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34 – ¿SOLOS?

La noticia hizo estremecer los cimientos de la sociedad. Alrededor de nuestra estrella vecina giraba, entre otros, un planeta extremadamente similar al que nos vio nacer como especie. Así quedó confirmado por los escasos datos enviados desde la primera sonda exploradora, antes de perder contacto por causas desconocidas. La desafortunada pérdida de nuestro único ojo artificial en semejante momento y circunstancia quedó, en parte, compensada por la expectación generada en torno a la posibilidad de encontrar por primera vez vida más allá de los límites de nuestro pequeño mundo. Nunca las probabilidades habían sido tan altas pues, al menos en apariencia, este planeta bien podría haber sido definido como gemelo del nuestro. Desgraciadamente, la sonda desapareció mucho antes de llegar siquiera a las cercanías de su órbita.

Sin embargo, las distantes imágenes que recibimos, aunque sin ser reveladoras, dejaban una puerta abierta a la esperanza: el planeta poseía atmósfera y, por entre lo que no podían ser sino nubes, inmensas manchas azules coloreaban la superficie, función análoga que cumplen los océanos y mares de nuestro mundo.

Pasarían muchos años antes de que una segunda sonda alcanzase el lejano objetivo; y otros muchos hasta que los datos obtenidos culminasen el camino de vuelta, para desesperación de nuestra curiosidad exaltada. La distancia a superar seguía siendo abismal, de igual modo que las leyes de la física seguirán siendo indiferentes a nuestros intereses. Incluso ante la perspectiva positiva de un descubrimiento tan sumamente trascendental en todos los aspectos para nuestro futuro, solamente se destinaron los recursos suficientes para enviar una sonda mejorada, y no un grupo de éstas que permitiese reducir al mínimo los riesgos de otra desafortunada desaparición.

El tiempo que la segunda sonda necesitó para salvar el vasto espacio y transmitir su revolucionaria experiencia fue empleado, mientras esperábamos impacientes, en la elaboración de diversos planes de actuación ante cualquier hipótesis imaginable: desde la posibilidad de encontrarnos con otro planeta estéril hasta el descubrimiento poco probable de una civilización hostil, sin olvidar otros fenómenos potenciales aún más descabellados. Era preciso mantener el control absoluto sobre la situación. De nuestra capacidad de previsión podría depender la diferencia entre supervivencia y extinción.

Y llegó el ansiado momento. La señal continua que recorría las extensas llanuras del espacio-tiempo en forma de código se tradujo en imágenes. Todos pudimos observar lo que nuestro vástago tecnológico había experimentado años atrás bajo la luz de otra estrella:

La sonda atravesó la densa atmósfera con sus escudos ablativos brillando al rojo blanco. La composición y naturaleza de los gases atmosféricos quedaron registrados en los archivos sensoriales, confirmando lo sospechado: atmósfera idónea para el mantenimiento de formas de vida, al menos, según entran en nuestro conocimiento. Los niveles de radiaciones diferencialmente analizados tampoco se oponían a esta posibilidad. Y lo que parecía ser, fue efectivamente: era agua el elemento que cubría la práctica totalidad de la superficie planetaria, agua como la que bañan nuestras costas las encargadas de amortiguar el tremendo impacto de nuestro metálico cometa incursor.

Pero no había rastro de vida bajo aquellas aguas desconocidas. La sonda exploró amplias extensiones de terreno subacuático sin encontrar nada extraordinario, ni siquiera accidentes que no reconociese la geología de nuestro mundo. No perdimos la ilusión; era sólo el inicio de una impresionante labor de datación y búsqueda en un entorno que resultaba familiar y extraño a un mismo tiempo.

Asistimos expectantes a la visión del perfil rocoso que no podía pertenecer sino a una plataforma continental. La sonda emergió a la superficie y alcanzó la costa ayudada por acción del suave oleaje de las aguas. Ante su sensor telescópico se extendía un infinito desierto de arena cenicienta, barrido constantemente por lenguas de polvo. Ninguna huella, ningún indicio de nada que no fuese este manto de roca pulverizada. Tal vez en los estratos subterráneos se hallasen las respuestas que buscábamos en forma de registro fósil, pero esa labor habría de ser encomendada a una misión futura convenientemente equipada a tal efecto. La sombra de la decepción comenzaba ya a embargar nuestras esperanzadas expectativas. Otro pedazo de roca estéril, a pesar de las magníficas condiciones ambientales… parecía petrificarse en evidencia con el transcurso de los minutos.

La sonda se internó en línea recta hacia el interior con intención de cruzar el desierto hasta su extremo opuesto. Después, si no hubiese encontrado ningún objeto relevante durante este proyecto, recorrería la línea de costa. Así figuraba en su programa principal de traslación.

Vacío y desolación sin límites alrededor de nuestra enviada artificial, infatigable en su búsqueda del remedio que curase la más terrible de las enfermedades que hemos sufrido: la soledad universal. Durante mucho tiempo contemplamos cómo navegaba por el infinito mar de dunas, doloroso reflejo de su viaje espacial, cargando ya con el peso muerto de nuestras ilusiones naufragadas. De nuevo la nada en su estado inerte, siempre presente, inmortal…

Pero los sensores captaron algo. Allí en la distancia, justo en la línea donde cielo y tierra convergen. Allí, tras una difusa pantalla de polvo en suspensión, se perfilaban las siluetas de altas estructuras de apariencia innatural. Nos sentimos renacer ante aquella visión. Y mientras la sonda devoraba terreno en dirección a su descubrimiento, uno de sus sensores laterales captó algo que apenas sobresalía de su sepulcro de arena. Era una amplia lámina de metal de poco grosor, firmemente sujeta al terreno bajo las dunas. No pudo ser arrancada. La sonda utilizó entonces sus herramientas prensiles para desenterrar trabajosamente aquel objeto. Sus bordes estaban fundidos, y su superficie doblada, como si hubiese sufrido altas temperaturas en un corto intervalo de tiempo. A pesar de su estado deteriorado, pudimos distinguir en su parte media una serie de caracteres tenuemente inscritos:

PARIS 11 KM

Si guardaban alguna clase de significado, éste quedaba fuera de nuestras posibilidades de comprensión.

Todos nos sentimos fascinados cuando la sonda mostró su exploración de aquel lugar inconcebible: innumerables objetos extraños de finalidad desconocida, innumerables estructuras ennegrecidas que se elevaban a gran altura sobre la arena, como si quisieran atravesar el cielo… una inmensa diversidad de creaciones artificiales, las huellas de una civilización. La lenta erosión del tiempo no había conseguido aún extinguir la grandiosidad que impregnaba este lugar. Podría tratarse de un asentamiento –no tal y como lo entendemos nosotros, pero asentamiento al fin y al cabo–, aunque allí no había el menor signo de vida ni restos de la misma. Pesaba en la atmósfera la inconfundible quietud de la muerte –esa quietud característica del desierto que acabábamos de cruzar con nuestra sonda–. Tal vez los constructores de todas estas maravillas se encontrasen en algún otro asentamiento. Así pues, la sonda abandonó el lugar para continuar con su exploración. Mientras, se han iniciado ya los preparativos para la tercera exploración, que se encargará de analizar en profundidad el gran descubrimiento y desentrañar los misterios que encierra.

Ahora sabemos que, aunque sigamos estando solos, hubo un tiempo en el que pudimos no haberlo estado.

 

 

*Publicado en el libro HORRORES DEL MAÑANA y Otros Relatos de Ciencia-Ficción Oscura

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