Ese fue el error, el fallo dentro del plan. No debería haber despertado en ese momento, no estaba previsto que así fuera y, sin embargo, por causas que me son desconocidas, lo hice.

 

Abrí los párpados de súbito, despejado por completo y sin el menor rastro de sueño. Creo que fue esa reacción tan inhabitual en mí la que sorprendió a la realidad con el pie cambiado. Así alteré sin quererlo el futuro que me estaba predestinado.

 

Un ojo flotaba en mitad de la oscuridad de mi habitación. Un ojo de aspecto humano, con el iris de azul hielo ¿Pertenecía a alguien que estuviera ahí, en silencio? No, no era eso lo que parecía, pues habría alcanzado a ver algo más del rostro o silueta del extraño; no tendría sentido que sólo una parte tan pequeña fuera visible, nada más.

 

Era un ojo solitario, que me observaba sin pestañear.

 

Mi propio terror quedó paralizado, mientras analizaba la forma de aquel ojo sin expresión, fijo en mí. Sé que hubiera perdido el juicio en el mismo instante del descubrimiento, de no ser porque, en el fondo, aún no podía creer que estuviera despierto. No… no es cierto, yo sabía perfectamente que ya no dormía, que aquel ojo era tan real como mi cama y que estaba ahí, observando mi estupor; pero yo prefería intentar engañarme –protegiendo mi anterior y sencilla concepción de la realidad y, tal vez, mis últimos minutos de vida–, jugar a autoconvencerme de que experimentaba uno de esos sueños lúcidos, que se moldean casi como los actos de la vigilia, con mano firme sobre las riendas de la imaginación.

 

Darme tiempo para asimilar que lo imposible estaba ocurriendo delante de mí.

 

Intenté que la conmoción y su efecto se mantuviera, conteniendo el miedo creciente que, de estallar, precipitaría que el dueño de ese ojo –fuese lo que fuese– se lanzara a terminar conmigo, único error y testigo de su existencia. Ganar minutos a la muerte, concentrando y extendiendo mi pensamiento en analizar qué podía ser aquello que me observaba desde la oscuridad.

 

Podría haber sido una persona; un asesino, un ladrón. Pero, de ser lo primero, ya estaría con la garganta abierta, y un ladrón hubiese huido al saberse descubierto. Además, en la actitud de la mirada que bañaba el ojo, había algo profundamente frío, carente de emoción alguna, inhumano incluso. Y como dije antes ¿Qué sentido lógico tendría que sólo esa pequeña parte del rostro apareciese iluminada ante mí? No, era obvio: ahí sólo había un ojo flotando en la oscuridad.

 

Podría ser que aún estuviese durmiendo, viviendo uno de esos sueños nítidos en los que todo se siente con más intensidad que incluso durante la vigilia, y que llegan a confundirse con ella. Pero decidí morderme la lengua, un acto de voluntad libre, con objeto de poder descartar tal posibilidad. Sí, sentí la modulable presión de mis dientes, el dolor intenso, real… estaba despierto.

 

Tal vez un ser de pesadilla había escapado a la red de mis sueños, o a su dimensión particular; y ahora estaba ahí, observándome, antes de tomar una decisión que bien podría acarrear mi muerte o el quebranto de mi cordura, en el mejor de los casos. Si bien no existe forma humana de poder despreciar tal hipótesis con total garantía, ya desde el mismo momento se me antojó como algo ridículo, una rémora de los viejos miedos infantiles que todos escondemos en algún rincón de nuestro subconsciente.

 

Entonces se iluminó en mí una extravagante posibilidad, una opción alucinante que, de tan inconcebible, y precisamente por ello, bien podría ser la más certera.

 

Si nuestros sentidos, ideas, percepciones… nuestro cerebro al completo –y por lo tanto nosotros en su interior– es esclavo de todos aquellos elementos relacionados con la adaptación al medio… ¿No será al tiempo absolutamente ciego hacia el infinito cosmos de cuanto nada tiene que ver con la supervivencia? ¿Cómo podría captar un perro la existencia de una ecuación? ¿Y si ese perro, durante un fugaz segundo, pudiese concebir las dimensiones del mundo que habita, su ínfima posición en él?

 

Un error de los que están ahí detrás me permitió a mí, ignorante perro humano, descubrir que todo aquello que consideramos realidad se deriva de una exquisita programación biológica que mantiene constante una ilusión extraordinaria en dimensiones y contenidos.

 

Y por tanto, sin más valor que el que entre todos le otorgamos.

 

Mientras así pensaba, sé que pestañeé durante un instante prolongado, intentando procesar las abismales consideraciones que ahora se abrían ante mí como pozos de soledad eterna; y cuando abrí de nuevo los ojos…

 

El ojo azul ya no estaba allí.

 

Miré hacia un lado, hacia otro, pestañeé varias veces… pero todo era oscuridad. Había desaparecido mientras concebía aquella hipótesis, como si se hubiese sentido descubierto en su integridad, confirmando así, involuntariamente, que estaba en lo cierto.

 

Desde aquel momento, la vida dejó de ser cuanto había sido hasta entonces. Las puertas de la locura se abrieron ante mí, y las franqueé formulando preguntas, ya sin poder parar…

 

¿Por qué era un ojo? Ellos –o ello, lo que quiera que sea eso que está ahí detrás– no son humanos ¿Era una broma? ¿Se burlaban de mí?

 

Si todo cuanto toco es una simple reacción atómica concebida para hacerme creer que el objeto tocado posee realidad.

 

Si todo cuanto veo no son más que los resultados que mi cerebro crea ante el impacto de frecuencias y ondas, al igual que con cuanto llega a mis oídos.

 

Si todo lo que como son átomos, moléculas, aglomeraciones unidas por configuraciones electrónicas estables ¿Configuraciones electrónicas? ¿Pero qué esencia tienen? ¿Qué estoy comiendo? ¿Qué significa comer? Proceso electrones que corren temporalmente junto a otros electrones… ¿Cuándo se llega al fondo del átomo?

 

Si con quienes hablo son fantasmas autoengañados, desconocedores de sí mismos, víctimas de nuestra común condición, con quienes sólo puedo intercambiar mentiras repetidas.

 

Mentiras y más mentiras, tan profundas que se confunden con la verdad. ¿Cuántas soledades se contienen en la soledad de aquel que sabe que ya ni siquiera es una persona, sino un acto procesual del devenir? Si todo esto es así… ¿Cómo es la auténtica realidad que nos es vedada?

 

Mi ego es un sistema de creencias acerca de lo que creía ser. Una carátula, una máscara sobre un proceso constante, invisible, que delimitaba y contenía un río de nada sin fondo. Una configuración electrónica más, ya difuminada, disuelta, destruida…

 

Ahora floto en el caos de la realidad absoluta.

 

¿Quién habla? ¿De dónde surgen estas palabras?

 

Me hablan, me inyectan, me medican, me hacen dormir. Pero despierto, y las preguntas lo inundan todo como un caudal titánico aunque invisible ¿Quiénes sois? ¿Qué creéis que sois? Os compadezco y envidio, porque yo ya no puedo creer en nada, sólo flotar en una tormenta electrónica de sufrimiento sin dolor físico. Me intentáis convencer, palabras, palabras, palabras, y casi podría llorar de ternura ante vuestra ignorancia, por la que yo daría, haría cualquier cosa.

 

Cualquier, cualquier cosa.

 

Y a medida que hablo, que pregunto sin cesar, algunos se quedan fascinados, escuchándome. Pero ellos no permitirán que llegue a convencerles, a descubrir que existe otra realidad tras el velo. Inventaron la etiqueta de la locura para aislar y castigar a los visionarios que descubrieron el gran engaño. Porque siempre nos reímos de quien dice la verdad. O lo matamos, para no escucharle, para que nada cambie.

 

No lo permitirán. Cuando alguien empiece a creer en lo que digo… me desconectarán.

 

Ellos lo llamaron muerte, pero no existe tal cosa. Disolviendo mi cuerpo se aseguran de que no seguiré hablando; mi voz quedará sólo en estos papeles, sin añadir una palabra más. Pero mi alma electrónica fluirá, se entremezclará con tantas otras, esas presencias invisibles, infinitas, que ahora mismo siento a mi alrededor. Me fundiré en el caos absoluto que nos espera tras la gran Mentira.

 

Ya han comenzado a trabajar sobre mí. Será un proceso lento y doloroso. Me quebrarán por dentro. Debilitarán mis órganos, mis nervios… como a tantos otros, me postrarán en una cama, me convertirán en un completo demente, después seré un vegetal que respira… antes de ser desconectado para siempre.

 

¿Por qué tuve que abrir los ojos aquella noche? Yo habría sido dichoso en mi ignorancia, como un niño en el paraíso de su infancia inconsciente ¿Por qué cometieron el error de rasgar el velo? La realidad es el peor de los infiernos, oculto para protegernos, para permitir la vida. Nunca salgas en su búsqueda, nunca quieras conocerla. Te destruirá sin remedio, créeme. Ojalá nunca descubras aquello que causó mi fin.

 

Un ojo azul observándote en la oscuridad.

 

 *

48 – EL CARNICERO

 

Paco se despertó a las seis de la mañana. Se preparó y desayunó con desgana, antes de bajar por la escalera a su carnicería. Hoy no vendría el transportista, la cámara frigorífica estaba repleta, pero iría haciendo preparativos para la jornada. Esperaría al alba para abrir al público. Desde la muerte de María, meses atrás, apenas dormía cuatro horas diarias. Antes, su sencilla vida de carnicero de barrio le colmaba, con su apacible pasar de los días junto a su mujer. Ahora, era una cáscara vacía, y su rutina se había teñido de un amargo absurdo. Podría vivir así indefinidamente, sirviendo carne a sus vecinos hasta retirarse; nunca sería rico, ni pobre, y no le importaba. Pero en sus adentros, un pozo de oscuridad horadaba más y más profundo, abriendo estratos desconocidos en su mente. Y parecía no tener fondo…

La claridad ya inundaba la estancia, cuando volvió a escucharlo en el interior de la cámara frigorífica.

Ese sonido húmedo, reptante… que delataba su movimiento.

También escuchó pasos en la calle. Era la señora Carmen, tan tempranera como siempre, acercándose. Maldita sea, esperaba que no lo escuchara una vez estuviese dentro. Tendría que hablar bien alto con ella, intentando enmascarar ese chasqueo pastoso con su voz. Y rezaba porque no le diese por aparecer arrastrándose desde la cámara…

La señora Carmen entró en la carnicería, vestida con su sempiterno luto.

   –Buenos días, Paco ¿Cómo estamos hoy?

Además de una cierta veta de morbo, el interés por su estado era sincero. Ella quería mucho a su mujer, y a él por extensión.

   –Vamos tirando, vamos tirando…¿Qué le pongo, señora Carmen?

   –Bueno, me vas a dar un kilo de magro, que vienen hoy mis hijos a…

Oh no, ahí estaba… el sonido húmedo de su carne arrastrando por el suelo, dejando un rastro de sangre oscura sobre las baldosas blancas, como un caracol grotesco salido del inframundo. Se oía perfectamente… ¡y bien alto! En segundos la señora Carmen preguntaría ¿Qué es ese ruido que viene de la cámara, Paco? ¿Y qué ocurriría si lo viese aparecer a través de la cortina de plástico? No quería ni pensarlo… se desmayaría o saldría gritando… todo el pueblo se enteraría al instante, y la pesadilla pasaría a ser pública… No… tenía que actuar ¡y rápido!

…comer conmigo, porque se van después a pescar con su tío Ramón al embalse y…

   –¡Anda! –exclamó bien fuerte Paco– ¿Estará contenta, no? Los dos en casa con usted, y lo bien que le comen ¿eh?

Era su punto débil, aún a riesgo de que se entretuviese más tiempo, era ahí donde debía atacar.

   –¡Huy sí, Paco! ¡Qué ganas tenía ya de tener a los dos juntos conmigo! –una onda de emoción recorrió su voz– ¡A saber cuándo vuelven a venir los dos a la vez! Están muy ocupados con el trabajo, el uno allí en…

Mientras preparaba la carne con la mayor velocidad que le permitían sus manos, Paco oía el lento arrastrar de la masa informe por debajo del discurso del la señora Carmen. Y por el rabillo del ojo captó el movimiento en las cortinas de plástico, abriéndose al medio.

Ahora sí. Estaba entrando.

Paco actuó como un relámpago. El horror se precipitaría en segundos. Se lanzó hacia una pila de cajas medio vacías en un rincón. Con suerte, con mucha suerte, todo parecería natural.

   –¡Ja ja! –Bramó casi– ¿Y Ramón? ¡Menuda cara se le habrá puesto! Como la de un niño en Reyes Magos ¿a que sí?

Arrastró las cajas ruidosamente, pasándolas justo por el medio de las cortinas. Aquella cosa pesaba. Era en verdad abominable. Tuvo que emplear toda su fuerza para empujarla hacia dentro.

   –¡Imagínate! Más que como a sus sobrinos, los quiere como a los hijos que nunca tuvo. Él, que pesca siempre solo, va a pasar el día allí junto a ellos. No va a haber quien le borre la sonrisa.

   –Bueno, aquí tiene –le dio su encargo en una bolsa y las monedas del cambio tan rápido como pudo–. Ya me contará. La dejo, que ya ve que tengo todo esto manga por hombro.

   –Venga, Paco, que pases un buen día.

   –Igualmente, señora Carmen. Adiós.

Al fin, la mujer abandonó la tienda, y Paco corrió de vuelta al interior. Había tenido mucha suerte; pero ésta es siempre caprichosa. Seguro que entraba alguien en menos de cinco minutos. Tal vez en el peor momento posible.

La masa de carne ya había rodeado las cajas de plástico, manchándolas de sangre, y se arrastraba de nuevo hacia la tienda. Era algo realmente horrendo, repulsivo. Extendía rojizas protuberancias de músculos abiertos para avanzar, como una ameba gigante y sanguinolenta. Toda su superficie palpitaba de un modo innatural, emitiendo excrecencias que, a los pocos segundos, se hundían abriéndose en cavidades ansiosas, como bocas sin dientes. Venas amoratadas, arterias… se enterraban y emergían, adaptándose a las fluctuaciones hasta el límite de su resistencia, momento en el que se quebraban en una serie de crujidos espeluznantes, para bañar en sangre a ese organismo del que formaban parte. Algunas vetas de grasa blanquecina podían entreverse en determinados movimientos, recordando al aspecto de algunos animales al ser abiertos en canal. Aquello avanzaba con determinación hacia él.

Paco inspiró profundamente. Una vaharada de intenso olor a carne fresca inundó por completo hasta el último rincón de sus pulmones. Pese a sus largos años de habituación, tuvo que reprimir las arcadas. Aguantó la respiración y miró fugazmente la trituradora al fondo de la trastienda. Calculó que serían segundos. Sin pensarlo más, se lanzó para levantar aquella cosa en vilo. Consiguió asirla en un espantoso abrazo. La masa se debatía, frenética; sentía las extensiones de la carne como si quisieran abrazarlo a su vez. O engullirlo. No podía ver nada y sus fuerzas flaquearon. Un horror acelerado le invadió al notar sus pies patinar en la sangre, imaginando ya el golpe y todo aquello sobre él. Mantuvo precariamente el equilibrio y avanzó un paso, en dirección a donde recordaba la posición de la trituradora. Pesaba como el cemento. La carne lo envolvió en un manto de sonidos de pesadilla. En su terror imaginaba que aquello le gritaba, se intentaba comunicar con su lenguaje inhumano, una verborrea hormigueante de enjambre tras los gorgoteos de la carne. Sentía aquella vida imposible palpitar bajo el tacto repugnante sobre su cara. El instinto empujó sus piernas y avanzó trastabillando. Sabía que perdería totalmente el juicio si no llegaba de inmediato. Y entonces chocó contra la máquina que era su meta, su paraíso. Empujó de sí la masa, que se resistía, asida a él con fibras y tentáculos de músculo. Con un grito de pura desesperación, consiguió despegarse y la carne cayó con estruendo húmedo en el cajón metálico de la trituradora, rebosando y chorreando por todos sus lados.

Durante unos segundos se detuvo a recuperar el aliento, resollando, sin quitarle ojo al ser monstruoso que se retorcía intentando volver al suelo. Paco tomó impulso y hundió su brazo en la cruda, asquerosa blandura, sujetándola e impidiendo su escape mientras con la otra mano tanteaba a golpes, buscando el botón de encendido. Cuando sintió el despertar de la máquina, se apartó con rapidez y bajó la palanca de acción con todas las fuerzas que le quedaban. Las cuchillas del interior zumbaron como radiales y la carne pareció reventar en mil surtidores de sangre, saltando en todas las direcciones. El olor nauseabundo se intensificó aún más, como una ola invisible que barrió la estancia. Paco creyó oír los chillidos de la carne, indescriptibles… pero comprendió que eran las cuchillas mientras hacían migas a aquella cosa, que iba desapareciendo progresivamente entre sus mandíbulas de metal. Al final, la trastienda era una pesadilla roja. De la máquina supuraban kilos y kilos de picadillo, en medio de un manantial de sangre, cayendo al río del suelo con golpes rítmicos, pastosos… Paco se derrumbó junto a un rincón, vomitando. Y allí quedó, entre sollozos, como un niño grande…

La trituradora siguió zumbando con su himno de victoria durante mucho tiempo.

Cuando Paco consiguió reponerse un poco, fue a cerrar por dentro las puertas de la carnicería. Iba a necesitar muchas horas para limpiar tal desastre, para borrar las huellas de semejante horror. Él mismo era una mancha coagulada; un detalle del que ni siquiera tenía consciencia. Se puso manos a la obra, con todo su esfuerzo. Como si al frotar con fuerza pudiese eliminar también los daños internos. A la caída de la noche, su carnicería volvía a estar como siempre, pulcra e impecable, a costa de su agotamiento. Tan nefasto día estaba a punto de terminar. Comenzó su procesión final hacia los contenedores de la calle, cargado con enormes bolsas repletas de deshechos que arrojó furioso, una detrás de otra.

Y juraría que algo se movía dentro de algunas.

Efecto de la extenuación.

Ya en la cama, su mente decidió que el día no había sido suficiente, que aún podía aprovecharse mucho más:

¿Por qué tuviste que morir? ¿Dónde estarás ahora, María? La muerte no puede ser peor lugar que donde yo me encuentro. Esto no es nada, no tiene sentido sin ti ¿Para qué me levanto cada mañana? Sé que no me porté bien contigo demasiadas veces… sé que te hice mucho daño. Siento tanto… aquello que… ocurrió… Nunca fue mi intención que terminara de esa manera ¿Cómo puedes pensar que yo querría algo así? Me conoces mejor que nadie. Son sólo mis nervios, que a veces se descontrolan, ya lo sabes. Pero yo soy un buen hombre, sabes que es cierto. Tan cierto como que jamás podré querer a alguien como te quiero a ti. Ojalá todo pudiera volver atrás, como las manecillas de un reloj. Corregiría todos mis fallos, mis defectos. Sería para ti el hombre que deseabas que fuera, sería…

 

Paco se levantó de un salto, separándose de la cama. Clavó sus rodillas en la alfombra y agachó la cabeza. No necesitaba más luz de la que entraba por la ventana para verlo.

   –¡Nunca me dejarás! ¿Verdad? –gritó– ¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres de míii?

La masa de carne cruda se arrastró hacia él.

* * *

           El hombre aparcó su coche junto a la acera. Tenía todo el espacio que quisiera para hacerlo. Este simple hecho casi le parecía un milagro: que en un pueblecito a un par de cientos de kilómetros de Madrid, la realidad de estas gentes fuese algo tan distinto a su experiencia cotidiana. Poder aparcar donde uno quisiera. Fabuloso, como una máquina del Tiempo. Se bajó del coche y durante un minuto se quedó respirando aquella tranquilidad. Le recordaba tanto al pueblo de sus padres…se sintió transportado por este ambiente a sus lejanos años de infancia, aquellos veranos interminables. Sí, el pueblo entero funcionaba como una máquina del Tiempo. Pero tiempo es justamente lo que le faltaba ahora. Pronto tendría que continuar su viaje, en unas horas, a lo sumo. Se pasó una mano por la cara y se metió la camisa por dentro de los pantalones. Había parado a descansar un poco y, de paso, hacer una visita sorpresa a su primo Paco, que no veía en años. Miró a su alrededor y vio a una señora de mediana edad por la acera, con sus bolsas de la compra.

   –¡Perdone, señora! Buenos días ¿No está por aquí cerca la carnicería de Paco? Creo que es esta calle.

La señora miró hacia atrás, desconcertada, como animando a su memoria.

   –La carnicería de Paco… ¡Ah sí! Paco…

Algo en el tono de su voz lo alarmó.

   –No… ¿no es aquí?

La mujer le miró como si acabase de caer de la luna.

   –¿Es usted su amigo, o…

   –Soy su primo ¿Qué ocurre? –Su corazón se aceleró– Se preparó para recibir un golpe en forma de mala noticia. Podía sentirlo. Sólo esperaba que no fuese una irremediable noticia…

   –Siento ser yo quien se lo diga, pero la carnicería de Paco lleva años cerrada. Yo compraba allí. Muy amable, Paco. Desapareció.

   –¿QUÉ?

   –Sí, desapareció sin más. La tienda apareció cerrada un día, y otro…se le buscó, se preguntó, nadie lo denunció o reclamó, y nadie volvió a saber nada más de él. La gente pensó muchas cosas: que si se había ido con…

Sí, la gente dijo muchas cosas acerca de la extraña desaparición de Paco. La gente siempre habla, imagina y busca respuestas en todos los tonos y colores posibles. Se dibujaron tantas hipótesis que resultaría imposible ser exhaustivo. Algunos dijeron que se fue con una mujer rica para iniciar una nueva vida, dejándolo todo atrás. Otros dijeron que no soportaba más su vida en el pueblo, su trabajo, inundado siempre en recuerdos de su mujer. Hubo incluso quien, armado con la clásica maledicencia de pueblo, insinuó que tal vez era él quien había matado a su mujer, la entrañable María, y que, hostigado, hundido por la pena y la culpa, se había suicidado en algún lugar donde no pudieran encontrarlo jamás. Los más peliculeros imaginaron que Paco y su carnicería eran la tapadera de negocios muy oscuros procedentes de la capital, entre mil rocambolescas posibilidades más.

Sí, se dijeron muchas cosas acerca de Paco y su desaparición.

Pero nadie conocerá nunca la verdad.

 *

12 – DE PIEDRA ES EL HOMBRE

PORTADA DE PIEDRA ES EL HOMBRE

boton de GRATIS I

No grite tan fuerte, señora ¿No ve que está asustando a su hijo? Mire, aquí nadie va a oírnos. ¡AAAH! ¡¡AAAAAAAHH!! –¿Lo ve? Yo también grito si quiere. Pero nadie puede oírnos.

–Y tú, chico, no te retuerzas tanto; acabarás cayéndote de la silla y te harás daño. No llores, tu madre está ahí detrás ¿no la oyes? Aún no tienes motivos para ponerte así. Ni siquiera te he tocado.

–¡Qué bonito pelo tienes! Rubio y suave como el oro. Mira ¿Conoces esta herramienta? Son unas tenazas. Verás, dame una manita, te enseñaré cómo se usan. Se coge un dedito así y se tiiira paaaraa atrás ¡Ya está! Joder, qué pulmones, chaval. ¿Sabes? Mi padre me dijo una vez, cuando era chico, como tú, que uno nunca debe quejarse por nada, porque las cosas siempre pueden ir a peor. Y tenía mucha razón. Porque tú tienes nueve deditos ¿verdad?, pero nueve menos uno ¿cuántos son? ooocho!! ¡Sííí! ¿Comprendes? En un solo segundo, todo puede ser peor.

–Dios… me vais a dejar sordo.

–¡Mamamamamamama! ¿Quieres ver a tu mamá? Déjame que te ayude a girar ¿La ves ahora? ¡Cállese señora! ¡Ya llegará su turno!

–Pero las tenazas también sirven para más cosas, atiende. Te dan un mordisquito en la nariz y… ¡Chas! ¿A que ya no huele a mierda? Uhmm…creo que un niño no debería ver estas cosas. Y para eso tenemos el cuchillo.

–¡Cállese de una vez señora, he dicho!

–… Un momento… no te muevas…un corte en el iz…quierdo y otro en…el…dere…cho…así. Vas a matar de un disgusto a tu madre, chico. Y lo estás poniendo todo hecho un asco.

–¿Dónde están ahora su soberbia, su prepotencia?… ¿Sabe qué es lo más triste de todo esto, señora? Que cuando le pedí desde el suelo unas monedas, para comer y beber algo, usted me quiso matar con la mirada. Eran sólo unas putas monedas…

–Ahora ya es demasiado tarde…

–Y yo tengo tanta… tanta hambre…

*Publicado en el libro ¡CORTADLE LA CABEZA! y otros relatos de terror

58 – DANDO DE COMER A LOS CERDOS

           Marvin y Samuel estaban sentados en un montículo al borde de la explanada roja, junto a una hilera de carretillas. Frente a ellos, a buena distancia, uno de los muros de alimentación de la granja subterránea se extendía hasta fundirse con el horizonte. Y a unos cientos de metros a su izquierda los barracones, todos iguales. Marvin se revolvía incómodo en su traje verde de goma, una sola pieza desde los pies hasta la mitad del pecho, dejando desnudos brazos y hombros. Samuel jugueteaba con su máscara respiratoria entre las manos.

 

–Puta mierda de traje –bufó Marvin, reajustándoselo como podía–. Esos cabrones me lo dieron tres tallas más pequeño. Por lo menos.

 

–El traje está bien. Eres tú que estás hecho un gordo repugnante –dijo Samuel, volteando su máscara en el aire.

 

Marvin se pasó una mano roñosa por la calva, clavando sus ojos porcinos en Samuel.

 

–Cállate esa boca podrida que tienes si no quieres que te meta esto por el culo –dijo mientras acariciaba el hacha, casi herrumbrosa de sangre, que descansaba entre los dos.

 

–Vaale… no eres tú, es el traje que es muy pequeño –Samuel giró la cabeza hacia el portalón de la instalación, a su derecha –mira, ya viene…

 

–¿El qué?

 

–El puto camión, cojones ¿Qué va a ser?

 

En efecto, un enorme camión volquete de carga pesada –que una vez fue amarillo– entraba rodando en su dirección, precedido del grave rugido del motor que competía con el rumor de la nube de moscas que lo sobrevolaba.

 

–Gordo ¿Qué prefieres, seleccionar o cortar? –preguntó Samuel, colocándose la máscara.

 

–¡Qué gilipollas eres! Ya sabes que nací para cortar.

 

–Pues resulta que yo también –su voz sonaba ahora artificial– ¿Pares o nones?

 

–Pares.

 

–Nones. Una, dos y…¡Tres!

 

Samuel extendió los dedos índice y meñique frente a la cara de Marvin, mientras que éste hizo lo propio con sus dos dedos corazón.

 

–¡Mierda! ¡Mierda puta, otra vez, joder! –gritó Samuel, pateando el suelo.

 

–Jódete, cabrón –se carcajeó Marvin, cogiendo el hacha del suelo.

 

–Ya van cuatro veces. Para la próxima volveremos al fifty-fifty –dijo Samuel, comenzando a descender por la ladera del montículo.

 

–No te lo crees ni tú –rió Marvin, pasándose el hacha de una mano a otra, cortando el aire en forma de ocho macabro.

 

–Ponte la máscara, so cerdo. Y tira delante.

 

–Jódete…

 

El camión se detuvo con un bufido de frenos hidráulicos. Una montaña informe de cuerpos entremezclados asomaba por encima del volquete; del borde colgaban brazos y piernas desnudos. Las moscas se extendieron como una tempestad negra alrededor, envolviéndolo todo con sus zumbidos rabiosos.

 

–¡Me cago en las putas moscas! –gritó Samuel.

 

–¡Bah! ¿Es que no recuerdas cuando lo hacíamos sin máscaras? –se hizo oír Marvin –¡Aquello sí que era una mierda, tío! ¡Jaajaja!

 

–Sí, menuda mierda –respondió dando manotazos al aire en vano.

 

Lentamente, el volquete comenzó a elevarse por la parte de la cabina, y los cuerpos cayeron rodando unos sobre otros como un alud a cámara lenta, golpeando el suelo con crujidos húmedos. El hedor hubiera sido insoportable para cualquiera que no llevase años viviendo allí. El camión se puso en marcha de nuevo, dejando caer los últimos cadáveres mientras se alejaba. La montaña de carne estaba ahora frente a ellos, una indigna masa humana de ojos y bocas negras. Desde una torre de vigilancia cercana, el estridente bramido de una sirena hendió el aire.

 

–¡Guaaaaaa! ¡Qué empiece la fiesta! –gritó Marvin, eufórico.

 

–Sepárame al menos los adultos de los niños –indicó Samuel.

 

Pero Marvin ya se había lanzado sobre los cadáveres, blandiendo el hacha sobre su cabeza.

 

–¡Mirad lo que os traigo, cabrones! ¡Yiiihaaaaa!

 

Como si abriese surtidores de sangre en el suelo, el hacha subía y bajaba como un viento furioso que el ojo no alcanzara a ver, con la espantosa eficacia que sólo puede otorgar la experiencia: en cada golpe, una pierna, una cabeza, un brazo eran separados limpiamente del cuerpo. Y Marvin pasaba de un cadáver a otro con la mayor rapidez, sin mostrar signos de cansancio, como una máquina psicótica desenfrenada. Mientras, Samuel se afanaba por seguir su ritmo, y llenaba cada carretilla o bien con brazos, con piernas o con cabezas, dejando para el final los troncos y sus vísceras por ser la tarea más repulsiva, a la que no se acababa de acostumbrar por más que lo hiciese mil veces.

 

–¡Marvin! –gritó– ¡Los niños en dos o tres trozos y aparte; no quiero que me vuelen la cabeza por tu puta culpa!

 

No supo si le había oído entre el zumbido de las moscas; Marvin seguía sacando cuerpos del montón para extenderlos en el suelo y despedazarlos con mayor comodidad; parecía un grotesco monstruo de pesadilla, cubierto por una película de sangre, sudor y moscas, con la máscara respiratoria ajustada como si fuese su propia cara. Lo cierto es que siempre le había tenido miedo, a él y a que se le escapase uno de sus brutales hachazos; estaba seguro de que, si llegaba a ocurrir, Marvin se reiría de su terrible error y del resultado sanguinolento. De ahí su interés por conseguir el puesto del hacha; por lo demás, ambos trabajos eran igual de extenuantes.

 

Un convoy de camiones repletos de cadáveres se internó en la explanada pasando cerca de ellos, con dirección a las secciones de la instalación donde aguardaban otras parejas de despiece para empezar su trabajo. Samuel y Marvin conformaban la V-8, pertenecientes al barracón V. Desde su posición podían distinguir las siluetas de la pareja V-7, esperando a que su camión descargase junto a ellos. Marvin se había detenido, al fin, a recuperar el aliento, dejando el hacha incrustada en la espalda de un hombre. Junto a él yacía el cuerpo de una chica joven.

–¡Mira tú, qué tía más buena! –dijo Marvin, levantándose un poco la máscara– Joder…qué desperdicio…

 

Samuel siguió cargando más y más brazos, piernas, cabezas…cada resto en su correspondiente carretilla, amontonando torsos y vísceras para después. Intentaba compensar el ritmo endiablado de Marvin.

 

–Hmmm…vaya tetas…si no fuese por este jodido traje de goma me la tiraba aquí mismo.

 

–Déjate de chorradas, gordo. Como no terminemos a tiempo nos vamos a pasar otra puta noche aquí fuera. Y sin comer, como la otra vez. Así que tú verás…

 

–Vaya…yo que había parado un poco para darte tiempo a acelerar esa velocidad de maricona que te caracteriza…pues nada, a ver si me alcanzas –escupió Marvin, cogiendo el hacha de nuevo.

 

La tarde fue cayendo y Marvin ya no se detuvo ni por un instante, como poseído por un dios berseker. La extensa hilera de carretillas estaba llena hasta los topes. Samuel caminaba agotado –uno de sus últimos viajes ya– con los brazos cargados de casquería cruda. Pero lo dejó caer todo, parándose a vomitar. Por segunda vez.

 

Marvin, que ya había terminado de trocear, se carcajeaba a placer en la distancia.

 

–¡¡Aajaajaajaaa!! ¿Pero cómo puede darte asco? ¡Qué sensible eres, princesita! –Y siguió riéndose como un enajenado.

 

–Déjalo ya, Marvin. Y ven a echarme una mano, joder –dijo como pudo.

 

–Lo que ordene la princesita –Y cogiendo un par de brazos de una carretilla, se acercó gesticulando con ellos, a saltitos ridículos.

 

–Déjate de gilipolleces y ponlos en su sitio, hostias –Samuel parecía tan cansado como amargado.

 

–¡A mis braaazoos, Saaaamuu! –gritaba Marvin con voz aflautada, abrazándose a sí mismo con los brazos cortados– ¿Es que no quieres que te de un poquito de aaamoooor?

 

–Que te den por culo, gordo –atinó a decir Samuel, mientras recogía su carga hedionda.

 

Cuando Marvin se hartó de reír y hubo terminado de afilar el hacha en la piedra-monolito, se acercó para ayudar a Samuel con las últimas carretillas. Las arrastraban hasta el muro de la granja subterránea y allí, a través de conductos diferenciados, vaciaban las distintas cargas. Después debían esperar unos segundos, hasta que el marcador digital sobre el conducto se iluminaba en luz verde con el número de miembros / kilos depositados.

 

–¿Oyes los gruñidos, allá abajo? –susurró Marvin.

–Sí… se parecen a los tuyos cuando duermes –respondió Samuel.

 

–Jeje… aún puedo mejorarlos…

 

El marcador les mostró sus cifras, y ambos dieron media vuelta con sus carretillas; ya quedaban pocas por vaciar. De repente, un ruido agudísimo les sobresaltó. Lo emitía uno de los marcadores de la pareja V-7, que brillaba en rojo intermitente. Al parecer, uno de ellos se había equivocado, metiendo algo que no se correspondía con el conducto. En efecto, el hombre miraba la luz roja, sus manos…una y otra vez, como si no pudiese creer lo que estaba ocurriendo. Rivalizando con el ruido del marcador, una detonación seca rasgó la oscuridad. La parte posterior de la cabeza del hombre explotó y éste cayó de bruces en la carretilla, derramándose su masa cerebral sobre la espalda. El centinela de la torre de vigilancia tenía una puntería excelente.

 

–¿Echaste los brazos en su sitio, verdad? ¿VERDAD? –Samuel estaba frenético.

 

–Sí… sí –balbuceó Marvin– … creo que sí.

 

Ambos aceleraron el paso, sin mirar atrás.

 

Mientras, la pareja de V-7 se acercó hasta su compañero inerte y, tomándolo de un hombro, lo tiró al suelo. Sin perder tiempo, agarró el mango de su hacha con las dos manos y comenzó a descuartizarlo. Con cuidado, recogió cada pedazo y los fue introduciendo por los conductos correctos. Después, se dirigió de vuelta a las carretillas aún llenas. Aquellas que su compañero ya nunca podría descargar.

 

Samuel y Marvin terminaron diez minutos antes de que sonase la gran sirena, anunciando el final de la jornada. Caminaron hacia el corredor de entrada al barracón V.

–Qué hambre tengo –murmuró Marvin.

 

–Sí, yo también –respondió Samuel– Estoy agotado.

 

El largo corredor era como un túnel de lavado; todos se adentraron bajo la bendición del agua a presión de las duchas, todos dejaban colgados sus trajes de goma en las paredes y, finalmente, todos entraban desnudos en el comedor. Samuel iba detrás de Marvin, sintiendo el riachuelo de sangre en sus pies. Observó el V-8 grabado a fuego en su omoplato izquierdo e imaginó que el suyo se vería exactamente igual; aún podía recordar el dolor de aquel día como si fuese ayer…

 

–Hasta luego, puto traje –gruñó Marvin al colgarlo.

 

Cuando los guardias de la pasarela superior hicieron la señal, todos se sentaron a la vez en sus sitios asignados. Ellos compartían mesa con V-7 y V-9. Esta noche –y ocupándola casi de un extremo a otro– tenían sobre ella un híbrido cerdo-humano, bien horneado y abierto en canal. El superviviente de V-7 no estaba sentado en su lugar.

 

–Parece que a V-7 no le ha dado tiempo hoy con todo –dijo Marvin, mientras cortaba una gruesa tira del muslo, depositándola en su plato.

 

–Menuda noche va a pasar ahí fuera. Qué putada…–añadió Samuel, sirviéndose la parte anterior de una pata-brazo.

 

–A más tocamos –intervino uno de los V-9, con su sonrisa cruel.

 

–¡Jeje, eso es verdad! –rió Marvin antes de llenarse la boca.

 

El ruido de platos y cubiertos entrechocando llenaba el ambiente.

 

–¿Qué tal, Marvin? –preguntó Samuel– ¿Es de cabeza, de vísceras…de bebés? Dios, qué ganas tengo de probar uno de esos. Dicen que tienen la carne más suave y sabrosa que existe…

 

–Nah, éste es de vísceras, creo… –respondió Marvin– Lo mejor está reservado para los de afuera, esos cabrones. Una vez lo probé… humm, delicioso…tierno como la manteca. No sé si me quisieron premiar. No creo, lo más seguro es que se equivocaran de mesa…

 

Los V-9 rieron la gracia de Marvin, uno de ellos enseñando sus dientes afilados en sierra.

 

–¿Y tú crees que los de ahí afuera saben realmente lo que comen? –inquirió Samuel.

 

Marvín lo miró con un trozo de carne colgando.

 

–¡Ah! ¿Pero lo dudas?

 

Todos rieron, y siguieron comiendo entre chanzas y ocurrencias. Pronto tendrían que retirarse a dormir, para poder afrontar con fuerzas un nuevo día.

 

Que sería casi idéntico al que estaba a punto de terminar.

 

 *

59 – HAIKUS OSCUROS

 

HAIKUS OSCUROS

 

(*Puedes conseguir el libro aquí)

 

 

 

221-LA LLAVE

Tus ojos abren,

como una llave de plata,

mis ilusiones.

 

 

220-ALCOHOL

En la noche eres,

entre brumas de alcohol,

un sueño roto.

 

 

219-BAILANDO

Con tu cigarro,

bailando entre las llamas

de la tristeza.

 

 

218-¿QUIÉN?

Quien te comprenda

buscas sin encontrar.

Sendero de los años.

 

 

217-LOS INSTANTES

Es triste sentir

que la vida se escapa

en instantes fríos.

 

 

216-TU ANHELO

Tú único anhelo:

sentirte acompañada

con su mirada.

215-ESPERAS

Sentada esperas,

en tu trono de sueños,

a tu príncipe.

 

 

214-FRÍO

Llega el frío.

Se instala en el corazón,

para quedarse.

 

 

213-CANCIONES

Escucho una voz

susurrando canciones

en mi cabeza.

 

 

212-TERROR

Ojos del lobo

en la noche profunda

de tus terrores.

 

 

211-CAER

Así caemos

del árbol de la vida.

Para no volver.

 

 

210-HOJAS

Y del árbol caen,

paraíso perdido,

las hojas huérfanas.

 

 

209-NATURALEZA

En campos sin fin,

mecidas por el viento,

las amapolas.

 

 

208-GOTA DE AGUA

La gota de agua

que cae de una rama

se une al arroyo.

 

 

207-DESTERRADO

Camina solo,

un fantasma entre vivos.

El desterrado.

 

 

206-CRISIS

Crisis aguda

me devora por dentro.

Pero oyes mis risas.

 

 

205-RUMOR

Esta mañana

el rumor del arroyo

nos trae el ayer.

 

 

204-DEL MAR

Surgidos del mar.

Crueles dueños del mundo.

Barro viviente.

 

 

203-EN AZUL

Escrito en azul.

El pensamiento de muertos

que aún viven.

 

 

202-HUELLA

Cada palabra

es una huella en la arena.

Playa del tiempo.

 

 

201-MORTALES

Pobres mortales.

Segundos malgastados

son nuestras vidas.

 

 

200-AMIGO

Para vosotros,

amigos del futuro,

estas palabras.

 

 

199-REGALOS

Pasan las nubes.

La vida es un regalo.

Estoy muriendo.

 

 

198-PIEDRA

Piedra en el río.

Las corrientes del tiempo

no me arrastrarán.

 

 

197-PRISIÓN

Orgulloso.

En posesión de la verdad.

Esta es tu prisión.

 

 

196-MATEMÁTICAS

Suma errónea.

Matemáticas negras.

Dos corazones.

 

 

195-PASAJEROS

Solitarias

estrellas pasajeras.

Abismos nocturnos.

 

 

194-¿CUÁNDO?

¿Cuándo volverán

a tus ojos, tus labios,

las sonrisas?

 

 

193-IMÁGENES

Y tras tus ojos

vas guardando imágenes

de pesadilla.

 

 

192-OLAS

Olas del viento.

Entre las montañas

y los milenios.

 

 

191-MISTERIOS


El tiempo es breve.
Los misterios eternos
permanecerán.

 

 

190-MATADERO


Eso es la Tierra:
siniestro matadero
donde morimos.

 


189-SILENCIOS


Queridos muertos:
vuestro silencio dice
que estáis bien allí.

 


188-OTRO SUEÑO


Pensé que eras tú.
La realidad se impone.
Era otro sueño.

 


187-SÚTIL


Cruel es el tiempo:
sin apenas sentirlo
nos deja obsoletos.

 


186-ÁNGEL


Presta atención:
el ángel aparece
sólo una vez.

 


185-ESPUMA

Barco de espuma,
sobre corrientes negras,
es tu corazón.

 


184-EL LIBRO


Enigmático.
El libro es una puerta
del laberinto.

 


183-MOMENTOS


Eso es tu vida:
un río de momentos
que nunca para.

 


182-DE ARENA


Reloj de arena.
Granos de tiempo caen.
Polvo compacto.

 

181-DESPEDIDA Y ENCUENTRO

Adiós al amor.
Adiós a los sueños.
Hola, soledad.

 


180-GRIS

Nada me queda
mientras camino, salvo…
tu recuerdo gris.

 

179-SOL

¿Y quienes serán
los últimos hombres
en contemplar el sol?

 


178-FUTUROS

Veo futuros
donde la humanidad
no sobrevive.

 


177-LA LLAMA

La llama es vida.
El viento de la muerte
siempre alrededor.

 

176-TU TRISTEZA

De tu tristeza
nadie puede salvarte,
sino tu mismo.

 


175-HUMANO

Ser humano:
el más inhumano
de todos los seres.

 


174-REYES

Entre tinieblas
los reyes de la sombra
esperan su turno.

 


173-LA VELA

Como una vela
la ilusión se funde.
Escoria queda.

 


172-DESTINO

A cada paso
dudas de tu destino.
Todo plan yerra.

 

 

171-NUNCA

Y nunca sabrás

aquello que sentí por ti.

Incomunicable.

 

 

170-TROZOS

¿Quién recompondrá

estos trozos de carne

que aún palpitan?

 

 

169-SIN PAUSA

Y te lamentas,

mientras el tiempo se escurre

por la pendiente.

 

 

168-ALEGRE

Alegre ríes.

Lágrimas melancólicas

lloras por dentro.

 

 

167-TODO

Nada para ti.

Pero estar a tu lado fue

todo para mí.

 

 

166-ÚNICOS

Puedes creerlo:

nada de lo que sientas

es original.

 

 

165-MIENTRAS

Mientras el día

lentamente se muere,

yo te recuerdo.

 

 

164-ESCRITORES

En este lienzo

de soledades blancas

nos expresamos.

 

 

163-LOS SERES QUERIDOS

Se dobla el dolor,

con cada ser querido.

Por ellos. Por ti.

 

 

162-INFANCIA

Pervives, infancia,

en las arrugas del traje

de los adultos.

 

 

161-HERIDO

Árbol herido.

En silencio creces.

Desconocido.

 

 

160-ENTERRADO

Con tus ilusiones.

Enterrado en vida.

Con tus sueños.

 

 

159-REY

Rey orgulloso.

Al llegar a la cima,

corona de espinas.

 

 

158-ESQUELETO

Bajo la carne

el esqueleto camina

hacia la eternidad.

 

 

157-INSECTOS

Bajo la bóveda

Somos insectos extraños.

Una rareza.

 

 

156-CREPÚSCULO LÍQUIDO

Cae el crepúsculo.

Y la noche se extiende

con sus abismos.

 

 

155-GOTAS

Llueve con fuerza.

Recuerdos son las gotas…

Noche infinita.

 

 

154-PIANO

Tristes acordes

del piano en la soledad

de este domingo.

 

 

153-ÚNICO

Eres único

como todos los demás.

Todos iguales.

 

 

152-EL CASTILLO

En el castillo

los muros susurran

voces del pasado.

 

 

151-EL NIÑO

De día llora,

encerrado en los años.

De noche ríe.

 

 

150-ÁRBOLES

Y entre árboles

del pasado incendiado

construyo mi hogar.

 

 

149-AYER

Vivo en el ayer.

El presente no es nada

y por siempre ayer.

 

 

148-VER

Abro los ojos.

La realidad es otra.

Y me arrepiento.

 

 

147-VOZ CANSADA

Tu voz cansada,

de ordenar el mundo

con las palabras.

 

 

146-MARIONETA

Porque de tus sueños

eres marioneta.

De ti se ríen.

 

 

145-JUNTOS

Estamos juntos,

pero distantes, lejos.

Estamos solos.

 

 

144-PERSONAS

¿Y cómo sabes

que a esos que llamas personas,

no son fantasmas?

 

 

143-LOCO

Llamadme loco,

por decir que estáis muertos.

La verdad veo.

 

 

142-DESPIERTO

Cuando despiertas,

el mundo se transforma

en tu destierro.

 

 

141-PENA

Pena es contemplar

esa vida soñada

que no vivirás.

 

 

140-ANOCHECE

A cada paso.

Anochece en mi mente.

Fundido en negro.

 

 

139-LA ESCALERA

Mirar atrás.

Escalera de recuerdos,

por donde caer.

 

 

138-REALIDAD

Es lo que piensas.

La realidad que vives

es lo que quieras.

 

 

137-ESCLAVO

Y siempre esclavo.

Esclavo de la mente.

Esclavo de ti.

 

 

136-INFELIZ

Pobre infeliz.

Creíste ser amado.

Otro sueño vano.

 

 

135-ENGAÑADO

Engañado vas,

porque esto es lo que tienes:

nada de nada.

 

 

134-TEATRO

Harto de mentiras,

del teatro del mundo

Desaparezco.

 

 

133-EL ORIGEN

Golpe tras golpe,

decepción tras decepción

se construye el Mal.

 

 

132-CRISTAL

Por tus mejillas

corren gotas de cristal

de sueños rotos.

 

 

131-CASA ENCANTADA

Junto a la orilla.

La casa encantada

de tu pasado.

 

 

130-AJEDREZ

Piezas de ajedrez,

Luchando siempre, sin fin,

el bien contra el mal.

 

 

129-TRENES

Los trenes pasan

rápidos, furiosos,

mientras camino.

 

 

128-MASCARADA

Muestras lo mejor.

Tras la máscara,

Las cicatrices.

 

 

127-NOCHE

Campo de estrellas.

Ojos del infinito.

Pozo del tiempo.

 

 

126-HOGAR

Siempre solo.

Ningún lugar es mi hogar.

Nómada eterno.

 

 

125-FUERTE

Sin esperanzas.

Más solo, más fuerte.

Nada me duele.

 

 

124-LA ALMOHADA

En la almohada,

tu cuello bajo el hacha

del desencanto.

 

 

123-LA VERDAD

No estás solo”

Dicen ellos, que no ven.

Sabes la verdad.

 

 

122-TU BÚSQUEDA

En tu búsqueda,

enfermo de soledad,

perdí la razón.

 

 

121-VENENO

Dulce el veneno,

que te mata en silencio,

mientras la besas.

 

 

120-EL RÍO

Cambia tu mente,

el río de los días.

Te veré en el mar.

 

 

119-TORMENTA

Nubes de tormenta.

¿Qué traéis hacia el presente,

tras el horizonte?

 

 

118-RESPIRAR

Respiro y sueño.

No sé por cuánto tiempo,

antes de ser piedra.

 

 

117-ASESINO

Tiempo asesino.

Mataste nuestra dicha.

Dejaste ruinas.

 

 

116-UN DÍA

Nubes del alba.

Montañas y pozos.

Lagos nocturnos.

 

 

115-CIEGOS

Si vas a llorar,

hazlo por ellos, ciegos,

a tus esencias.

 

 

114-VISIONES

De madrugada.

Observo nuestra vida

entre la bruma.

 

 

113-DIFERENCIA

¿Qué diferencia

tu insondable soledad

de la que yo siento?

 

 

112-LA ESPERA

Y bajo una cruz

cuento los largos días,

hasta que llegues.

 

 

111-MIENTRAS

Mientras te espero

el tiempo me desgasta

y ya no soy yo.

 

 

110-BARRO

Si tú no vuelves,

me convertiré en barro

para no sufrir.

 

 

109-PARTIDA

Tras tu partida

ya no espero nada

en absoluto.

 

 

108-SÓLIDO

¿Y qué es sólido,

salvo anhelos, sueños

y la esperanza?

 

 

107-LA GRAN HERIDA

Mira mi herida.

¿Cómo podrás quererme,

si soy despojos?

 

 

106-ENSUEÑOS

Seguir soñando.

Paseos por el parque

bajo la luna.

 

 

105-FLECHAS

Flechas de cristal.

Aunque bailas y ríes,

el alma sangra.

 

 

104-EL CUENTO

Coger tu mano

Y vivir en un cuento

del que no despertar.

 

 

SOLEDAD

103

Y ver el mundo

en compañía de nadie.

Eso es soledad.

 

 

102

La hora fría.

En silencio, abres los ojos.

Eso es soledad.

 

 

101

Andando solo

como siempre fue y será.

Eso es soledad.

 

 

100

El dolor hueco.

La herida invisible.

Eso es soledad.

 

 

99

Leer este haiku

y sentirse acompañado.

Eso es soledad.

 

 

98

Odiar el amor.

Despreciable ilusión.

Eso es soledad.

 

 

97

Sopla el viento.

Noche tras la ventana.

Eso es soledad.

 

 

96

Seguir viviendo,

sin tus seres queridos.

Eso es soledad.

 

 

95

Llega el invierno.

El frío queda dentro.

Eso es soledad.

 

 

94

Hablas contigo,

pues nadie comprenderá.

Eso es soledad.

 

 

93

Coraza de acero.

Interior devastado.

Eso es soledad.

 

 

92

El tiempo pasa,

y el vacío aumenta.

Eso es soledad.

 

 

91

Soñar despierto.

En tus ojos, recuerdos.

Eso es soledad.

 

 

90

Huir de los vivos.

Admirar a los muertos.

Eso es soledad.

 

 

89

Descubrir que el mundo

es un vulgar desierto.

Eso es soledad.

 

 

*

88-LA VIDA

Eso es la vida.

Continua despedida

antes de empezar.

 

 

87-CORAZA

Coraza negra,

protege mi corazón

de ahí fuera.

 

 

86-DAMA

¿Eres mi final,

dama vestida en negro,

o el principio?

 

 

85-LA SENDA

Por esta senda

a pasos avanzamos

hacia la muerte.

 

 

84-FUGAZI

Una mirada.

Una nota de papel.

Desaparecer.

 

 

83-SIN SUEÑO

Mitad de noche.

Voces por el pasillo

desconocidas.

 

 

82-POZO

Oscuro y frío.

Pozo de soledad.

Los largos años.

 

 

81-CAÍDA

Caes sin freno.

Abismo depresivo

donde nadie va.

 

 

80-LOS DÍAS

Hundido, solo.

Ahogado en recuerdos

de tu propia alma.

 

 

79-LUZ

La luz que brilla.

Oscuridad futura.

Sin ilusiones.

 

 

78-NOSTALGIA

Echo de menos

los días que no llegaron

en tu presencia.

 

 

77-SIN TU CARA

Veo tu cara

bella, alegre,

en el fin de mis días.

 

 

76-VOZ DEL TIEMPO

Y en la espera,

lento, el reloj habla

de sueños vanos.

 

 

75-ESTRELLAS

¿Ves las estrellas?

Es igual la distancia

entre nosotros.

 

 

74-ABISMOS

Abismos sin fin

engullen sin remedio

a los sin nombre.

 

 

73-ALMA BLANCA

Tu alma blanca

me acompaña, libre,

en el infierno.

 

 

72-SOLA

Sola entrarás

en el reino de las sombras.

Ya sin retorno.

 

 

71-PRESENTE

No hay pasado.

Habla el presente, sin voz.

No hay futuro.

 

 

70-MI NIÑA

Aunque te vayas

debes saber, mi niña,

que vives en mí.

 

 

69-VIDA

La vida tiene

estructura de tragedia.

Caída sin fin.

 

 

68-MEMORIA

El cristal roto

por el que te veo marchar

es mi memoria.

 

 

67-DESPEDIDA

La despedida.

El ayer ha pasado.

Y para siempre.

 

 

66-AUSENCIA

No estás conmigo.

Pero sí tu presencia.

Dulce ausencia.

 

 

65-MIEDO

Un miedo negro

cuando abro los ojos.

Cada mañana.

 

 

64-AZUL

Mar azulado.

Brisa y melancolía.

Tus tristes ojos.

 

 

63-DORMIDA

Niña dormida

sigue soñando así.

Entre algodones.

 

 

62-LOBO

Lobo espectral,

por nocturnas llanuras

buscas mi alma.

 

 

61-DE ESCARCHA

Flor de escarcha

que en mi corazón florece,

herido de muerte.

 

 

60-LUCES DEL PASADO

Luces azules

iluminan de noche

el cementerio.

 

 

59-NEÓN

Luces de neón.

Callejones oscuros.

Fría soledad.

 

 

58-CAZA

Al crepúsculo.

Roja caza nocturna.

Vuela, vampiro.

 

 

57-NOCTURNO

Mil ojos blancos

desde el negro abismo.

Camino solo.

 

 

56-TIEMPO

Minutos…horas.

Tic-tac-tic-tac-tic-tac-tic.

Mi lenta muerte.

 

 

55-CENIZAS

¿Y qué seremos

cuando no seamos nada?

Cenizas grises.

 

 

54-CALAVERA

La calavera.

Blanco cristal de hueso

donde vivimos.

 

 

53-EL LIENZO

Papel mojado.

Lienzo de la Realidad.

Tiempo pasado.

 

 

52-BARCOS

Nubes del cielo.

Peces somos de la Tierra.

Barcos de papel.

 

 

51-UN LATIDO

Bombea corazón.

La vida es un latido,

aquí, ahora…

 

 

50-SUMERGIDO

Bosque sumergido.

Sombras y desencuentros.

Mi vida contigo.

 

 

49-ADIOS

Y para siempre.

En recuerdos viviremos.

Adiós, amigo.

 

 

48-SUEÑO

Sueño despierto.

Dondequiera que vaya.

Siempre contigo.

 

 

47-HORIZONTE

Horizonte negro.

Oculto tras la niebla.

Fantasmagórico.

 

 

46-ATARDECER

Pasan las horas.

El sol de la vida cae.

El atardecer.

 

 

45-BRUMAS

Brumas de nácar.

Amanece otro día.

de fría soledad.

 

 

44-NOBLE

Déjame sanar

tu noble corazón

de astillas rotas.

 

 

43-LÁPIDAS

En sus lápidas.

Y en nuestra memoria yacen

nombres latentes.

 

 

42-ZAFIROS

Zafiros rojos

son tus ojos, mi señora,

de la noche.

 

 

41-REALIDAD

Sueños…colores

¿Qué es la realidad? Preguntas

Electricidad.

 

 

40-SUS MANOS

Mira sus manos.

Vuelven a estar manchadas.

Es con tu sangre.

 

 

39-LLUVIA

Bajo la lluvia

lentamente se hunden

mis esperanzas.

 

 

38-DESIERTO

En el desierto.

Donde ya nadie queda.

Bailo con sombras.

 

 

37-CUERVOS

Llamo a los cuervos.

Cenarán esta noche

corazón roto.

 

 

36-MI REINO

Llévame otra vez

al reino de la muerte,

Alma enlutada.

 

 

35-SOLO

Desaparece

calor, luz, esperanza…

Solo en la nada.

 

 

34-ESPECTROS

Espectros negros

te susurran futuros

en el oído.

 

 

33-EL PORTADOR

Terrible, oculto.

Donde nadie lo espera.

Portador del mal.

 

 

32-ESCAPAR

Y escapa ahora,

con tu imaginación,

de la realidad.

 

 

31-EL CAMINO

Sigo el camino

bajo un manto de estrellas.

Solo en la noche.

 

 

30-CREPUSCULAR

Sol crepuscular.

Arropa con tu manto

mis soledades.

 

 

29-LA BARCA

Duermo silencios

entre olas de recuerdos.

Harto de todo.

 

 

28-TRAS EL NAUFRAGIO

Todo alrededor

restos del naufragio.

Bello amanecer.

 

 

27-PASADO PRESENTE

En mundos de hambre

y efímera existencia.

Los ignorados.

 

 

26-EL FIN

Quisiera sentir

cuando desaparezca

vuestras sonrisas.

 

 

25-VIDA ABSURDA

Mi vida absurda

desgasto entre sueños.

Inmerso en dolor.

 

 

24-LUNA

Luna menguante.

De muertos poblada.

Mi única amiga.

 

 

23-LA BUSQUEDA

Y aunque no existe

ella siguió buscando.

Pero no existe.

 

 

22-MADRUGADA

Noche cerrada.

Circular mente insomne.

Hielo negro.

 

 

21-DE PIEDRA

Mares de piedra,

bajo el azul del olvido

fueron mis días.

 

 

20-TU MIRADA

Fue tu mirada,

justo antes de abandonar,

faro en tinieblas.

 

 

19-¿MUERTOS?

Y los que no están

en nuestros sueños

siguen viviendo.

 

 

18-AHORA

            Sueños de pesadilla…

negados, olvidados…

forman el mundo.

 

 

17-EL MAÑANA

Frente al mañana.

Olvida tu maleta

antes de partir.

 

 

16-INFIERNOS

Gritos de dolor.

Por cientos de crímenes.

Desde el infierno.

 

 

15-TU CARA

Busco tu cara,

vana perseverancia.

Cuchillo en el alma.

 

 

14-UN JUEGO

Muevo las piezas

de este burdo juego

condenado a perder.

 

 

13-ALAS NEGRAS

Sobre alas negras

vuela mi mente, mi cuerpo.

Alas de muerte.

 

 

12-TRAS LOS SENTIDOS

Nunca sabremos

qué esconden los sentidos.

Enigmas y olvido.

 

 

11-EL SUEÑO HA MUERTO

Antes soñaba.

Ignorante, ingenuo.

Ahora duermo.

 

 

10-RESPÓNDEME

¿Puedes contestar

por qué te recuerdo,

si nunca te vi?

 

 

9-UNIDOS

Nace la luna.

Nuestras almas son una

cuando muere el sol.

 

 

8-MENTIRAS

Mientes, falso poeta.

Todos los románticos

yacen muertos.

 

 

7-NAVEGANTE DE SUEÑOS

Y mientras sueño.

Lejano a mí mismo.

Navego el cosmos.

 

 

6-RELOJ  ESCRITOR

Firme escrituras,

con tus agujas, reloj,

nuestra sentencia.

 

 

5-LA HERIDA

Sigo sangrando

imitando al mundo.

Herida sin fin.

 

 

4-¿QUIÉN ES YO?

Pienso que pienso.

Y creo saber quien soy.

Otro autoengaño.

 

 

3-SOY CARNE…

Soy carne y huesos.

Un muerto que camina.

Nada mañana.

 

 

2-¿ES AMOR?

¿Acaso es amor?

Espejo de mentiras.

Ves lo que quieres.

 

 

1-HASTA SIEMPRE, HASTA NUNCA

La muerte eterna,

que por siempre vence,

es el olvido.

 

*Publicado en el libro HAIKUS OSCUROS

21- SEÑOR DEL MAL

PORTADA SEÑOR DEL MAL

boton de GRATIS I

A pesar de sus descomunales dimensiones, la estancia olía a putrefacción. En la oscuridad casi total, junto a uno de los rocosos muros y sobre un lecho apelmazado de restos humanos, se erigía el Señor del Mal, como un dios monstruoso exiliado de todos los panteones. Su mole se perdía en las alturas, una montaña de carne amorfa, palpitante en algunos de sus obscenos pliegues y de un verde putrefacto en otros, envuelta en vapores de corrupción y nubes de moscas rabiosas. Algunos huesos parecían querer rasgar desde el interior la grasa, la piel correosa cubierta de llagas y cicatrices que los aprisionaban. Y allá en la cima, donde habría de existir un rostro, el Señor del Mal exhibía un enorme agujero abierto en la carne, que se abría y cerraba, se abría y cerraba sin descanso… boqueando un murmullo gorgoteante, e inaprensible.

 

La única, escasa iluminación, provenía de los tres corredores horadados en la roca, cuyas bocas vomitaban tenues resplandores rojizos y anaranjados en la inmensa oscuridad de la caverna. El Señor del Mal resultaba, medio vislumbrado, medio intuido, una visión de pesadilla ante esa luz insuficiente.

 

Del corredor central comenzaron a llegar ecos de pasos y voces apagadas, temerosas. Poco después, precedidos por sus sombras titilantes, emergían hombres de variopinto aspecto, constitución y catadura, organizados en pulcra fila india. Todos avanzaban mirando hacia su siguiente paso; era la forma de mostrar respeto y sumisión incondicional ante el Señor, así como una precaución para no tropezar con ningún desnivel de la roca o alguna de las criaturas, blanquecinas e indefinibles, que se escabullían entre sus pies como serpientes. Un rumor grave, contenido, les acompañaba en su travesía por la oscuridad. Algunos tosían para aclararse la garganta, dominados por el nerviosismo; y las toses sonaron tan ridículas, patéticas, en aquella majestuosidad tenebrosa de espacios sólo imaginables, que los abrumados hundieron –aún más– sus cabezas entre los hombros, como si intentaran esconderse en sí mismos.

 

El primero en la fila, un hombre de piel oscura y ojos gélidos, les guiaba con paso firme; parecía que no era la primera vez que caminaba por este lugar, pero para muchos de ellos, resultaba evidente que así era: según se iban acercando, y la masa ingente del ser que habían venido a buscar se convertía en una realidad irrefutable para sus sentidos, comenzaban a trastabillar, temblando sin remedio. Nunca imaginaron que su presencia fuera a ser tan… inhumana.

 

El Señor del Mal detesta a los cobardes –les había advertido su guía, pero a medida que la fila avanzaba, su paso se iba haciendo lento, cauteloso. Ninguno podía evitarlo. Aquel ser colosal les hacía sentir indefensos, minúsculos ante su tamaño y su aura de maldad casi respirable. De repente, un bramido gutural, atronador, surgió de la montaña de carne como una erupción sonora, una tormenta cacofónica de voces fundidas en un tono salvaje, que se expandió en olas de negrura. En la fila, los nervios de algunos hombres se quebraron definitivamente. Toda la valentía que les impulsó hasta aquí se desvaneció, quedando en su lugar la esencia pura del miedo animal. Unos quedaron paralizados, como lívidas estatuas de sal, otros cayeron al suelo, hechos ovillos fetales, temblorosos. Un joven alto y delgado corrió despavorido, intentando huir por donde habían llegado. Y a los pocos metros del umbral, una sombra se interpuso entre él y su salvación. Como una ráfaga de viento, se lanzó sobre su cuerpo, pegándose a su piel. Su primer grito de sorpresa pronto aumentó hasta ser un aullido de sufrimiento. Los pocos que se atrevieron a mirarlo vieron cómo la carne se deshacía lentamente, burbujeando, cayendo en goterones al suelo; sus ojos eran dos gelatinosas lágrimas blancas, que se escurrían junto a las pastosas mejillas sobre el pecho. Y así siguió gritando hasta que dejó de tener garganta para hacerlo. Sus compañeros de fila caídos se habían unido a él, como bultos negros de brea siseante, en una sinfonía de dolor. Los demás –aún conmocionados– se pusieron a caminar de nuevo. Y entonces comprendieron que no era roca lo que estaban pisando desde que entraron…

 

El guía de la fila se detuvo, al fin, frente a un enorme montón de objetos compactados de toda clase: cuerdas, hachas, telas que habían sido prendas de vestir, piedras… formando un parapeto que rezumaba sangre como un extraño animal herido frente al Señor del Mal, que se alzaba sobre ellos, un océano vertical, imposible, de carne corrupta. El olor era espantoso, y tuvieron que luchar por retener los vómitos.

 

El primer hombre se adelantó un paso. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y sacó un cuchillo en un trozo de tela ensangrentada. Lo mostró en alto, justo antes de arrojarlo al montón.

 

–Violé a una chica. Después, le corté el cuello con ese cuchillo.

 

El Señor del Mal se inclinó levemente hacia él desde las alturas, como si pudiera verlo a través del agujero en la carne por el que habló, con su voz compuesta de mil voces:

 

–Cuatro años más de vida –retumbó, con ecos abismales.

 

El hombre hizo una leve reverencia antes de dirigirse hacia la derecha de la deidad, donde se abría la boca de uno de los tres corredores iluminados. Una vez vio salir a su compañero, el siguiente en la fila ocupó su lugar. Intentó que su mano dejase de temblar mientras sacaba un revolver de su chaqueta. Lo elevó sobre su cabeza, y lo echó al montón. Allí quedó entre los pliegues de un saco.

 

–Disparé a mi hermano hasta matarlo –dijo con voz medio estrangulada.

 

–Cinco años más –sentenció el Señor.

 

El tercer hombre era de baja estatura, casi calvo y con una expresión de odio perenne grabada en las facciones. Con una inclinación, empezó a exponer sus actos:

 

–Ordené el genocidio de una odiosa minoría en mi país. Murieron miles, no sabría decir cuántos exactamente.

 

El Señor del Mal se removió, acompañado de un sonido de humedad pegajosa según se volvían a asentar las masas de carne en su nueva posición.

 

–¿Los mataste a todos tú, en persona? –La pregunta cayó como un alud furioso y ensordecedor sobre él.

 

El hombre se inclinó un poco más. Unas gotas de sudor empezaban a resbalarle por la frente.

 

–Yo di todas las órdenes a los comandantes, mi Señor –consiguió decir, sin saber dónde mirar.

 

El Señor del Mal volvió a tronar, escupiendo rabia aterradora.

 

–¿No manchaste tus manos de sangre?

 

–No… de forma directa; pero sin mi or… –No pudo terminar la frase.

 

En la montaña de carne se abrieron varias pústulas, largas y serpenteantes, y una miríada de tentáculos fue expulsada al exterior, lanzándose sobre el genocida. Uno de ellos le rodeó la cabeza, a la altura de los ojos, mientras otros lo tomaban por las piernas y la cintura, elevándolo sobre el suelo. La fila retrocedió espantada, ante los gritos angustiosos del hombre que intentaba zafarse sin conseguirlo. Entonces los tentáculos comenzaron a presionar. Y los gritos de dolor, entrecortados, aumentaban de volumen para horror de todos los que lo observaban debatirse. Su agonía pasó a un alarido mantenido de sufrimiento, mientras los tentáculos empezaron a tirar en sentidos opuestos, sin soltar a su víctima. Unos crujidos amortiguados pero audibles, escalofriantes, salían del hombre, cuyas cuerdas vocales debían haberse quebrado ya en el éxtasis del dolor. De súbito, el cuerpo se partió en dos con un restallido de huesos y músculos; los tentáculos arrojaron las dos mitades, casi con desprecio. En la fila les dio tiempo a ver cómo se descolgaban los pulmones, cómo se vertían las vísceras, antes de desaparecer en la oscuridad. Los gritos del pequeño hombre se acallaron.

 

Ahora quedaban once en la fila. Y el siguiente tuvo que ser empujado por los de atrás para avanzar.

 

Y de ellos, sólo seis dijeron aquello que el Señor del Mal deseaba oír.

 

 Transcurrieron muchas horas antes de que sonidos humanos volvieran a escucharse en la caverna. Llegaban por el corredor opuesto al que los seis afortunados habían tomado para salir de allí, conservando su vida y un poco más. Pasos, carraspeos y algún estornudo anunciaban a la muchedumbre que se acercaba. Eran no menos de veinte cuando al fin aparecieron. Todos ancianos, que avanzaban a duras penas; algunos de ellos casi no podían mantenerse en pie. Se dirigían hacia su Señor con extrema cautela, uno tras otro, tanteando con sus bastones la roca de sedimentos humanos para evitar cualquier caída que pudiera resultar fatal. Iban flanqueados por sombras inquietas, como charcos de petróleo viviente.

 

–¡Hablad! –retumbó la montaña de carne.

 

–Mi Señor –dijo el primero, con voz cascada, apenas audible–, venimos a pedir tu clemencia. Ya no podemos matar para ti como antes; nuestros cuerpos lo impiden. Pero sabes que nuestro deseo y nuestra devoción siguen intactos. Déjanos morir en paz, y perdona que no podamos traer ya las ofrendas que mereces, mi Señor.

 

El anciano inclinó el rostro, y cerró los ojos.

 

Algo sonó en el interior de la carne inmensa, como un trueno bajo tierra. Todos se estremecieron. Y desde las alturas cayó la voz:

 

–No temáis. Es el regalo de la eternidad lo que os voy a conceder…

 

Y largas tiras de carne hedionda se desprendieron sobre ellos, aferrándolos con fuerza, alzándolos entre gritos de desesperación como colgajos patéticos. Tres tropezaron para caer sobre las sombras devoradoras; pero el resto, uno por uno, desaparecieron pataleando por el abismo que era la boca, la cima, del Señor del Mal.

 

Y mientras caían, mientras los recibía en su interior infinito, su pensamiento –que era un fluido cambiante conformado por millones de mentes fragmentarias– entonaba un mantra desquiciado, una oración oscura que siempre fue la misma, pero cada vez más profunda, nunca igual.

 

–Somos Legión. Somos el Mal–

–Somos Uno–

 

Como siempre fue.

Como siempre será.

*Publicado en el libro ¡CORTADLE LA CABEZA! y otros relatos de terror

20 – PESADILLA EN UN CAMPO DE CABEZAS

PORTADA PESADILLA EN UN CAMPO

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Desperté. Era de noche. Estaba tendido sobre la hierba, en la pendiente del valle. La luna brillaba con fulgor verde en la oscuridad. Las estrellas eran ojos que, extrañamente, se desplazaban en líneas rectas, parpadeando. Me incorporé, y el olor a podredumbre arrastrado por el viento me golpeó en el rostro. Bajé la vista hacia la hondonada: cientos, puede que miles de cabezas empaladas en estacas, que surgían del suelo como colmillos de madera, se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Y en el centro del valle, solitaria, se erigía una casa de planta estrecha. Su tejado a dos aguas estaba a gran altura, una altura casi imposible, según me pareció. Y en la parte de arriba, una de sus ventanas estaba iluminada con luz amarillenta. Tras los cristales, se distinguía una gruesa sombra que no supe identificar con nada en concreto, pero me sentí observado desde allí arriba.

 

Una inmensa nube de moscas, como las olas de un mar negro, se agitaba entre las cabezas con un zumbido repugnante. Sentí un impulso ciego, inexplicable, que me conminaba a llegar hasta la casa, aunque esto supusiese internarme en tan nauseabundo lugar.

 

Mis pies avanzaron hacia la casa.

 

Me cubrí nariz y boca con una mano, intentando que las moscas y el hedor no me asfixiasen. Sorteaba las cabezas, procurando no fijar mi vista en ellas, pero fue imposible evitarlo. Algunas me miraban con sus ojos lechosos, mostrándome sus dientes, su carne en jirones colgantes; otras exhibían sus negras cuencas, de las que entraban y salían incesantemente las moscas. A mi paso escuchaba lamentos casi inaudibles, quejidos ahogados, frases sin sentido. El espanto de verme rodeado me dominó por completo, pero no me detuve. Una de ellas, que parecía de mujer por su pelo, gorjeó algo que sí comprendí:

 

¿Dónde está mi cuerpo? –Me estremecí, haciendo mía su pregunta.

 

Ya vuelves… –dijo otra, con una sonrisa de dolor.

 

Avancé, intentando no rozar siquiera ninguna al pasar. Las moscas zumbaban rabiosas; chocaban contra mi cara como una furiosa, repulsiva marea. Y al igual que ellas, el olor a descomposición iba y venía, intensificándose por momentos en los que contuve a duras penas las arcadas; todo por no detenerme ni un segundo en la blasfemia que suponía este campo de pesadilla.

 

Al fin, conseguí alcanzar el umbral de la casa. A sus pies –y digo a sus pies porque sentí estar más ante la presencia de un ser vivo que de un edificio– miré hacia arriba. Y desde aquí ya no me parecía una casa, sino una torre infinita que se alzaba hacia los ojos del cielo nocturno. La luna verde, gigantesca, había engordado como un globo enfermo e innatural. La luz de la ventana, pude ver, seguía encendida.

 

El intenso sentimiento de angustia indeterminada que me acompañaba desde que desperté se agudizó, aún más. Era la percepción de que un terror incomprensible, desconocido para la mente me acechaba sin descanso y que estaba a punto de aparecer. Una alerta de mi cuerpo a la que no había forma de responder o acallar. El instinto me condujo hacia la entrada de la casa, pero cada uno de mis pasos flotaba como en un sueño, en una creciente atmósfera de irrealidad sin sentido ni lógica interna.

 

La puerta de la casa era una tapa de ataúd.

 

Y si esto era una visión admonitoria de mi destino, un aviso para no internarme entre esas paredes…mi temor era aún mayor sólo al pensar que habría de quedarme aquí fuera, a disposición de esa amenaza invisible que –estaba seguro– pronto me daría caza si no hacía algo por evitarlo. A mis espaldas dejaba el rumor del campo de cabezas, y me dispuse a tirar del asa cubierta de herrumbre que servía de picaporte, pero mi mano temblaba, cada vez más, según me acercaba. Al abrirse hacia dentro, observé que la puerta estaba cubierta de diminutas palabras cinceladas, en un idioma desconocido para mí.

 

Sentí que entraba en la boca de un enorme animal; una corriente de aire templado e impuro me recibió, como una exhalación en la cara, y me pareció que volvía a respirar por primera vez en siglos. Como siglos llevaba acumulándose el moho, la suciedad y el polvo en este recibidor de paredes verdosas, que pulsaban levemente, como si algo hubiese quedado atrapado en ellas. Un estrecho pasillo se internaba en la oscuridad y, a mi izquierda, una escalera de altos escalones de piedra conducía al piso de arriba. Eso es todo lo que iluminaba la titilante llama del candil incrustado en la pared a mi derecha.

 

El miedo y la sensación irreal de estar viviendo una pesadilla colapsaban mi mente; pero mis sentidos eran los de la vigilia, ajustados y precisos, obedientes a mi voluntad y firmes en la definición de todo cuanto me rodeaba. La voz de la intuición me sugería que tal vez encontrase una salida en el piso de arriba, donde vi la habitación iluminada. Así que comencé a subir por los escalones, cuando distinguí una forma en la pared, bajo la luz del candil.

 

–Cielo santo… –susurré.

 

Medio enterrado bajo la inmundicia que cubría la pared estaba el cuerpo de Daniel y, a su lado, un poco más abajo, la cara de Alberto. Dos amigos de la infancia que hacía décadas que no veía. Estaban tal y como los recordaba, aunque sus expresiones eran extrañas. Alberto clavó sobre mí su mirada, durante unos segundos que fueron como esos años que habían pasado, antes de bajarla hacia el suelo. Creo que dejó un mensaje plantado en mi cerebro, que no supe interpretar en ese justo momento.

 

Seguí subiendo los escalones de piedra podrida.

 

Y según subía, trabajosamente, y a pesar del deseo irracional de llegar arriba y mis esfuerzos, sentí que apenas avanzaba. La débil luz del recibidor aún iluminaba el trecho que pisaba, aunque pronto la dejé atrás, sumergiéndome en la oscuridad total. Tanteaba con cuidado el siguiente escalón antes de apoyar el pie, con una mano siempre en el muro, y de vez en cuando, echaba la vista atrás para tener al menos la referencia de la luz, que era ya como una moneda en el fondo de un pozo. ¿Cómo podía ser tan alta, tan innaturalmente alta esta casa?

 

Con prudencia, avanzaba por esta absurda escalera infinita. De repente, vi algo por delante de mí, en los escalones que pronto habría de alcanzar. Era una luz y, sobre ella, se recortaba una silueta humana, que comenzó a bajar –al igual que yo, apoyándose en la pared–. Me quedé parado, a medida que la luz que acompañaba a esta figura –que se me hizo de mujer– iluminaba los escalones, acercándose a mí. Sus pasos eran inseguros y extraños, como a saltos, y pronto descubrí por qué. Quedé boquiabierto al reconocer sus rasgos, al estar ya casi a mi lado: era mi abuela –la única que conocí– y en sus ojos había un reproche amargo, desgastado por el tiempo; pero lo que me horrorizó fue comprobar que no tenía manos, como si hubiesen sido cortadas, al igual que sus pies, por lo que bajaba sobre sus muñones planos, diría que aún sangrantes.

 

Y no se detuvo ni por un segundo, mientras me atravesaba con su mirada. Pegué mi espalda contra la pared, sobrecogido.

 

¿Por qué ya nunca vienes a verme? Eso es porque no me quieres.

 

–Ab… abuela, es que yo no pu… –intenté explicarme.

 

No… no… ya no me quieres… –dijo para sí misma, y en su voz había dolor, inmensa tristeza y amargura.

 

El corazón se me encogió de pena, mientras la observaba en su descenso, bajando a trompicones, acompañada por su luz. En ese instante supe que no la volvería a ver jamás. Trastornado, emprendí mi marcha, sintiendo como si la oscuridad de la escalera fuese una cascada etérea de aguas negras, que inundó todo mi ser, mi razón, mis sentidos… Ignoro durante cuánto tiempo seguí subiendo, con la mente perdida en un torbellino de confusión, donde el presente y el pasado se alternaban por segundos, y los recuerdos de infancia se hilvanaban con los sueños de una noche ancestral, fragmentos de memoria y pesadillas, imágenes de momentos dolorosos que creía olvidados… en un caótico telar de angustia que me envolvía…

 

El telar se difuminó levemente, dejándome comprobar que había llegado a lo alto de la escalera. Me encontraba en mitad de una sucia sala en penumbras. El techo, pude vislumbrar, estaba oculto bajo una repulsiva masa de telarañas grises. Algo se movía dificultosamente por dentro, de un lado a otro. Un escalofrío eléctrico me recorrió la espalda, intentando imaginar qué podría ser. En cada pared de la sala –y eran cinco– había dos puertas. Solo por una de ellas se derramaba una luz amarillenta. La luz que había visto desde el exterior. Entré, sin saber lo acertado o no de mi elección.

 

Era una habitación pequeña, que de inmediato me transmitió una inexplicable sensación de familiaridad, pues nunca había estado allí antes. No encontré ninguna fuente de luz –una lámpara, como esperaba–; simplemente, emanaba del lugar. Vi el objeto que proyectaba su sombra, junto a la ventana: era un sillón de respaldo alto, tapizado con lo que me pareció piel estirada. Sentí que había allí alguien sentado, mirando al exterior; pero no podía verlo desde donde estaba. En la otra esquina de la habitación había una mesa camilla, con sus faldones carmesí. Me acerqué un poco más, sin poder creer lo que veía: allí sentada estaba mi madre, mi pobre, encogida madre. Su cara en un ovillo concentrado de profundas arrugas, que habían desdibujado cruelmente todas sus facciones. La reconocí gracias a que, en sus ojos, brillaba su amor incondicional de siempre, su ternura, su preocupación…

 

Me aproximé con veneración, temeroso de que mi abrazo pudiera romper algo en su cuerpo, tan frágil, tan menudo. Y cuando ya casi estaba a su lado, escuché algo tras el respaldo del sillón, como un susurro de papel. Me dispuse a rodearlo, a ver quién estaba ahí sentado. Pero mi madre habló:

 

No… déjalo, que está ocupado –dijo su voz triste, cansada…

 

La volví a mirar, conmocionado por su aspecto, por lo que el tiempo había hecho con ella.

 

Ya tienes la comida en la mesa. Y la ropa limpia en el armario –me dijo con voz trémula.

 

Comenzó a llorar, cubriéndose los ojos con una mano.

 

–¿Por qué lloras, madre? –La congoja oprimiéndome la garganta.– No llores madre.

 

–Por favor, no llores.

 

Pero ella siguió llorando, inconsolable. Yo la veía a través del velo de mis propias lágrimas.

 

De repente, un rumor llegó desde el exterior, acompañado de un temblor leve y continuo, que recorrió toda la casa. Fui a apoyarme en el respaldo del sillón, intentando mirar lo que ocurría a través de las ventanas. A pesar del cristal, escuchaba perfectamente los gritos de las cabezas. Todas gritaban, como en un mar de absoluta desesperación. Algo inconmensurable se aproximaba tras las montañas del horizonte, precedido de una luz rojiza, hipnótica. Quien se sentaba en el sillón añadió sus chillidos a los de las cabezas.

 

Entonces, con los ojos abiertos como platos, comprendí… comprendí…

 

Desperté. Estaba sentado en un sillón, con un libro entre las manos, casi pegado a una ventana. Sentí que alguien se había apoyado en el respaldo, pero lo que estaba ocurriendo fuera me impidió girarme: la visión de aquello que se desarrollaba más allá del horizonte, su magnitud, su significado…

Las piezas absurdas que guardaba en mi mente comenzaron a ensamblarse.

 

Las incontables cabezas empaladas ahí abajo gritaban en un frenesí de locura. Al principio solo oía su clamor inconexo, pero al poco ya entendí lo que todas chillaban.

¡Ha llegado! ¡Ha llegado! –Cientos de tonos desgarrados, horrenda cacofonía.

 

Entonces comprendí…

 

Lo comprendí todo.

 

Y mis gritos se sumaron para siempre a los suyos.

*Publicado en el libro ¡CORTADLE LA CABEZA! y otros relatos de terror

19 – SEIS DE ENERO

PORTADA 6 DE ENERO 

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¡Por fin había llegado el gran día! El pequeño Alex se despertó muy excitado, casi eufórico; durante todo el año había estado acumulando infinidad de deseos en su prodigiosa memoria. Las dos últimas semanas habían transcurrido para Alex en una atmósfera de creciente ansiedad; odiaba tener que esperar; y no cesaba de contar y recontar los días que faltaban para el cumplimiento de su sueño, marcándolos con su rotulador fosforescente en el torturado calendario de la salita de estar. Haciendo gala de una paciencia sobrehumana, su madre verificaba a cada momento la exactitud de sus precipitados cálculos, pero Alex nunca estaba conforme con aquellas respuestas.

 

–El tiempo se ha dormido –pensaba.

 

La larga espera terminaría por la noche, cuando los misteriosos Reyes Magos dejaran junto al árbol de navidad sus sueños convertidos en maravillosas realidades. ¡Qué nervioso estaba!

 

Siempre le habían dicho que debía ser muy bueno y obediente si quería que los Reyes cumpliesen sus deseos, o de lo contrario sólo le traerían carbón. Lo cierto es que Alex nunca había visto carbón, y hasta sentía cierta curiosidad por manipular aquello que tan malo debía ser, ¡pero no hasta el punto de intercambiarlo por sus preciados juguetes! Hizo memoria sobre su comportamiento durante el pasado año, y no recordó haber hecho nada malo; aunque su hermana mayor sí guardaba bastantes evidencias en contra de su inocente benevolencia.

 

Al atardecer, su padre le invitó a dar un paseo por las concurridas calles de la ciudad, con la esperanza de que la fatiga facilitaría al pequeño conciliar el sueño. Hacía mucho frío y la oscuridad cubría ya el cielo; Alex caminaba de la mano de su padre, contemplando el movimiento de la ciudad por el estrecho espacio que quedaba entre la capucha de su abrigo y su repudiada bufanda roja. Le encantaba esta época del año, las calles brillaban con luces de innumerables colores en contraste con el negro vacío de la noche; la atmósfera transmitía una impresión especial, extraña, una esencia oculta que solamente es visible, en determinados momentos, a los ojos que aún conservan la inocencia.

 

Tras un largo paseo, volvieron a casa. Al entrar, un delicioso aroma salió a recibirles. Su madre estaba en la cocina preparando la cena.

 

–Podéis sentaros, vamos a cenar pronto –dijo dirigiéndole a Alex una cristalina sonrisa.

 

Esa sonrisa, y la enorme mano de su padre cobijando la suya cuando paseaban, hacían que se sintiese el niño más protegido del mundo; nada podría hacerle daño, nada en absoluto.

 

Alex fue el primero en terminar con su cena ante la comprensiva mirada de sus padres.

 

–¡Parece su última noche en la Tierra! –rió su hermana.

 

Poco después, Alex se metió en la cama.

 

–Que descanses, cariño –susurró su madre mientras apagaba la luz.

 

Pronto cayó rendido en un sueño intranquilo.

 

* * *

 

Alex abrió los ojos. Todo estaba a oscuras y en silencio. Aún no había amanecido y sabía que no debía levantarse, pero ¡necesitaba saber si los juguetes habían llegado ya! Tan sigilosamente como pudo, Alex salió de su habitación. Por la puerta entreabierta del salón surgía un pálido haz de luz amarillenta. Dentro, la voz de sus padres era un débil e inconexo murmullo, apenas audible.

 

Los gruesos calcetines de lana amortiguaban el sonido de sus pisadas, así que, sin poder resistirse a la curiosidad, se acercó hasta el borde de la puerta para mirar al interior:

 

Dos enormes gusanos, de un blanco purulento, se encontraban junto al árbol de navidad, erguidos sobre sus hinchadas colas. Sus cuerpos giraron instantáneamente al sentir la mirada del pequeño, mostrando sus rostros deformados, aunque grotescamente reconocibles, a su hijo:

 

–Nos has desobedecido, cariño –dijeron al unísono con gorgoteante voz gutural –¡NO DEBISTE HACERLO! ¡NO DEBISTE HACERLO! –chillaban mientras se abalanzaron girando en espiral sobre él.

 

El banquete se extendió durante largas… largas horas sin fin.

*Publicado en el libro ¡CORTADLE LA CABEZA! y otros relatos de terror

18 – NIEVA SOBRE LA CIUDAD

 PORTADA NIEVA SOBRE LA CIUDAD

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La mujer mesaba los dorados cabellos de la niña, recostada sobre su pecho. Tras los cristales, los copos descendían lentamente desde el manto gris que cubría la ciudad, como si no quisieran llegar nunca al firme de la calle.

 

–Qué bonita es la nieve, ¿verdad, mamá? –Sus ojos azules brillaban de ilusión.

 

–Sí, cariño… –Pero en los de su madre sólo había angustia, y tristeza. Luchaba por no volver a llorar. Otra vez.

 

Camiones cargados con soldados uniformados de negro cruzaban la plaza, al fondo.

 

–Venga, ¡vamos abajo a jugar!

 

La mujer abrazó con fuerza a su niña.

 

–¡Quiero hacer un muñeco contigo, mamá! –insistía. ¡Tú le pones la nariz y yo los ojos ¿vale?

 

–No podemos bajar.

 

–¿Pero por qué? Si ya no hacen ruido.

 

–No se puede tocar la nieve, hija. Está muy… fría y te pondrás enferma.

 

–¡Que no, que no hace frío, joo! –Se soltó del abrazo– ¡Venga, que me pongo los guantes y ya está!

 

–¿Quieres que mamá se ponga malita, entonces?

 

–Eh… no, ¡sólo un ratito venga! –Estaba al borde de la rabieta.

 

–Ven aquí, cariño, –Intentó que la dulzura en su voz ocultase su inmensa congoja– haremos algo mejor: te contaré un cuento de papá.

 

–¿De papá? –Sus cejitas se arquearon.

 

–Sí cariño, de papá –La atrajo hacia sí, acurrucándola a su lado. De esta manera no vería las lágrimas aflorando en sus ojos.

 

–¡Bieeeen! ¿Es largo, no?

 

–Es largo y muy bonito. Durará hasta mañana…

 

“Hace mucho tiempo, cuando papá era un niño muy pequeño, como tú…

 

Hasta que vengan por nosotras.

Hasta que también a nosotras nos conviertan en nieve.

 

*Publicado en el libro ¡CORTADLE LA CABEZA! y otros relatos de terror

17 – LA CARICIA DEL SUEÑO

PORTADA LA CARICIA DEL SUEÑO

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Eran la cuatro y media de la madrugada cuando terminé una de mis habituales sesiones noctámbulas de lectura.

 

Muerto de cansancio y con el peso del sueño sobre mis párpados, recorrí en silencio y a oscuras –para no despertar a nadie– el largo pasillo que separa la sala de lectura de mi habitación. Una vez dentro, llegué tanteando los muebles hasta mi cama, donde caí rendido.

 

Arropado hasta la nariz y con el furioso viento de diciembre aullando en la noche profunda, pronto sentí como mi consciencia se diluía en la oscuridad.

 

En ese mismo momento toqué con mi mano derecha algo cuya presencia no había advertido, era algo frío… eran… falanges humanas, formando parte de un brazo esquelético que… ¡se estaba moviendo!

 

Todas las noches lo hacía, pero aquella noche… ¡había olvidado mirar bajo la cama! ¡DIOS MÍO! ¡HABÍA OLVIDADO MIRAR BAJO LA CAMA!

*Publicado en el libro ¡CORTADLE LA CABEZA! y otros relatos de terror

16 – LA VOZ

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Todos hemos escuchado alguna vez, ante determinadas situaciones estresantes, una voz interior que susurra un sibilante consejo para superar airosamente el problema circunstancial que encaramos; aceptamos la sugerencia como si de una ley se tratara, y nos olvidamos automáticamente de ella una vez superada la encrucijada coyuntural. Hacemos responsables de esta voz a la conciencia, al ego, a la intuición… con la pragmática pretensión de ocultarnos nuestra completa ignorancia al respecto. Por desconcertante que pueda resultar, desconocemos el verdadero origen de esa voz.

 

Cuando decidí que la vocación de mi vida era la Medicina, había escuchado la voz. Hoy soy médico y odio mi trabajo.

 

Cuando conocí a Silvia y sentí que jamás podría volver a querer a otra persona, la voz reafirmó mi impresión con su opinión favorable. Hoy soy un hombre divorciado.

 

Cuando nació mi único hijo, dije que superaría en todo a su mediocre padre; la voz estuvo de acuerdo conmigo. Hoy mi hijo se arrastra por la vida, perdido y sin rumbo.

 

Maldije una y mil veces, con todas mis fuerzas, aquella repulsiva voz que había hecho de mi travesía por la existencia una continua caída hacia la condenación. ¡Culpable de todos mis males! –grité rabioso– ¿Dónde te escondes ahora, detestable cobarde?

 

Y entonces, la presencia se reveló junto a mí, en el mismo reducto de la mente que yo habitaba, en la soledad que creía de mi exclusiva propiedad; no era uno más de mis pensamientos, era real. Descubrió su velo de inconsciencia, como el ladrón que rasga violentamente las cortinas de la habitación que el inquilino legítimo creía vacía, muriendo éste a consecuencia de la brutal impresión recibida. Así fui sacudido en mi fuero interno, deseando que esto se debiera a un trastorno mental transitorio, a un pasajero desdoblamiento de la personalidad, a… Sentí sus palabras dirigidas, clara e inequívocamente, hacia mi persona, sin susurros, sin prestarse a la duda. Nunca oí voz más espantosa:

 

–¡No te atrevas a culparme de tu bien conocida mediocridad! –amenazó siniestra. Todos los consejos que has recibido indicaban tus mejores opciones a seguir ¡Fuiste tú, apestoso inepto, quien las truncó, quien las desaprovechó en manos de la desidia! Naciste siendo un perdedor y así morirás. Ni por un momento pienses que otorgué mi consejo por amor u obligación hacia ti, para mí no eres más que una carcasa de carne vacía que necesito para continuar perpetuándome; tampoco puedes considerarme un parásito, pues he cumplido con mi parte del pacto del que ambos somos beneficiarios. Que tu propia ineptitud te haya impedido aprovechar la ayuda recibida no es un asunto de mi incumbencia.

 

Y sabiendo que todo aquello era triste e ineludiblemente cierto, apenas acerté a balbucear una sola pregunta:

 

–¿Qu… quién eres?

 

–Yo soy la necesidad pura, soy el gusano ciego.

*Publicado en el libro ¡CORTADLE LA CABEZA! y otros relatos de terror

15 – D.E.P

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Mi padre estaba muerto. Yacía junto a mí sobre su lecho de eternidad. Parecía dormido, como en los recuerdos de lejanas noches de verano pasadas en la infancia. Pero ahora su semblante estaba cubierto por un frío halo de palidez y sus manos cruzadas sobre un pecho inerte que había olvidado su pulso vital. No siempre resulta fácil asimilar los fenómenos que llegan ocultos bajo la irreal impresión de cotidianidad inmutable donde creemos existir. Orden lógico es que el hijo vele el cuerpo del padre, ambos en silencio, mutua obediencia de la ley que no puede ser ignorada ni transgredida en forma alguna. Su rostro severo, ausente de piedad por sí mismo, admirable en su serenidad, frente a la triste mirada de su hijo ante la despedida que nunca termina en la memoria de los vivos, que deviene en reencuentro con el paso de los años.

 

Contemplé al hombre que me había dado la vida, sintiendo que una parte de mí había muerto, y algo de él seguía viviendo en mi interior. Sentí que así hubiera sido yo de haber vivido en su tiempo, y que las arrugas de mi rostro estarían ahora en el suyo si hubiese conocido aquello que mi experiencia alcanzó en sensibilidad y razón.

 

Si tuviese que destacar la cualidad más característica de mi padre, creo que ésta sería sin lugar a dudas su intensa e inagotable vitalidad, que hacía extensible a las personas que se encontraban a su alrededor. Siempre activo, incansable, ocupando sus horas en las más diversas actividades que puedan imaginarse. Pero sus acciones nunca carecían de la justa dosis de reflexión necesaria, suministrada por su aguda e inquieta inteligencia. Demostró que los sabios no tienen porqué ser exclusivamente hombres de pensamiento y actitud contemplativa. Decía no tenerle miedo a nada en este mundo y así lo reflejó constantemente en su conducta hasta el último día, hasta el último aliento, sin derrumbarse moralmente ni por espacio de un solo segundo. Se despidió de nosotros con una solemne sonrisa, expirando serenamente como uno de los héroes de leyenda de la Antigüedad. Jamás conocí –y seguro estoy de que jamás conoceré– persona más firmemente arraigada a la dura tierra de la realidad natural tal cual es.

 

Cuando era niño –y aún más en mi adultez–, su valor y entusiasmo ante las cosas me impresionaba, era un ejemplo viviente para mí. Siempre me preguntaba cómo era posible poseer semejante valentía inquebrantable, conociendo las múltiples formas que adopta el horror para manifestarse en nuestro mundo. Era sencillamente increíble. A él debo la solidez de mi carácter y una personalidad sin fisuras. Cuánto le iba a echar en falta.

 

El velatorio tocaba a su fin, estaba amaneciendo. Pronto vería el cuerpo de mi padre por última vez, antes de que la tierra le acogiese en su seno maternal para proporcionarle el eterno reposo. Repentinamente, ante mi espanto, papá se incorporó furiosamente de su ataúd, abriendo sus ojos vidriosos, donde brillaba la inconfundible huella de la locura y la desesperación absolutas; y clavó aquellos ojos ensangrentados sobre los míos, mientras mi corazón golpeaba los orgánicos muros de su encierro y mi mente pugnaba por evadirse de la evidencia que era incapaz de asimilar.

 

Me agarró por los hombros con sus rígidas manos de hielo y comenzó a gritarme guturalmente palabras impronunciables para un pecho privado de aire:

 

–¡La vida nunca termina! ¿Me oyes, hijo mío? ¡Nunca termina! –chilló monstruosamente– ¡En la muerte se cumple el más profundo de nuestros miedos! ¡Perdóname por haberte traído al mundo, hijo mío, perdóname!

 

Y así fue como descubrí, antes de perder el sentido, que lo que impulsó la vida de mi padre fue su deseo de encontrarse con la muerte.

 

En cierto modo, mi padre siempre había estado muerto.

*Publicado en el libro ¡CORTADLE LA CABEZA! y otros relatos de terror