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Reseña de «UN ESCRITOR EN GUERRA: VASILI GROSSMAN EN EL EJÉRCITO ROJO, 1941-1945» (2006), de ANTONY BEEVOR

VasilI Grossman Un escritor en guerra

Los autores de «Un escritor en guerra: Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945», Antony Beevor junto a Luba Vinogradova, nos cuentan la experiencia en la II Guerra Mundial del escritor judío soviético Vasili Grossman, adjunto al Ejército Rojo en diferentes unidades y frentes, para realizar su función de cronista de la vida de estos hombres en el frente a pie de trinchera.

Vasili Grossman

Vasili Grossman. Fuente: El País

 La estructura del libro se basa en las notas y artículos escritos por Vasili. La voz de Beevor hace de hilo conductor, acotando y aportando el marco cronológico y las explicaciones históricas necesarias para ubicar el sentido y trascendencia de los trabajos de Vasili, conformando un todo coherente y completo en la mente del lector. Me ha gustado mucho este formato, pues aprendes Historia al tiempo que te pones en la piel de los individuos que la conformaron a base de sacrificios impresionantes, inimaginables a no ser por trabajos como éste.

Vasili tomaba notas de sus impresiones personales sobre los distintos escenarios bélicos que iba recorriendo -jugándose la vida, sobra decirlo-, muchas veces simples imágenes, pero con un alto poder evocador del ambiente que allí se vivía. Extraigo un ejemplo:

«Un bebé llora toda la noche. Tiene un absceso en una pierna. Su madre le susurra, tratando de tranquilizarlo: «Mi niño, mi niño», mientras la batalla nocturna truena en el exterior».

Esta capacidad de reflejar la realidad mundana de la población civil y los soldados rasos, su capacidad de sacrificio por su patria, le permitía escribir artículos para el periódico Estrella Roja, muy valorados y leídos por los soldados, que veían así la trascendencia y valoración a otro nivel del papel que estaban jugando. Tristemente, el sistema de propaganda estalinista no tardaría en recortar, modificar y censurar todo aquello que no entrase en su cerril visión, algo de lo que Vasili se resintió cada vez más (muchos años tras acabar la guerra, en 1964, moriría de un cáncer de estómago con 58 años, a los pocos años de que se vetase la publicación -¡por antisoviética!- de su mayor obra, «Vida y destino», que finalmente vería la luz gracias a una red de disidentes, fuera de la URSS, por supuesto).

Soldados rusos

Soldados rusos. Fuente: Taringa.

Algunas de las «razones» por las que se modificaba/censuraba su trabajo era, por ejemplo, no dar cabida a la importancia de Stalin durante la batalla de Stalingrado (como sí hacían los escritores propangandísticos del régimen, p.ej), motivo por el que, por ejemplo, se le trasladó forzosamente antes de que terminase la liberación de la ciudad. Otro de los puntos de desencuentro fue que Vasili subrayó el sufrimiento particularmente cruel del pueblo judío bajo los nazis, y Stalin -que se volvió cada vez más antisemita- insistía en que no podían hacerse distinciones: todo era sufrimiento del pueblo ruso.

Vasili entrevistó a personas de todos los estatus. Se vio sorprendido, en una reunión con generales, por su absoluta mezquindad, megalomanía y falta de empatía por todas aquellas personas a las que dirigían. Todo era un «yo, yo, yo, yo…», desacreditar los logros de otros generales, y hacerlo todo de cara a los «logros» para la historia, algo que se vio claro en la carrera por ser el primero en entrar en Berlín al final de la guerra. Los años pasan, pero parece que la mezquindad de jefes, líderes y otros especímenes psicóticos de esta clase sigue intacta.

Un punto que me ha resultado muy conmovedor han sido los desvelos, la culpabilidad, que a Vasili le persiguió siempre, por verse separado de su madre y no poder dar con ella durante años, pero sintiendo que su destino había sido cruel. En efecto, al final descubriría que fue asesinada junto a otros 30.000 judíos en Berdichev (Ucrania) en una de las sistemáticas matanzas nazis con las que asolaban poblaciones enteras.

Ekaterina Savelyevna

Ekaterina Savelyevna, madre de Grossman. Fuente: Samizdattitude.

Otro de los apartados que me han resultado absolutamente estremecedores, por su meticulosidad a la hora de narrar los pormenores de lo que allí ocurrió, ha sido el dedicado a los campos de concentración de Treblinka, en su artículo «El infierno de Treblinka». Decir monstruoso es quedarse corto. Matanza sistemática de cerca de dos millones de personas en poco más de un año. Algunos extractos:

«Las madres enloquecidas de terror eran obligadas a pasar con sus hijos entre los ardientes hornos sobre los que miles de muertos se retorcían entre las llamas y el humo, con contorsiones y sacudidas como si hubiesen vuelto a la vida, mientras los vientres de las embarazadas muertas estallaban por el calor y sus hijos nonatos ardían en los úteros abiertos de sus madres. Esta visión podía volver loca hasta a la persona más equilibrada».

«Una de las principales diversiones eran las violaciones nocturnas y la tortura de las jóvenes más hermosas, seleccionadas de cada transporte de prisioneros. Por la mañana los propios violadores las llevaban a la cámara de gas».

«Un SS llamado Zepf. Se especializaba en matar niños. Esa bestia, que poseía una enorme fuerza física, sacaba de repente a un niño de la multitud y le golpeaba la cabeza contra el suelo agitándolo como un badajo, o lo hacía pedazos».

«Los habitantes del pueblecito de Wólka, el más cercano a Treblinka, cuentan que a veces los gritos de las mujeres asesinadas eran tan espantosos que todo el pueblo perdía la cabeza y corría hacia el bosque para escapar a esos chillidos agudos que atravesaban los troncos de los árboles, el cielo y la tierra. Luego, de repente, los gritos cesaban y se hacía el silencio antes de que comenzara una nueva serie de gritos, tan aterradores como los anteriores, chillidos que taladraban los huesos, los cráneos y las almas de quienes los oían. Esto sucedía tres o cuatro veces al día».

«La tierra expele huesos aplastados, dientes, ropas, papeles. No quiere mantener secretos, y de sus heridas incurables brotan multitud de objetos […], como si una mano invisible las empujara hacia la luz […]. Un terrible olor a putrefacción se cierne sobre todo el campo, un olor que ni el fuego, ni el sol, la lluvia, la nieve o el viento pueden disipar. Y miles de pequeñas moscas del bosque planean sobre los objetos, los papeles y las fotografías medio podridas».

Cuando uno lee libros como este «Un escritor en guerra» se hace consciente de la importancia de conocer, de recordar los extremos a los que la humanidad puede llegar conducida por líderes y políticos psicópatas. Las nuevas generaciones han de conocer esto. Ojalá las consciencias sociales y su juicio crítico vayan mejorando a base de educación, leyendo la lección que la Historia a escrito con mares de sangre, y podamos dejar algún día el salvajismo que aún impera de ésta y otras formas más sutiles.

Un libro extraordinario, cuya lectura recomiendo con fervor desde aquí.

«UN ESCRITOR EN GUERRA. VASILI GROSSMAN EN EL EJÉRCITO ROJO, 1941-1945 en AMAZON»

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MIS LIBROS EN LEKTU

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Aquí os dejo mi opinión sobre la plataforma Lektu, y mis ebooks gratuitos a disposición vía pago social. Tanto si eres lector habitual como escritor (o artista en general, porque también hay opciones para músicos, ilustradores…), creo que te gustará conocer las opciones que te ofrece Lektu.

¡Saludos!

 

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LA PAJA EN EL OJO DE DIOS – Reseña

La paja en el ojo de Dios - Review

«La paja en el ojo de dios» es un libro de ciencia ficción belicista de Larry Niven y Jerry Pournelle. Si mi opinión pudiese orientaros, aquí la tenéis.

¡Saludos espaciales!

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DAVID BOWIE: STARMAN. LA BIOGRAFÍA DEFINITIVA – Reseña

David Bowie - La biografía definitiva

Tras leer esta extensa biografía de David Bowie, aquí os dejo mi parecer sobre este libro de Paul Trynca, en el que se hace un amplio repaso de la vida y discografía de este artista icónico.

Espero que os guste.

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STRANGER THINGS – Reseña

stranger things

Aquí podéis leer mi reseña de «Strangers things», la serie que está causando sensación este verano. ¿Pasaste tu infancia en los ochenta? Pues descubre por qué te puede gustar, y bastante 😉

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YUNA – Reseña

Yuna

 

Me acabo de leer este cómic de ciencia ficción de Santiago García y Juaco Vizuete, y aquí podéis leer mi opinión y reseña al respecto, por si os animáis a leerlo también.

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LA BATALLA DE CRETA – RESEÑA

La batalla de Creta - Reseña

Aquí os dejo mi reseña sobre este interesante libro de Antony Beevor acerca de todo lo que aconteció durante la II Guerra Mundial en esta isla del Mediterráneo.

Espero que os guste.

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DESCARGA MIS EBOOKS GRATIS AMOR CUÁNTICO y LLUVIA DE CASTIGO

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Ya podéis descargar gratuitamente para vuestros ebooks «Amor cuántico» y «Lluvia de castigo«.

«Amor cuántico» es la primera (y última) historia de ciencia ficción humorística que escribía, donde se hipotetiza sobre el origen del fenómeno OVNI y el devenir de la universidad del futuro, además de los desalientos propios del amor no correspondido.

«Lluvia de castigo» nos traslada a un escenario apocalíptico donde comienzan a llover huesos humanos del cielo ¿Qué ocurrirá? Bueno, tendrás que leerlo 😉

Y recordad, si les hacéis reseña en vuestros blogs, os enlazo en sus páginas de ficha técnica y Amazon, lo publico en Facebook/Twitter, además de anunciarlo en el Bermer Blog.

¡A leer!

TIEMPO DE MARTE – RESEÑA

Tiempo de Marte Philip K. Dick

 

Aquí os dejo mi reseña del último libro que he leído del maestro Dick, Tiempo de Marte, por si os apetece echarle un ojo.

CÓMO NOS VENDEN LA MOTO – Reseña

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Puedes leer en este post mi reseña de Cómo nos venden la moto, libro compuesto de dos ensayos de Noam Chomsky e Ignacio Ramonet.

LAYERS OF FEAR (Pc, 2016) – Reseña

 

LAYERS OF FEAR (Pc, 2016) – Reseña

Una pequeña reseña de este juego de terror aquí.

PESADILLA 12 – LA CUCHILLA DEL TIEMPO

Como todos los días, me levanté y fui a lavarme la cara. La impresión llegó cuando alcé la vista. Mi cara se reflejaba en el espejo, sí, pero completamente marcada de profundas arrugas. Mi pelo –el que me quedaba– estaba canoso, y la piel bajo el mentón colgaba con inusitada flacidez. Era un anciano. De la noche a la mañana me había convertido en el anciano que habría de ser en un futuro aún muy lejano. No podía creer a mis propios ojos y lo que estos me mostraban.

De repente sentí una terrible punzada, seguida de un dolor agudo en el pecho, como si algo se hubiese roto sin remedio ahí dentro. Me agarré al lavabo, porque sentí que me caía, mientras todo empezaba a dar vueltas a mi alrededor. Aquel horroroso dolor fue lo último que precedió a la oscuridad.

Al despertar, noté que estaba tumbado boca abajo y que algo atrapaba mi cuello con firmeza. Pronto me di cuenta de que estaba sujeto ¡a un cepo de guillotina!, como los que sólo había visto en las películas. Forcejear siquiera resultaba inútil, pues sólo conseguía hacerme daño en la garganta. Miré a mi alrededor. Estaba en mitad de una amplia sala en penumbras. El suelo estaba empedrado, y me pareció realmente antiguo, sucio de manchas sobre manchas que nunca fueron limpiadas. Hacía frío, y el aire olía a polvo de ruinas.

Frente a mí, empezó a distinguirse una sombra entre las sombras del fondo. Una figura encapuchada de negro, alta y delgada, se acercaba silenciosamente. No escuché sus pasos ni pude ver su rostro. Traía una enorme guadaña entre sus manos.

No podía creer lo que me estaba ocurriendo. Estaba viviendo una pesadilla hecha realidad. Mi cuerpo se estremecía de pánico.

–¿E… eres la Muerte? –pregunté, aterrado, en un intento de que detuviese su avance hacia mí.

–Ese es el burdo y equivocado nombre –comenzó a hablar con voz resonante– que me han asignado los de tu especie. Mis implicaciones son mucho más complejas y profundas, incomprensibles para vosotros. Yo soy Transformación.

–¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué me habéis encerrado así? ¡No he hecho nada para merecer esto! –grité, desesperado.

–Has agotado tu tiempo asignado. Eso es todo.

–¡Pero si solo tengo treinta y dos años! Aún tengo mucho que ofrecer, muchas cosas a medio terminar. No puedo acabar así –supliqué.

–Tu edad cronológica no da pistas sobre el tiempo que se concede en esta dimensión –dijo la figura con determinación–. Además, te equivocas: cuentas con más del doble de los años que crees tener, setenta y seis, exactamente.

–Eso no… no es posible. Yo aún tengo treinta y…

–Error de percepción. Autoengaño. Has desperdiciado gran parte del tiempo que se te concedió, y ahora intentas justificarte, engañarte a ti mismo por ser incapaz de reconocerlo. Piénsalo… sabes que es verdad –dijo, acercándose más.

–No… no puede ser. Yo no puedo tener ya setenta…

La figura de negro blandió la guadaña por encima de mi cabeza.

–¿Deseas decir tus últimas palabras? –inquirió aquella voz cósmica.

–¡Espera! –grité, orinándome encima– ¿Qué me espera si me matas? ¿Qué hay al otro lado?

–Nada de lo que hayas podido imaginar antes, te lo aseguro.

Vi un fugaz movimiento oscuro. Al instante, un infinito dolor que se extendió, se extendió, se extendió…

La figura de negro se inclinó para recoger del suelo la cabeza cortada. Apoyó el cuello seccionado sobre la palma de la mano, de forma que la extracción de información pudiese comenzar, mientras caminaba de regreso a las sombras del fondo. Todos los pensamientos, sentimientos, recuerdos, experiencias, traumas, particularidades de procesamiento… todo, en definitiva, lo que había sido procesado por aquel cerebro comenzó a integrarse en la negra Transformación.

Cuando el proceso hubo terminado, la figura de negro depositó con suavidad la cabeza, aún tibia, en el estante de piedra de la pared del fondo inmersa en sombras, donde descansaría para siempre.

Junto con incontables millones más.

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 11 – AQUELLA CASA EN LA COLINA

El hombre había empezado joven, justo después de la universidad, a descender por la decadente espiral de las drogas. Y había llegado al medio siglo de existencia, algo que jamás hubiese imaginado, y que no dejaba de sorprenderle.

En todos estos años arrastrándose por el inframundo de los adictos, de muchas y distintas bocas, había escuchado una historia que en principio creyó alucinación de yonqui, después leyenda urbana y ahora, finalmente, sentía como verdadera, tal vez solo para perdidos y exiliados de la normalidad como él.

Y lo creía porque, cada vez con más frecuencia, soñaba vívidamente con aquella casa en la colina a la que se refería la historia. A veces se sorprendía a sí mismo pensando en ella, la mente arrebatada durante horas en plena vigilia. Era una llamada, una señal. Y debía atenderla, imperiosa como el próximo chute que no se puede postergar.

La historia contaba, con infinitas variantes, que existía una casa en cierta colina cercana, a la que sólo podían acceder determinados supervivientes del infierno de la drogodependencia. La casa era un portal a un paraíso oscuro de recompensas, ganadas en base a la profundidad del sufrimiento humano alcanzado sin haber caído en la psicopatía o en la muerte.

Pero la casa sólo aparecía en condiciones muy determinadas. Según se decía, debía invocarse a las tres en punto de la madrugada de una noche sin luna, y dibujar en la cima un determinado signo –único para cada elegido– con sangre de un determinado animal o persona, mientras un halo de estrella fugaz rajara el cielo nocturno.

Él ya había visto con nitidez en sus pesadillas el signo personal que se le había asignado. Lo tenía dibujado por todas las paredes para no olvidarlo.

Con igual claridad había visto en sueños a la persona que debía imaginar. La conocía.

Así que sólo le quedaba acertar con la noche y el halo surcando la bóveda del cielo. Se preparó a conciencia. Estudió las noches sin luna de todo el año, las lluvias de meteoros, las rutinas de su cordero de sangre.

La época más propicia sería durante el mes de agosto. En cualquiera de esas noches, conseguiría que el portal se abriera para él, estaba convencido. Se lo merecía. Era su destino.

Pese a estar completamente drogado, lo que más le costó fue conseguir la sangre. Fue desagradable. Penoso. Muy, muy penoso.

No sabía cuántas noches le costaría realizar con acierto el ritual, pero ya no había vuelta atrás. Debía conseguirlo antes de que encontrasen el cuerpo y lo relacionasen con él. Lo que sí sabía con certeza es que acabaría por entrar en aquella casa. La voz interior sin idioma se lo susurraba constantemente.

No fue a la primera, ni a la segunda noche.

Tampoco a la tercera.

Pero en la noche cuarta, justo cuando terminaba de cerrar su signo de sangre, un meteoro dejó su estela en la oscuridad del cielo, fina como el tajo de una navaja experta.

No fue una aparición. Tras un parpadeo, simplemente estaba allí frente a él, como si de hecho hubiese estado allí desde siempre. Una desvencijada casa de madera, sin que nada particular en ella llamase la atención en absoluto.

El hombre, asombrado, dejó caer el cubo de sangre al incorporarse. La historia era real. Y él era uno de los elegidos.

En ese justo momento recordó que nunca había escuchado nada más acerca de la casa en la colina. Nadie que hubiese entrado. Nada de nadie que hubiese conocido a alguien que contase algo, que hubiese vuelto. Tal vez él fuese el primero en conseguir que la casa se materializase en este mundo. El primero en entrar. Un escalofrío de pánico le recorrió el cuerpo, y sintió el impulso de subir corriendo colina abajo, alejándose de la tenebrosa silueta de la casa… pero lo reprimió, y dirigió sus pasos hacia la puerta.

Antes de que su mano alcanzase el esférico picaporte, la puerta se abrió hacia adentro.

La casa parecía estar esperándole.

Respirando hondo, el hombre atravesó el umbral, sumergiéndose en la oscuridad. Al entrar sintió que el aire era denso como el agua. Pero no era el aire, sino el tiempo el que sentía envolviéndolo. Un tiempo ancestral, de una dimensión ignota revestido de apariencia ordinaria. Este era un espacio-tiempo que, probablemente, ningún otro hombre hubiese conocido antes, y que por ello se presentaba a un cerebro humano con un aspecto de vieja casa abandonada.

Se encontraba en un pasillo de madera, con cuadros de escenas incomprensibles colgando de sus paredes, y que terminaba en otra puerta entreabierta. Por el hueco se escapaba la titilante luz de unas mortecinas velas, y golpes rítmicos de algo pesado sobre la madera llegaban hasta sus oídos. Andando lentamente a través de este tiempo denso, que destilaba irrealidad, el hombre se fue acercando paso a paso hacia la puerta.

Entró, y lo que vio hizo que su corazón se combara hacia dentro.

Una altísima figura enfundada en una túnica negra, y rematada por lo que parecía ser una deforme cabeza de carnero, cuyos cuernos casi rozaban el techo de la estancia, le observaba desde detrás de una mesa de cocina. En su mano de garra blandía una hachuela, con la que cortaba un cilindro de carne con potentes y precisos golpes. La trémula luz de las velas proyectaba nerviosas sombras danzantes. La figura de carnero parecía emitir una gravedad tan pesada como el núcleo de la Tierra. Era gravedad y era poder. Un poder tan oscuro, antiguo y más allá de lo humano, que el hombre sintió postrada su esencia en el mismo instante de su visión. Comprendió su absoluta insignificancia ante las condiciones de aquella presencia terrible. El carnero clavó en él sus ojos cargados de irracionalidad sin dejar de cortar la carne.

El hombre se sintió reducido y aterrado, como un niño ante un padre brutal e ilógico, propenso a la ira desatada, y ante el cual no hubiese la más mínima posibilidad de defenderse.

Sin embargo, y al mismo tiempo, también sintió que se hallaba bajo la protección de su aura oscura como el espacio. En su cercanía, cualquier amenaza o miedo humanos resultaban irrisorios. Estando aquí dentro, el hombre sintió que cualquiera de los problemas o dolores que habían conformado, como fibras de una soga putrefacta, el conjunto de su vida no tenían ya el menor sentido. Pero también sintió como, segundo a segundo, las oscuras raíces de una planta inmaterial se iban adentrando en su ser interior más profundo, que ni siquiera él había podido conocer, explorando hasta el último de sus recovecos, tal vez para iniciar una transformación radical e irreversible.

Se había adentrado en un reino absolutamente ajeno a lo humano, regido por poderes de dimensiones inaprensibles para el hombre, pero donde él había querido estar, con todas sus consecuencias, con tal de dejar definitivamente atrás la insoportable miseria de su vida de drogadicto. Y ahora iba a comprobar lo que realmente había hecho.

En su mente, en su cuerpo, sintió cómo sus apetitos, deseos y necesidades se iban concentrando para conformar un hambre pura. El hambre esencial que englobaba todas las razones que le habían hecho sufrir y motivado a actuar durante toda su vida. Un hambre incontenible que había que saciar a cualquier precio, fuese éste cual fuese, y que ahora sentía poder apaciguar definitivamente si probaba aquella carne que estaba siendo cortada sobre la mesa.

Tras el carnero y entre la luz de las velas, se abrió el vano de una puerta.

Y su garra alzó una fina loncha de aquella carne, ofreciéndosela.

El hombre se acercó, y en el instante de cogerla –húmeda y tibia– miró a los ojos del carnero. Y de ellos obtuvo el impacto de una opresión tan negra, abismal y aterradora, que supo que jamás podría volver a mirarlos sin destruir su mente por completo. Bajó la vista y traspasó la puerta, cerrándola tras de sí. La oscuridad era total.

Allí se introdujo la carne en la boca, masticándola con voracidad. Parecía estar aún viva, y su sabor era horrible, pero instantáneamente notó cómo lo nutría, lo alimentaba hasta la última célula de su ser, como nunca antes nada lo había hecho, experimentando olas de placer absoluto que dejaban en la insignificancia el orgasmo o el mejor de los viajes psicotrópicos.

Halló el paraíso en la oscuridad, donde se diluyó por completo.

Durante un tiempo que le pareció infinito.

Cuando otra puerta se abrió y salió por ella, volvió a sentir un ligero repunte de aquel hambre primaria en su interior, y estaba cansado, casi agotado.

El carnero estaba allí, en otra habitación, junto a otra mesa. Su cráneo exudaba gotas de sangre que se escurrían en hilos por las difíciles facciones de su rostro.

Él sintió escurrirse gotas de sangre semejantes por su pierna derecha. Pero no le dolía nada.

Le volvía a ofrecer otra fina loncha de carne, mientras otra puerta se abría a sus espaldas.

El hombre, como mero instrumento de su propia hambre, se prestó a tomarla y encerrarse tras la puerta para devorarla.

Allí le esperaba un océano con todos los placeres que había conocido y los que sólo había imaginado, más otros imposibles a la experiencia humana, que le inundaron, arrastrándole en lentas ondas por dimensiones que jamás habría podido explicar. Era como nacer, como morir, como ser todo y nada a un tiempo, contrayéndose y expandiéndose sin límites en una paz tan profunda como el espacio entre galaxias…

Después volvió a salir de la oscuridad, sintiéndose enfermo de hambre y cansancio, como si hubiese estado caminando durante años sin parar. Notó que tenía toda la pierna bañada en sangre, al igual que la cabeza del carnero –que vio en un fugaz vistazo– y que ya empezaba a empapar la túnica por su parte superior.

Le volvía a ofrecer un pedazo de aquella carne.

Y mientras retornaba a la oscuridad para saciarse, empezó a comprender lo que estaba ocurriendo, como un rayo de iluminación intelectual.

Aquella carne era la suya. Contenía la esencia de su ser, su humanidad, su alma inmortal. Y la estaba consumiendo en finos pedazos, pero de forma continua. De modo que, todo aquello que estaba destinado en principio a permanecer para siempre, sería consumido a lo largo del tiempo, un largo, pero finito tiempo, a cambio de experimentar maravillas no destinadas a los seres humanos en su estadio evolutivo presente.

Y comprendió que había algo más.

Un alto precio adicional, aparte de la eternidad.

Comprendió que, cuando apenas quedase ya nada de él y todos los paraísos de sensaciones hubiesen sido experimentados, lo más precioso de su esencia quedaría en manos de la figura encarnada por cabeza de carnero. Sus restos serían su pago.

Podía prever la condenación de la esclavitud que ya había comenzado, pero sin alcanzar a entender ni por asomo la profundidad que dicha condición conlleva. Supo entonces, sin lugar a duda, que otros muchos antes que él, millones tal vez a lo largo de la historia, habían pasado ya por aquí. Sus lamentos eran claros en la oscuridad.

Y mientras se devoraba a sí mismo, libre de dolor, visitante de paraísos, el grave balido del carnero, semejante a una carcajada inhumana, fue resonando cada vez con mayor amplitud y hondura en lo que iba quedando de su cerebro y su alma.

* * *

Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 10 – UN SELFIE A TIEMPO

Veníamos de recoger mercancía de nuestros amigos del norte. Y tras una breve parada en Plasencia, a descargar para nuestros contactos, volvíamos a Jaraíz por una estrecha carretera secundaria, dejando atrás la autovía. Conducía José, que era el que menos colocado iba de los cuatro. A su lado, iba Isabel de copiloto, dormitando con los cables blancos de los auriculares sumergidos en su morena melena. Yo iba sentado justo detrás de ella, probando aplicaciones del móvil, buscando en vano distraerme, intentando no pensar demasiado en el horrendo embolado en el que andábamos metidos hasta las cejas. Y a mi lado, como siempre y por no variar, estaba Alfredo, haciendo el gilipollas.

–Cuando terminemos con todo pienso comprarme un yate en Marbella –balbuceaba–. Sí señor, un yate de los gordos.

–¿Y para qué quieres tú un yate –preguntó Jose– si te gusta el agua menos que a los gatos?

–Para tirarme dentro a todas las putas de lujo de la zona ¡jajaja!

Dios, qué imbécil era.

–¡Ahí va, mirad qué bonita está la sierra! –gritó de repente.

Era verdad. Con sus cumbres nevadas y el cielo de un azul cristalino, la sierra de Gredos ofrecía una imagen espectacular.

–¡Oye –me dijo– hazme un selfie, ahora que se ve, antes de que la tapen los árboles!

Y rápido como un rayo, sacó medio cuerpo fuera, casi en horizontal, haciendo como que tocaba la cumbre con la punta de los dedos. Sí, iba a quedar una foto divertida, así que me apresté a encuadrarle con el móvil a toda velocidad para que no se me escapase el momento. Y disparé, varias veces seguidas.

Justo instantes antes de que el camión que doblaba la curva en sentido contrario le arrancara la parte superior del cuerpo en un impacto brutal, que resonó dentro como un cañonazo en un matadero.

En un solo segundo, sentí un líquido caliente mojándome la piel, un olor nauseabundo, los violentos bandazos del coche con José intentando no salirse de la carretera y los chillidos de horror de Isabel al despertarse. Luego vi lo que quedaba del cuerpo de Alfredo a mi lado, convulsionándose en espasmos y, al bajar instintivamente la mirada, la pantalla del móvil.

Al menos conseguí su selfie a tiempo.

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 9 – LA DIMENSIÓN DE CRISTAL

El sol de las primeras horas de la mañana entraba ya por la persiana medio subida. Me levanté con una impresionante sensación de ligereza, rápido, como si no pesase nada. Me percaté que los muelles del colchón no sonaron, como hacían siempre, al incorporarme. Y entonces me di cuenta de lo que estaba pasando:

Mi cuerpo seguía tirado sobre la cama, con la boca y los ojos abiertos, mirando fijos al techo.

Obviamente, era un cadáver.

La impresión me dejó paralizado por unos minutos. Muerto. Estaba muerto de veras. Me acosté como un día cualquiera más, y todo terminaba así, siendo un joven que no llegaba a los treinta. No podía creerlo. Observé mi enjuto cuerpo tendido, como un muñeco abandonado, mi rostro blanquecino sin vida, y me pareció en verdad frágil, digno de compasión.

Pero tal vez todo fuese un sueño, después de todo. Un sueño vívido, como ningún otro que hubiese tenido antes. Así que me apresté, en un impulso de despertarme, a palmear las mejillas de mi cuerpo rígido.

Y aunque sentí cómo dirigía mi mano derecha, no pude verla ni noté nada cuando ésta atravesó limpiamente mi cara sin encontrar resistencia.

Con una honda aprensión, me miré para no encontrar nada. Nada de nada. Mi único cuerpo estaba ahí delante, sobre la cama. Muerto.

¿Así que era mi mente, mi alma sin el encierro de la carne, a lo que había quedado exiliado? Los antiguos, la tradición estaban entonces en lo cierto… el alma sobrevive al cuerpo. ¿Qué destino me aguardaba ahora pues?

Pero no era eso lo que me preocupaba.

Sino lo que estaba a punto de contemplar, cuando mi madre, mi padre, mi hermana me encontraran muerto, con ese rictus en la cara, sin saber que, en realidad, aún seguía aquí.

En efecto, el horrendo drama familiar se disparó en cuanto mi madre entró en la habitación. Gritos desesperados, llantos sin consuelo, llamadas urgentes, desesperación, dolor… suyos y el mío. Por mi culpa.

Y todo lo viví en un absoluto silencio, porque podía ver, pero no oír, ni tocar, como confinado en una paralela dimensión de cristal, desplazándome de un lado a otro por lo que había sido mi hogar.

Se llevaron mi cuerpo, pero yo quedé aquí.

Fueron días horrendos, que prefiero no recordar demasiado. Tanto dolor en los seres queridos por el mero hecho de morir. Y no poder transmitirles en modo alguno que aún seguía ahí, con ellos, justo a su lado.

Cuando lloraban, los abrazaba sin poderles tocar, susurrándoles palabras de amor incondicional, asegurándoles que yo estaba bien.

Cuando la depresión los postraba, les animaba a levantarse y disfrutar de la belleza de los días en mi nombre, ya que yo no lo podría hacer nunca más.

Y cuando alguna pequeña alegría les hacía sonreír, olvidando brevemente mi pérdida, yo les decía que ese era el mejor regalo que me podían hacer, el mejor de todos. El que me liberaba de la culpa de haber causado su dolor.

Así fueron pasando lentamente los meses.

Meses en los que pude comprender el mundo, la vida, desde su dimensión de cristal, sin las ataduras e imposiciones del cuerpo de carne.

El silencio y la paz devinieron mi nuevo estado natural, ese que tan pocas veces alcancé cuando estaba vivo. Comprendí entonces con lucidez que el universo se experimenta en diferentes estadios y fases, atravesando dimensiones incomprensibles en las condiciones previas que vamos dejando atrás. Y que todas ellas, como el propio tiempo y el espacio, están interconectadas de infinitas y asombrosas formas, configurando una inconmensurable, maravillosa e inextricable unidad.

Según se iba asentando la aceptación implícita de mi muerte entre los míos, estos me iban liberando en cierto sentido.

E iba notando como mi dimensión de cristal se iba empañando, y lo captaba todo como si estuviesen entumecidos mis sentidos, más lenta, borrosamente a mi alrededor…

Más y más lejano cada vez…

El cristal se nublaba, se desdibujaba, licuándose… como mi mente, mi alma…

Sin duda, otra dimensión me aguardaba, aunque yo fuese una palabra ya absurda.

Sentí que era un mar de ondas cósmicas.

De radiación de estrellas.

De lágrimas de madre y risas de niños.

De espacios abismales extendiéndose en todas las direcciones.

Y que nunca tuvo sentido hablar de principio ni fin.

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 8 – EL AHORCADO AL ATARDECER

Contra un atardecer de llamaradas se recortaba el único árbol sobre la cima de la colina, el árbol hacia el que caminaba sin ninguna prisa, en mitad de un silencio absoluto. También se recortaba la sombra del hombre ahorcado, por completo estático.

El hombre era yo. Lo sabía con certeza.

Seguí caminando morosamente, como si no quisiera llegar nunca, aunque en el fondo era lo único que deseaba. Estar junto a mí mismo, otra vez.

Los pies de mi figura ahorcada colgaban a la altura de mi pecho. Cruzado de brazos, observé con detenimiento mi rostro muerto. La pálida piel pudriéndose, los pantalones y la camisa raídos por la intemperie, esos vidriosos ojos sin esperanza, compadeciéndome, los labios torcidos en una sonrisa amarga…

La arrastrada voz del ahorcado sonó dentro de mi cabeza.

–¿Por qué… por qué lo hiciste?

–Quería terminar con el dolor, la angustia sin fin. Solo eso. Apenas pensé nada más, te lo aseguro –me dije sin hablar.

–Comprendo… comprendo…

El silencio ahondó aún más en sí mismo.

–… pero esta vez erraste de verdad ¿no crees?

–Sentí que es lo único que podía hacer. Mi única salida –me defendí, hablando sin palabras.

–Te equivocaste. Sabes lo que nos espera ¿verdad?

–Ahora sí… ahora sí que lo sé –miré a mi alrededor–. Esta nada absoluta es lo que nos espera, este momento, repitiéndose eternamente: yo subiendo por esa pendiente para llegar hasta aquí y hablar contigo una vez más, dándole vueltas a lo que ya no tiene remedio. Induciendo causas, creando nuevos puntos de vista y perspectivas en torno al mismo error. Absurdas, inútiles. Una neurosis transcendental. Para siempre.

–¿Crees que es un castigo lo que nos ha ocurrido? –susurró mi yo colgado del árbol del Tiempo.

–Sin duda. Lo único que deseaba era escapar del dolor, y en un instante sentí que esta era la única vía para conseguirlo. Ahora soy plenamente consciente de mi fatal equivocación, pero no en aquel instante. Y por ese error, humano error, voy a ser castigado –por Dios o el diablo, no lo sé– por toda la eternidad.

Los ojos del ahorcado, congelados en aquella conmiseración, me observaron largo rato, antes de que su voz volviese a resonar en mi cerebro.

–Te equivocas por completo. Ellos no tienen nada que ver con esto. Lo sé, puedes creerme. Fuiste tú el que tomó la decisión de renunciar al regalo de la vida. Estabas informado: todas las religiones previenen de dar este paso.

–Sí, pero a veces la vida es un regalo envenenado…

–Se te concedió la vida, el libre albedrío. Y con ello, decidiste colgar de este árbol, renunciando a todo, buscando la nada… y la nada es lo que has conseguido.

–¿Libre? Yo no era libre cuando decidí ahorcarme. Era esclavo del dolor, de un estado mental insufrible. Eso no es ser libre.

–Fue tu mano lo que hizo el nudo en la soga, tu mano la que lo apretó alrededor de tu cuello y tu mano la que te empujó a quedar aquí colgado.

–Sí, mi mano conducida por un millón de sucesos y condiciones terribles encadenadas a lo largo de los años…

–En cualquiera de esos desgraciados eslabones tenías otro millón de opciones para romper esa cadena. Pero elegiste, por inercia, la configuración que te condujo hasta aquí. Tampoco puedes descargarte de esa responsabilidad, lo siento.

–Tu visión es bastante ciega a la realidad práctica del mundo… nacer y crecer en un entorno de constante violencia tiene sus consecuencias, y no hace de la vida un regalo precisamente agradable. Y eso también lo sabes, estabas allí. La mente infantil absorbe toda la mierda a su alrededor, y ese árbol crece torcido.

–Millones crecieron en entorno peores que el tuyo, y no acabaron aquí colgados para siempre. Fue tu mano. Es un hecho. Y conseguiste el resultado que buscabas. Escapaste del dolor. No hay más.

Durante unos segundos fijé la vista justo en el punto bajo los pies que colgaban sin tensión. Después me alejé unos metros para sentarme sobre la hierba y observar al ahorcado.

–Sé que me estoy hablando a mí mismo –le dije–, y que tu imagen inmóvil es sólo la recreación que hago de cómo creo que quedó mi cuerpo, del aspecto que debí presentar y dejar tras de mí cuando la oscuridad, al fin, me llevó consigo. El cielo es el último que recuerdo, y esta cima, el tacto de la hierba bajo la palma de mis manos, la agradable temperatura de la brisa que me acompañó…

El ahorcado guardó absoluto silencio, sin dejar de mirarme. No volvió a dirigirme la palabra, a decirme nada más. Yo tampoco.

Me quedé observando, abrazándome las rodillas, aquel inmenso cielo anaranjado del atardecer que nunca llegó a convertirse en noche.

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 7 – PLANETA INFIERNO

          Debo contarte el sueño que tuve anoche. Fue tan lúcido, estructurado y gráfico, que estoy seguro de que fue algo más; una certeza, no una mera impresión, un mensaje enviado a través de las estrellas. Un mensaje de socorro, transmitido en una frecuencia psíquica cuántica sintonizada con nuestros cerebros, cargando con la honda esperanza de poder recibir nuestra ayuda.

Una extraña forma de locura, que anula toda capacidad empática, parece haberse convertido en epidemia mundial, poniendo en peligro la propia supervivencia de la especie al desarrollarse la violencia asesina de forma exponencial. Las escenas se mostraron en rápida sucesión, como ejemplos gráficos de todo lo que está sucediendo a diario por todos los lugares habitados de este planeta infierno:

Un macho golpea a su compañera hasta abrirle la cabeza, un soldado es aplastado vivo bajo las cadenas de una máquina de guerra, un padre obtiene placer sexual de su hija de forma aberrante, uno es atado a una silla y después le van arrancando los dedos de los pies uno a uno con una herramienta mecánica, una fila de hombres es ametrallada delante de la fosa donde poco después serán enterrados, una mujer es rociada de líquido al que prenden fuego ante la mirada de una multitud, otras es asesinada cruelmente a pedradas, un joven es acuchillado entre varios en un callejón nocturno… y la lista parece no tener fin.

En mi mensaje onírico aparece también uno de los Kreadores que enviamos a este planeta Tierra, y que tuvo éxito en su misión. Éste concretamente ha encontrado su refugio a decenas de kilómetros bajo la superficie. Ha mutado de forma monstruosa y resulta una abominación apenas reconocible en relación al aspecto original con el que fue enviado desde aquí. Al parecer, ha perdido la conciencia del alcance de sus funciones como Kreador y, al no sentirse conforme con el resultado de su obra, está induciendo su autoeliminación utilizando diversos medios y capacidades adquiridas durante su lenta y progresiva mutación.

¿Deberíamos ayudar a los hijos de nuestro hijo? Opino rotundamente que sí, pero estoy seguro de que, una vez más, los Dirigentes harán caso omiso de las reiteradas peticiones de nuestra clase Soñadora.

Así, seguiremos creando infiernos por toda la galaxia.

* * *
Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 6 – EL DÍA DESPUÉS

         Te enterramos ayer, y aún no sé en qué lugar me encuentro. Será así por mucho, mucho tiempo, y eso sí que lo sé. Caminaré infructuosamente, perdido por las calles, los campos, intentando encontrarte, intentando despertar de esta pesadilla que es ya mi realidad para siempre. Y cuando asuma que tu abrasadora ausencia no tiene remedio y el dolor se mitigue, se transforme en una horrenda cicatriz pulsante, entonces digo, intentaré suicidarme por ahogamiento en los recuerdos que guardo de ti. Haré acopio de los mismos buscando el más recóndito, el mínimo y fugaz rastro luminoso de tu presencia,  escarbando hasta bajo el último pliegue de memoria. Cada uno que encuentre será el mayor de mis tesoros, y me desesperaré al comprobar cómo me engañó la cotidianidad, haciéndome creer que lo extraordinario de cada momento estaría por siempre disponible y cercano. Ahora daría cualquier cosa por uno de aquellos minutos a tu lado sin hacer nada, cualquiera de todos aquellos que no supe valorar ni por asomo.

          Sabía que sufriría lo indecible cuando te fueras, pero no podía imaginar lo terrible de las horas pasar sabiendo lo que ahora sé. El presente se ha convertido en una papilla repugnante, cruda, que debo tragar constantemente, y que me invita a soñar con estar muerto para terminar de una vez con todo, y volver a tu lado. Y no es mi corazón, sino mi cerebro quien así me susurra. Si la amputación de tu pérdida no acaba conmigo, sé que por fuerza habré de convertirme en algo que ya no seré yo. Los dos estaremos muertos, en distintas formas, y quedaremos cristalizados en la impenetrable gema del pasado.

          Imagino los días del futuro sin ti, el lento discurrir de los inviernos, los veranos… vacíos, carentes de la calidez de tu risa, tu insustituible compañía, esa que abrazaba de sentido todo cuanto ocurría, fuese bueno o malo… y  no puedo sino llorar de autocompasión ante lo que sé que me espera. Sé lo que me dirías con tu lógica aplastante sobre lo precioso de mi propia vida, de las otras personas que me acompañarán… pero hablarías sin saber ni remotamente, con tanta buena intención como ignorancia, lo que supone vivir dentro de mi piel ahora. Cada momento es una sesión de tortura, y un monstruo lacerado es lo único que puede salir de aquí.

          Lo sé, sé que no debería pensar así, pues empaño la sacralidad de tu persona cuando lo hago, pero no puedo evitar que mi mente viaje contigo al interior de tu ataúd, e imagine cómo será tu lenta descomposición entre microorganismos y gusanos hambrientos surgidos del infierno inherente a la naturaleza, como si pensando así, con mi mente vigilante allí dentro, pudiese detener o ralentizar lo inevitable. Me despertaré un día y pensaré “Avanzan,  y yo no puedo hacer nada”. Despertaré otro y lo primero que pensaré será, con lágrimas de impotencia resbalando por mis mejillas, “¿Cómo de hondo estarán llegando ya? ¿Se verá ya el hueso?” y horrendas imágenes, híbridos de imaginación y recuerdo, me torturarán con silenciosa saña.

          Los demás intentarán animarme, y las imágenes, como invisibles hierros al rojo, me quemarán la carne por dentro, y ni siquiera podré gritar.

          Desde este mismo instante todo me parece falso, impostado, una desagradable realidad de cartón-piedra que no sé si podré asumir y soportar sin convertirme a mi vez en un ser del mismo material burdo. ¿Qué clase de vida tienes, cuando todo tu interior está hecho añicos?

          El trato con los demás me obligará a ceñirme máscaras de cortesías que a duras penas podré mantener en su posición. Me veré obligado a escuchar, una y otra vez, en distintas voces y tiempos, todo el repertorio de frases de consuelo y sus variantes que la humanidad ha ido compilando a lo largo de su historia, y cada una de ellas será como una puñalada en mi alma, por más alivio que intenten transmitir. Es lo esperable, pero mi corazón late en una dimensión inaccesible a la mínima comprensión ajena.

          Sólo hay un motivo por el que no voy a renunciar hoy mismo a todo este tiempo que no quiero, y es el respeto a tu voluntad, a tu amor por mí, a todo lo incontable que hiciste para que yo pudiese llegar hasta aquí. Haré de cada uno de mis días un homenaje a tu memoria. Eso, sólo eso, es lo que me mantendrá unido a este infecto mundo de mentiras.

          Y mientras tanto, me aferraré al consuelo de saber que, cada paso que doy, me acerca más y más a tu lado.

          De vuelta a tu lado.

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Serie «Pesadillas Bermer»

PESADILLA 5 – LUNA CRECIENTE

En aquella extraña noche estival, hacía poco que acababa de cumplir los diecisiete años, lo recuerdo perfectamente. Como todos los veranos, pasaba largas semanas en la casa de los abuelos, apartada en mitad del campo, a unos cuantos kilómetros del pueblo más cercano. Y cada año que pasaba, estas semanas se me hacían más y más largas, aburriéndome en aquellas lentas soledades, ahondando cada vez más en las intensas, alucinadas preocupaciones propias de mi edad. Estaba allí, más por complacer a mis abuelos, y dejar libres a mis padres una vez al año, que por mi propia voluntad. Cada año era más consciente que el anterior. Y estaba allí, sí, pero en el fondo mi mente volaba lejos. U hondo, no sabría bien decir.

Caminaba por las sábanas de la madrugada entre la vigilia y el sueño cuando comencé a sentir aquello. Sentir  es la palabra. Y lo que sentí es que la realidad mutaba a mi alrededor, que era absolutamente ajena a mi experiencia, y puede que a la de cualquier otra persona sobre la Tierra.

Sentí la gravedad de la luna, y cómo ésta, lenta, milimétricamente, iba aproximándose a mí, cada vez más grande, más luminosa, más amplia… cómo una gigantesca calavera cósmica de cuencas abismales.

Todo iba ocurriendo en un silencio anómalo, como si la madrugada misma no pudiese creer lo que estaba ocurriendo. Yo observaba alucinado como lo imposible se desarrollaba ante mis ojos, creciendo, acercándose hasta entrar en la atmósfera. Era como si estuviésemos cayendo por un pozo astral o la luna hubiese revelado su naturaleza orgánica de coloso durmiente. Cada vez más y más cerca…

Vi los cráteres, de todos los diámetros, los cenicientos relieves, grisáceos y blancos, la seca y castigada faz ocultando la negritud del firmamento con su mortecina luz reflejada. Mi perpleja cordura comenzó a danzar…

…cuando vi que las polvorientas llanuras comenzaban a removerse, y cómo pequeños torbellinos aparecían aquí y allá, horadando la palidez, abriéndose ante lo que los producía. Emergieron esqueletos con sus espectrales caras y brazos vueltos hacia el cielo, en mi dirección, como en silente plegaria, despertando de un letargo de eones. Eran cientos, miles, tal vez millones… un océano óseo de cuencas negras que seguía acercándose, animados por su voluntad de unirme a ellos, buscando un abrazo familiar a través del tiempo, del espacio.

Y entonces sentí cómo la gravedad de aquella unívoca fuerza de voluntad comenzaba a separarme los huesos de la carne. No sentí dolor, sino liberación, como si toda esa bolsa de músculos, sangre y fluidos de mi cuerpo no fuese más que un molesto lastre, un tejido parásito, que me había mantenido sujeto a la Tierra hasta ese preciso momento. Sentí que me despegaba, que flotaba, y que pronto me uniría a mis hermanos muertos en las profundidades del océano de polvo lunar.

Supe entonces lo que siempre había intuido. Que la luna es el cementerio de los solitarios, de los raros, de los que pasan las noches en vela observando los astros sin saber por qué, de los que no encajan, de las personas sensibles que ven a través de lo material, de los soñadores que no pudieron conformarse al despertar, de todos aquellos que sufrieron sin tregua mientras respiraban, de los desintegrados por el dolor, de los aislados por su propia mente, enfermos de soledad… y que la Tierra era el infierno reservado para el resto de seres de polaridad contraria, para los hambrientos de lucha, de las dádivas de la carne y la sangre humanas.

Flote en el abandono y me hundí en la paz eterna.

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Serie «Pesadillas Bermer»