PESADILLA 3 - EL RÍO DE LOS MUERTOS - Luis Bermer | Cuentos de Terror
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PESADILLA 3 – EL RÍO DE LOS MUERTOS

Guardo con absoluta nitidez mis primeros recuerdos del río. El cielo era de un intenso azul de principios del verano y el sol acariciaba sin quemar. Yo tendría cinco o seis años, y el agua límpida, cristalina, que me llegaba casi por la cintura, me permitía ver con claridad los renacuajos jugueteando entre mis piernas. Mis padres estaban sentados sobre la blanca arena de la orilla, observándome, disfrutando a través mía, viéndome chapotear por vez primera en las frescas aguas del río.

El río era ancho, su curso enérgico, y en mi mente infantil, el mundo un precioso lugar lleno de dicha, infinito, dispuesto a ser explorado. La alegría, el tesoro de la alegría, recorría mi cuerpo como un fluido de luz. Todo era perfecto, y ni siquiera podía imaginar que este mundo pudiera albergar un ápice de maldad u oscuridad.

El resto de recuerdos que guardo son cristales rotos, sucios, entremezclados en un caos que sigo intentando ordenar en el laberinto de mi cabeza.

Recuerdo que ya era un poco más mayor, y que ahora avanzaba –impulsado no sé muy bien por qué– por el curso contracorriente, entre ligeros saltos de espuma blanca. La alegría seguía en mi interior, pero ya no fluía con la misma intensidad, al igual que el azul del cielo ya no me parecía tan luminoso. Mis padres no estaban en la orilla.

Ahora el curso se iba estrechando claramente, las orillas estaban mucho más cerca la una de la otra. Atardecía, y todo el paisaje cubrió sus vivos colores con un velo de penumbra desvaída. No podía ver mis pies a través del agua cada vez más fría según avanzaba, pues iba adquiriendo un turbio color verdoso, similar a la vegetación que jalonaba las orillas como revueltas matas de pelo que surgiesen de la arena. Mi alegría se iba enfriando, pues se mezclaba con una fina corriente de confusión que sentía recorriéndome. Algo me decía que recónditos horrores insospechados estaban aguardando su momento para darse a conocer. El mundo ya no me parecía tan puro en su bondad. Comprendí que su peor cara aun no me había sido mostrada, e intuí que esa era la razón por la que los rostros de los mayores acumulan arrugas, tristeza y amargura. El tiempo, con su inexorable enseñanza, las había puesto ahí.

Ya no era un niño, pero tampoco un mayor. Sentí haber despertado de un bonito sueño infantil, y todo lo que iba viendo pasar por las orillas me parecía desangelado, triste; me pregunté cómo alguna vez me pudo haber parecido todo tan luminoso y enérgico, cuando lo que me rodeaba ahora reflejaba una incuestionable desolación. Encontré a otros caminando por el curso del río, tan confusos y perdidos como yo. La única referencia válida del mundo era la corriente contra la que caminábamos. Curso arriba, temblando.

Durante largos tramos del río el agua me llegó al cuello, y por primera vez temí morir ahogado, aunque nunca dejé de caminar. Y cuando la profundidad disminuía, la fuerza del curso parecía incrementarse para compensar, como si el río desease mantenerme luchando sin tregua. Los dulces recuerdos ligados a mis primeros pasos volvían a mi mente ahora como extrañas fantasías ajenas, nunca vividas realmente más allá de una burbuja de ingenuidad pueril. Comencé a ver cadáveres flotando río abajo.

Recuerdo andar tiritando bajo la luz de las estrellas, con el agua cortándome la carne como una sierra fluida que nunca se detenía. La oscuridad desde las orillas parecía susurrarme deseos de rendición y muerte, una invitación a sumarme al resto de cadáveres que descendían plácidamente por el curso del río, de vuelta al lugar del que todos partimos. Y aunque tenía fuerzas para continuar, cada vez aparecía con mayor frecuencia en mi mente una insidiosa, cambiante pregunta: ¿Para qué luchar? ¿por qué seguir? ¿quieres seguir sufriendo en vano, por nada, este frío eterno?

Caminar, caminar, caminar, con la vista fija en el punto donde la corriente, obcecada en doblegarme, se convertía en horizonte. Renuncié a pensar. Renuncié a sentir. Caminar, solo caminar.

Los hinchados cadáveres seguían descendiendo, cada vez en mayor número. Eludía su contacto, siempre que podía. Reconocí algunos rostros, que emergían de las aguas del pasado. También los de mis padres. Llovía con intensidad. Caminar, seguir caminando, caminar…

Mucho tiempo después comprendí lo que el río intentaba decirme desde el principio. El rumor de sus aguas siempre cantó la misma melodía, el mismo mensaje, pero yo no supe escucharlo antes. ¿Por qué luchas contra mí? ¿Por qué caminas contracorriente? Siempre te quise mecer en mi seno, pero te equivocaste de sentido. La meta a la que te diriges no existe. Yo soy el río. Tú eres el río. El río siempre vence, porque empieza donde acaba y acaba donde empieza. Origen y fin son ilusiones. Ellos ya lo comprendieron, como tú ahora.

Y vi que, en efecto, en aquellos rostros que descendían con la consistencia del légamo que pisaba desde hacía años, brillaba la luz de un sentido alcanzado. La paz de la complacencia absoluta con todo lo que existe.

Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que no me movía, que mi cuerpo estaba quieto. Mis ojos abiertos no veían nada, y el mundo a mi alrededor era solo un rumor entumecido, distante. Descendía, la oscuridad se intensificaba en un profundo silencio. Creí sentir que mi carne se desplegaba abierta como una vela, permitiendo que un líquido helado se mezclase con mi sangre. Un abismal pozo de negritud me arrastraba hacia su fondo. Me disolví en un cosmos de paz infinita.

Abrí los ojos, al tiempo que sacaba la cabeza a la superficie.

Desde la orilla, mis padres sonreían viendo a su hijo jugar en el agua.

El sol brillaba con fuerza en mitad de un cielo azul intenso, de principios de verano.

* * *
Serie “Pesadillas Bermer”

2 comments

  1. Melany dice:

    Sublime!!!¡

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