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30 – LA HUMANIDAD DORMIDA

El Apocalipsis no fue como lo imaginamos.

No fueron las bombas atómicas, ni los desastres naturales, ni una feroz pandemia vírica, no… no fue nada de eso. Nuestro final llegó con la alteración de un acto cotidiano: la humanidad quedó dormida.

Inesperado para nosotros, pero largamente premeditado por ellos, nuestros genocidas, nacidos más allá del sistema Oberón. Cuando los primeros hombres caminaron sobre la tierra, ellos se hicieron presentes en los cielos. Así se convirtieron en dioses, luego en mitos, para implantarse por siempre en la tierna mente humana. Y durante generaciones, no dejaron de aparecer y desaparecer sus extraños objetos volantes, en su misión de modificar nuestros cerebros, preparándolos para el Día, y protegidos por nuestros inducidos deseos de contactar con civilizaciones extraterrestres.

24-Agosto-2032: Día del Juicio Final.

En el anochecer de este día, el plan milenario llegó a su culmen: todos los cielos de la Tierra se vieron cubiertos por sus artefactos. Millones de ojos estupefactos miraron hacia arriba por última vez. Y activaron los increíbles patrones lumínicos –un espectáculo sobrecogedor, inenarrable– que nuestros cerebros, condicionados durante siglos, esperaban para desactivarse, para caer en un sueño infinito. Y salvo niños, ciegos y algún ejemplar defectuoso como yo, todos cayeron. Después bajaron en sus naves recolectoras para llevárselos, como quien recoge filetes en un supermercado. Cruel destino del Hombre.

Por miles… millones. Una lluvia de insectos metálicos a cámara lenta, imagen de una plaga bella y siniestra, inconcebible, como un pasaje futurista extraviado del Antiguo Testamento. Un Apocalipsis silencioso.

Y, aterrado, contemplé su descenso de los vehículos de invasión. Ahora tengo la certeza de que Dios no existe, no puede existir. Y si no es así, si realmente vive el Creador de estas abominaciones, entonces estamos condenados para la eternidad, sin esperanza. Dios es una monstruosidad. A su imagen y semejanza.

En mi huida desesperada de la ciudad, mi mente grabó escenas que me torturarán hasta que me alcance la muerte, que apuesto cercana. A mí me ignoraron, tal vez sabedores de que no existe un solo lugar que pueda servir de refugio. Hambrientos tras su largo viaje, comenzaron pronto su festín macabro. En las calles, por las avenidas, en los parques, dentro de las viviendas, en los altos edificios… Nunca olvidaré aquellos gritos de los que despertaban, mientras eran devorados…

Gritos que duraron días, que el viento arrastraba a kilómetros de la ciudad. Con los ojos ahogados en lágrimas, yo escuchaba, golpeando el suelo, sangrando, enajenado. Testigo del infierno en la Tierra.

Después cayó el Gran Silencio. El anuncio de que el mundo era ya un inmenso cementerio, un desierto de vida humana.

Fue al anochecer del día siguiente, tal y como habían llegado, cuando emprendieron su viaje de regreso. Como una plaga de brillantes langostas, abandonaron el fértil campo de la ciudad aún iluminada, con sus bodegas cargadas con mis seres queridos. Mis hijos, mi mujer, mis padres y mis… millones de hermanos. Sí… porque mientras los veía elevarse hacia las estrellas lo comprendí en un segundo, una suerte de revelación: todos los humanos, sin excepción, eran mis hermanos. De sangre, de especie. Y ahora los perdía para siempre.

Sólo nosotros quedamos.

Niños, ciegos… y algunos extraños supervivientes.

Como las semillas primigenias de la próxima cosecha de carne.

 

 

*Publicado en el libro HORRORES DEL MAÑANA y Otros Relatos de Ciencia-Ficción Oscura

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