50- ESAS COSAS EXTRAÑAS - Luis Bermer | Cuentos de Terror
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50- ESAS COSAS EXTRAÑAS

–¿Cuándo vuelves, cariño?

 

–No lo sé, David. Espero tener los planos generales de mi sector para dentro de dos o tres semanas, sobre mediados de agosto. Y después de un par de insoportables reuniones con el equipo directivo creo que habré terminado. Ya sabes lo pesados que pueden llegar a ser estos pedantes; siempre saltan con alguna nueva y brillante tontería que paraliza el proyecto.

 

David sonrió al otro lado del teléfono.

 

–Ojalá todo transcurra según lo previsto. Te echo de mucho de menos, Laura. La casa está vacía sin ti.

 

–Vamos, no seas tonto. Aprovecha este tiempo para hacer de tu cuadro una obra inolvidable. Estoy segura de que será algo grandioso. ¿Lo harás por mí?

 

–Lo intentaré. Pero te prometo que el año que viene nuestras vacaciones coincidirán, aunque para ello tenga que bajar hasta el infierno a patearle el culo a cierto esclavista obeso que tú y yo conocemos.

 

Ambos estallaron en carcajadas. Lentamente, las risas disminuyeron para dar paso a un silencio palpitante, que se adueño de la línea durante unos segundos interminables.

 

–Te quiero, David.

 

–Yo a ti también. Cuídate.

 

–Hasta pronto.

 

Colgó el auricular, y todo el peso de la ausencia cayó sobre sus hombros. Sí, la casa estaba absolutamente vacía sin ella. El incesante rumor del mar acentuaba la abrumadora sensación de soledad. La brisa entraba por las ventanas abiertas de par en par, perfilando su rostro mal afeitado. Contempló a lo lejos la cala desierta, los acantilados cortados a pico, el mar meciéndose en su aburrimiento intemporal. La intensa luz del sol no consiguió mermar su profunda apatía hacia la belleza natural que se desplegaba ante sus ojos. Desvió la mirada de aquella inmensidad repugnante. Sobre el caballete descansaba el lienzo con su obra inconclusa, esperándole pacientemente.

 

–Mediocridad. Exhala mediocridad por cada uno de sus poros. Es detestable –pensó sin el menor apego por aquel paisaje surrealista que su mente había creado–. Sintió el impulso irrefrenable de arrojar el lienzo por la ventana, para observar cómo se hacía pedazos contra el macizo sobre el que se erigía su casa; el mar los arrastraría después al olvido. Pero algo le detuvo en el último momento. Un inexplicable cansancio inmovilizó su cuerpo y su voluntad. Ni siquiera ese esfuerzo merecía la pena. Sólo necesitaba dormir. Dormir sin sueños, sin percepciones ni pensamientos de ningún tipo, sin deseos contradictorios ni emociones efímeras, sin obedecer órdenes carentes de finalidad comprensible. Dormir, sólo dormir…

 

Despertó en mitad de la noche cerrada; el fantasmagórico brillo de las distantes estrellas iluminaba tenuemente las paredes del salón. Reconoció al instante el sordo batir de las olas, que permanecía inalterable. Se incorporó con desgana y dirigió sus pasos hacia el cuarto de baño. Tanteó la pared torpemente hasta que consiguió pulsar el interruptor. El súbito golpe de luz no impidió a sus ojos entrecerrados captar un fugaz movimiento reptante que buscó refugio tras la taza del inodoro.

 

–¿Qué ha sido eso? –se preguntó David, aturdido– ¿Una rata? ¿Una cucaracha? Un escalofrío le recorrió la espalda. –No, no puede ser, aún estoy medio dormido. En todos estos años no hemos visto el menor rastro de esos bichos asquerosos–. De todas formas, y para quedarse tranquilo, David inspeccionó tras el inodoro y el resto del cuarto de baño. No encontró nada, como suponía. Giró el grifo del agua fría y se refrescó la cara en el cuenco de sus manos.

 

Amaneció nublado. Desde la línea del horizonte, negras nubes de tormenta amenazaban con extenderse por el cielo de plomo. David cerró las ventanas para protegerse del fuerte viento que se estaba levantando. Las olas rompían violentamente contra los castigados muros de piedra que se encaraban con el mar. Su estado de ánimo parecía identificarse con el de la naturaleza; y esta impresión, aunque absurda, le reconfortó en cierta medida. El lienzo seguía allí, sobre su caballete, exponiendo crudamente sus patéticas pretensiones de originalidad y grandeza. La aversión que la obra despertaba en su fuero interno permanecía intacta, pero ahora libre del fatalismo del día anterior.

 

–Tal vez tenga arreglo, después de todo –observó David con renovado entusiasmo–. Comenzaría por retocar la sombría masa de nubes para dotarlas de mayor profundidad. En pocos minutos todo estuvo preparado y el creador volvía a enfrentarse con su obra. El pincel acarició el lienzo:

 

Verde esmeralda.

 

Estupefacto, David contempló aquella pincelada de color verde que no debía –no podía– estar allí, manchado su obra y casi echándola a perder definitivamente. Acababa de mezclar cuidadosamente la pintura y el pincel estaba limpio por completo. No era posible, y si embargo, aquella mancha verde se deslizaba sobre el lienzo, frente a él, burlándose de su creciente ira.

 

–¿Qué demonios ha ocurrido aquí? –rugió furibundo al comprobar cómo el contenido del pequeño bote de mezclas no era ya el gris oscuro que él había preparado, sino una extraña sustancia de consistencia gelatinosa y color verde esmeralda que, evidentemente, no era pintura. Sin poder contener por más tiempo su frustración, David estampó el bote con todas sus fuerzas contra las repletas estanterías del armario; e impulsivamente, decidió abandonar el encierro psicótico en el que se estaba convirtiendo su propio hogar. Un largo paseo junto al mar le ayudaría a calmarse y a recuperar el equilibrio interior que estaba perdiendo a marchas forzadas. Pero su determinación flaqueó hasta extinguirse al llegar a la puerta de la calle. Otra vez ese repentino e incomprensible agotamiento se hizo dueño de su cuerpo y de su mente, tal y como ocurriese el día anterior. El sueño descendió sobre su conciencia, como una pesada losa y apenas si tuvo tiempo para arrastrarse hasta una cama donde caer desvanecido.

 

Cuando abrió los ojos, David no encontró distinción entre la impenetrable oscuridad circundante y las esferas opacas que descansaban tras sus párpados. Llegó hasta sus oídos el frágil sonido de la lluvia en contraste con el bramido del mar espoleado por los vientos de tormenta. Noche y temporal habían fundido sus fuerzas mientras él vegetaba en su sueño anómalo. ¿Qué me está ocurriendo? ¿Por qué duermo tanto? ¿Estaré incubando alguna enfermedad? –se preguntó sentado entre las sábanas. Si sigo así, me temo que tendré que concertar cita con el médico.

 

Y encendió la luz.

 

Un objeto rodante zigzagueó velozmente hasta alcanzar un rincón de la habitación, donde quedó inmóvil. David, demasiado sorprendido para sentir nada salvo extrañeza, se acercó cautelosamente, intentando discernir la naturaleza de aquella cosa que había reaccionado como si poseyera vida. En aquello había algo que le resultó inmediatamente familiar. Su color. Era una esfera de color verde esmeralda. Impulsado por su curiosidad, la tomó con sumo cuidado entre sus manos. Era suave al tacto, como una consistente pompa de jabón. –¿Qué maldita cosa es ésta? Jamás he visto nada parecido– se dijo mientras la irreconocible sustancia comenzaba a escurrirse lentamente por entre sus dedos. –Debo tener algún frasco de cristal en la cocina. Lo guardaré allí y mañana, a primera hora, solicitaré un análisis químico. Esperó que no sea tóxico–. David dirigió sus pasos hacia la cocina, tratando de que la sustancia semisólida permaneciese en sus manos sin caer al suelo. Pero se detuvo en mitad del pasillo, cuando percibió con claridad un rumor que palpitante que parecía provenir del salón. No era el sonido que producen las olas del mar, ni la lluvia sobre el tejado de pizarra, ni el viento cuando atraviesa por entre la espesa vegetación enmarañada, ni nada que él hubiese podido escuchar con anterioridad; era un sonido… innatural. Cautelosamente, David se acerco hasta el marco de la puerta que ahora daba acceso a un ignoto fragmento de la demencia oculta tras las leyes naturales: cientos, millares de esos cuerpos gelatinosos se agolpaban, retorciéndose entre sí, por toda la extensión de lo que antes había sido un salón con vistas al mar. La ventana abierta mostraba el mundo exterior: árboles con las raíces suspendidas en el aire, flotando sobre un mar de roca que alternaba su estado líquido embravecido con la solidificación en retorcidas agujas de piedra, sobre un horizonte de noche cercana y pulsaciones cromáticas en el tejido atmosférico. Lluvia de esquirlas cristalinas y relámpagos espirales horadaban el aire fugazmente, desgarrando el continuo de ilusión perceptiva, mientras la luz del satélite cadavérico iluminaba para David el verde fulgor de la masa hormigueante, que comenzaba a fundirse entre chillidos al tiempo que se expandía por la superficie de las paredes y el techo, como una tela doliente de materia viva. Las patas de madera del caballete mantenían su posición a pesar del movimiento crepitante sin dejar de mostrar la imagen que el lienzo portaba: David se percató entonces, en el clamor del caos envolvente, de que la informe visión enmarcada por la ventana no era otra que la que su cuadro reflejaba.

 

Y gritó con todas sus fuerzas mientras el párpado esmeralda se cerraba sobre el vano de la ventana y el lienzo caía para ser tragado por la extraña sustancia.

 

La terminal del aeropuerto se hallaba atestada de viajeros que andaban presurosamente de un lado para otro. Laura se dirigió hacia la salida con sus voluminosas maletas de viaje, sorteando personas que buscaban sus puertas de embarque en los letreros de las alturas. El resonante murmullo ambiental de conversaciones indescifrables aislaba a Laura en sus propios pensamientos. –¡Qué sorpresa le voy a dar!. Estoy deseando ver cómo se iluminará su cara al abrir la puerta. Aunque con toda seguridad me espera su reprimenda por no haberle avisado desde el aeropuerto para ayudarme con los bultos, la ocasión merece la pena. Espero que le hayan sentado bien todos estos días de libertad. Lo cierto es que nunca le ha gustado pasar demasiado tiempo solo–.

 

La conversación–monólogo del taxista le resultó exasperante por momentos, cuando no tediosa. Pero al menos, y a modo de torpe compensación, el hombre hizo gala de inesperada caballerosidad al final del trayecto, ayudando a Laura a trasladar sus pesadas maletas hasta el umbral de su puerta.

 

–Tenga, quédese con el cambio. Y muchas gracias por todo.

 

–A usted, señorita.

 

Laura observó como la pequeña y ruidosa mancha amarilla se alejaba por el camino pedregoso, bordeando el mar, de vuelta a la distante ciudad. Después, con una emergente sonrisa en los labios, pulsó el timbre.

 

Nadie abrió la puerta.

 

Dos pulsaciones prolongadas.

 

Nada.

 

–Vaya suerte la mía –se dijo Laura, rebuscando las llaves en su bolso– Habrá salido a dar un paseo; o tal vez haya bajado a la ciudad a hacer algunas compras. Bueno, no importa, creo que le sorprenderé igualmente cuando llegué. Giró tres veces la llave dentro de la cerradura y abrió dificultosamente la puerta de espaldas mientras arrastraba las maletas hasta el interior. –Ha debido dejar algún trasto justo detrás de la puerta, ¡apenas puedo abrirla! –bufó Laura.

 

Cuando por fin consiguió entrar, la puerta se cerró con súbita violencia y la uniforme película de sustancia palpitante volvió a cicatrizarse ante sus atónitos ojos. Todo estaba recubierto a su alrededor por aquella masa esmeralda de aspecto gomoso y brillo fosforescente que se extendía sin presentar fisuras, iluminando espectralmente el interior de la vivienda cerrada en penumbras. Laura gritó atravesada por el terror cerval mientras intentaba desesperadamente girar el picaporte sin lograrlo. Se hallaba protegido tras el traslucido, pero irrompible tejido que palpitaba ahora con creciente intensidad. –¡David! ¡Daviiid! ¡Contéstame, por lo que más quieras! –chillaba por los pasillos y habitaciones hundiendo sus zapatos de tacón en la sustancia que se había adueñado de su hogar. Rumores orgánicos obtuvieron sus gritos por toda respuesta; y mientras buscaba a su marido en estado de completa enajenación, Laura tuvo la espantosa, certera impresión de encontrarse en las entrañas de un inconcebible gusano que devoraba con avidez los sueños de dioses inaprensibles.

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