48 - EL CARNICERO - Luis Bermer | Cuentos de Terror
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48 – EL CARNICERO

 

Paco se despertó a las seis de la mañana. Se preparó y desayunó con desgana, antes de bajar por la escalera a su carnicería. Hoy no vendría el transportista, la cámara frigorífica estaba repleta, pero iría haciendo preparativos para la jornada. Esperaría al alba para abrir al público. Desde la muerte de María, meses atrás, apenas dormía cuatro horas diarias. Antes, su sencilla vida de carnicero de barrio le colmaba, con su apacible pasar de los días junto a su mujer. Ahora, era una cáscara vacía, y su rutina se había teñido de un amargo absurdo. Podría vivir así indefinidamente, sirviendo carne a sus vecinos hasta retirarse; nunca sería rico, ni pobre, y no le importaba. Pero en sus adentros, un pozo de oscuridad horadaba más y más profundo, abriendo estratos desconocidos en su mente. Y parecía no tener fondo…

La claridad ya inundaba la estancia, cuando volvió a escucharlo en el interior de la cámara frigorífica.

Ese sonido húmedo, reptante… que delataba su movimiento.

También escuchó pasos en la calle. Era la señora Carmen, tan tempranera como siempre, acercándose. Maldita sea, esperaba que no lo escuchara una vez estuviese dentro. Tendría que hablar bien alto con ella, intentando enmascarar ese chasqueo pastoso con su voz. Y rezaba porque no le diese por aparecer arrastrándose desde la cámara…

La señora Carmen entró en la carnicería, vestida con su sempiterno luto.

   –Buenos días, Paco ¿Cómo estamos hoy?

Además de una cierta veta de morbo, el interés por su estado era sincero. Ella quería mucho a su mujer, y a él por extensión.

   –Vamos tirando, vamos tirando…¿Qué le pongo, señora Carmen?

   –Bueno, me vas a dar un kilo de magro, que vienen hoy mis hijos a…

Oh no, ahí estaba… el sonido húmedo de su carne arrastrando por el suelo, dejando un rastro de sangre oscura sobre las baldosas blancas, como un caracol grotesco salido del inframundo. Se oía perfectamente… ¡y bien alto! En segundos la señora Carmen preguntaría ¿Qué es ese ruido que viene de la cámara, Paco? ¿Y qué ocurriría si lo viese aparecer a través de la cortina de plástico? No quería ni pensarlo… se desmayaría o saldría gritando… todo el pueblo se enteraría al instante, y la pesadilla pasaría a ser pública… No… tenía que actuar ¡y rápido!

…comer conmigo, porque se van después a pescar con su tío Ramón al embalse y…

   –¡Anda! –exclamó bien fuerte Paco– ¿Estará contenta, no? Los dos en casa con usted, y lo bien que le comen ¿eh?

Era su punto débil, aún a riesgo de que se entretuviese más tiempo, era ahí donde debía atacar.

   –¡Huy sí, Paco! ¡Qué ganas tenía ya de tener a los dos juntos conmigo! –una onda de emoción recorrió su voz– ¡A saber cuándo vuelven a venir los dos a la vez! Están muy ocupados con el trabajo, el uno allí en…

Mientras preparaba la carne con la mayor velocidad que le permitían sus manos, Paco oía el lento arrastrar de la masa informe por debajo del discurso del la señora Carmen. Y por el rabillo del ojo captó el movimiento en las cortinas de plástico, abriéndose al medio.

Ahora sí. Estaba entrando.

Paco actuó como un relámpago. El horror se precipitaría en segundos. Se lanzó hacia una pila de cajas medio vacías en un rincón. Con suerte, con mucha suerte, todo parecería natural.

   –¡Ja ja! –Bramó casi– ¿Y Ramón? ¡Menuda cara se le habrá puesto! Como la de un niño en Reyes Magos ¿a que sí?

Arrastró las cajas ruidosamente, pasándolas justo por el medio de las cortinas. Aquella cosa pesaba. Era en verdad abominable. Tuvo que emplear toda su fuerza para empujarla hacia dentro.

   –¡Imagínate! Más que como a sus sobrinos, los quiere como a los hijos que nunca tuvo. Él, que pesca siempre solo, va a pasar el día allí junto a ellos. No va a haber quien le borre la sonrisa.

   –Bueno, aquí tiene –le dio su encargo en una bolsa y las monedas del cambio tan rápido como pudo–. Ya me contará. La dejo, que ya ve que tengo todo esto manga por hombro.

   –Venga, Paco, que pases un buen día.

   –Igualmente, señora Carmen. Adiós.

Al fin, la mujer abandonó la tienda, y Paco corrió de vuelta al interior. Había tenido mucha suerte; pero ésta es siempre caprichosa. Seguro que entraba alguien en menos de cinco minutos. Tal vez en el peor momento posible.

La masa de carne ya había rodeado las cajas de plástico, manchándolas de sangre, y se arrastraba de nuevo hacia la tienda. Era algo realmente horrendo, repulsivo. Extendía rojizas protuberancias de músculos abiertos para avanzar, como una ameba gigante y sanguinolenta. Toda su superficie palpitaba de un modo innatural, emitiendo excrecencias que, a los pocos segundos, se hundían abriéndose en cavidades ansiosas, como bocas sin dientes. Venas amoratadas, arterias… se enterraban y emergían, adaptándose a las fluctuaciones hasta el límite de su resistencia, momento en el que se quebraban en una serie de crujidos espeluznantes, para bañar en sangre a ese organismo del que formaban parte. Algunas vetas de grasa blanquecina podían entreverse en determinados movimientos, recordando al aspecto de algunos animales al ser abiertos en canal. Aquello avanzaba con determinación hacia él.

Paco inspiró profundamente. Una vaharada de intenso olor a carne fresca inundó por completo hasta el último rincón de sus pulmones. Pese a sus largos años de habituación, tuvo que reprimir las arcadas. Aguantó la respiración y miró fugazmente la trituradora al fondo de la trastienda. Calculó que serían segundos. Sin pensarlo más, se lanzó para levantar aquella cosa en vilo. Consiguió asirla en un espantoso abrazo. La masa se debatía, frenética; sentía las extensiones de la carne como si quisieran abrazarlo a su vez. O engullirlo. No podía ver nada y sus fuerzas flaquearon. Un horror acelerado le invadió al notar sus pies patinar en la sangre, imaginando ya el golpe y todo aquello sobre él. Mantuvo precariamente el equilibrio y avanzó un paso, en dirección a donde recordaba la posición de la trituradora. Pesaba como el cemento. La carne lo envolvió en un manto de sonidos de pesadilla. En su terror imaginaba que aquello le gritaba, se intentaba comunicar con su lenguaje inhumano, una verborrea hormigueante de enjambre tras los gorgoteos de la carne. Sentía aquella vida imposible palpitar bajo el tacto repugnante sobre su cara. El instinto empujó sus piernas y avanzó trastabillando. Sabía que perdería totalmente el juicio si no llegaba de inmediato. Y entonces chocó contra la máquina que era su meta, su paraíso. Empujó de sí la masa, que se resistía, asida a él con fibras y tentáculos de músculo. Con un grito de pura desesperación, consiguió despegarse y la carne cayó con estruendo húmedo en el cajón metálico de la trituradora, rebosando y chorreando por todos sus lados.

Durante unos segundos se detuvo a recuperar el aliento, resollando, sin quitarle ojo al ser monstruoso que se retorcía intentando volver al suelo. Paco tomó impulso y hundió su brazo en la cruda, asquerosa blandura, sujetándola e impidiendo su escape mientras con la otra mano tanteaba a golpes, buscando el botón de encendido. Cuando sintió el despertar de la máquina, se apartó con rapidez y bajó la palanca de acción con todas las fuerzas que le quedaban. Las cuchillas del interior zumbaron como radiales y la carne pareció reventar en mil surtidores de sangre, saltando en todas las direcciones. El olor nauseabundo se intensificó aún más, como una ola invisible que barrió la estancia. Paco creyó oír los chillidos de la carne, indescriptibles… pero comprendió que eran las cuchillas mientras hacían migas a aquella cosa, que iba desapareciendo progresivamente entre sus mandíbulas de metal. Al final, la trastienda era una pesadilla roja. De la máquina supuraban kilos y kilos de picadillo, en medio de un manantial de sangre, cayendo al río del suelo con golpes rítmicos, pastosos… Paco se derrumbó junto a un rincón, vomitando. Y allí quedó, entre sollozos, como un niño grande…

La trituradora siguió zumbando con su himno de victoria durante mucho tiempo.

Cuando Paco consiguió reponerse un poco, fue a cerrar por dentro las puertas de la carnicería. Iba a necesitar muchas horas para limpiar tal desastre, para borrar las huellas de semejante horror. Él mismo era una mancha coagulada; un detalle del que ni siquiera tenía consciencia. Se puso manos a la obra, con todo su esfuerzo. Como si al frotar con fuerza pudiese eliminar también los daños internos. A la caída de la noche, su carnicería volvía a estar como siempre, pulcra e impecable, a costa de su agotamiento. Tan nefasto día estaba a punto de terminar. Comenzó su procesión final hacia los contenedores de la calle, cargado con enormes bolsas repletas de deshechos que arrojó furioso, una detrás de otra.

Y juraría que algo se movía dentro de algunas.

Efecto de la extenuación.

Ya en la cama, su mente decidió que el día no había sido suficiente, que aún podía aprovecharse mucho más:

¿Por qué tuviste que morir? ¿Dónde estarás ahora, María? La muerte no puede ser peor lugar que donde yo me encuentro. Esto no es nada, no tiene sentido sin ti ¿Para qué me levanto cada mañana? Sé que no me porté bien contigo demasiadas veces… sé que te hice mucho daño. Siento tanto… aquello que… ocurrió… Nunca fue mi intención que terminara de esa manera ¿Cómo puedes pensar que yo querría algo así? Me conoces mejor que nadie. Son sólo mis nervios, que a veces se descontrolan, ya lo sabes. Pero yo soy un buen hombre, sabes que es cierto. Tan cierto como que jamás podré querer a alguien como te quiero a ti. Ojalá todo pudiera volver atrás, como las manecillas de un reloj. Corregiría todos mis fallos, mis defectos. Sería para ti el hombre que deseabas que fuera, sería…

 

Paco se levantó de un salto, separándose de la cama. Clavó sus rodillas en la alfombra y agachó la cabeza. No necesitaba más luz de la que entraba por la ventana para verlo.

   –¡Nunca me dejarás! ¿Verdad? –gritó– ¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres de míii?

La masa de carne cruda se arrastró hacia él.

* * *

           El hombre aparcó su coche junto a la acera. Tenía todo el espacio que quisiera para hacerlo. Este simple hecho casi le parecía un milagro: que en un pueblecito a un par de cientos de kilómetros de Madrid, la realidad de estas gentes fuese algo tan distinto a su experiencia cotidiana. Poder aparcar donde uno quisiera. Fabuloso, como una máquina del Tiempo. Se bajó del coche y durante un minuto se quedó respirando aquella tranquilidad. Le recordaba tanto al pueblo de sus padres…se sintió transportado por este ambiente a sus lejanos años de infancia, aquellos veranos interminables. Sí, el pueblo entero funcionaba como una máquina del Tiempo. Pero tiempo es justamente lo que le faltaba ahora. Pronto tendría que continuar su viaje, en unas horas, a lo sumo. Se pasó una mano por la cara y se metió la camisa por dentro de los pantalones. Había parado a descansar un poco y, de paso, hacer una visita sorpresa a su primo Paco, que no veía en años. Miró a su alrededor y vio a una señora de mediana edad por la acera, con sus bolsas de la compra.

   –¡Perdone, señora! Buenos días ¿No está por aquí cerca la carnicería de Paco? Creo que es esta calle.

La señora miró hacia atrás, desconcertada, como animando a su memoria.

   –La carnicería de Paco… ¡Ah sí! Paco…

Algo en el tono de su voz lo alarmó.

   –No… ¿no es aquí?

La mujer le miró como si acabase de caer de la luna.

   –¿Es usted su amigo, o…

   –Soy su primo ¿Qué ocurre? –Su corazón se aceleró– Se preparó para recibir un golpe en forma de mala noticia. Podía sentirlo. Sólo esperaba que no fuese una irremediable noticia…

   –Siento ser yo quien se lo diga, pero la carnicería de Paco lleva años cerrada. Yo compraba allí. Muy amable, Paco. Desapareció.

   –¿QUÉ?

   –Sí, desapareció sin más. La tienda apareció cerrada un día, y otro…se le buscó, se preguntó, nadie lo denunció o reclamó, y nadie volvió a saber nada más de él. La gente pensó muchas cosas: que si se había ido con…

Sí, la gente dijo muchas cosas acerca de la extraña desaparición de Paco. La gente siempre habla, imagina y busca respuestas en todos los tonos y colores posibles. Se dibujaron tantas hipótesis que resultaría imposible ser exhaustivo. Algunos dijeron que se fue con una mujer rica para iniciar una nueva vida, dejándolo todo atrás. Otros dijeron que no soportaba más su vida en el pueblo, su trabajo, inundado siempre en recuerdos de su mujer. Hubo incluso quien, armado con la clásica maledicencia de pueblo, insinuó que tal vez era él quien había matado a su mujer, la entrañable María, y que, hostigado, hundido por la pena y la culpa, se había suicidado en algún lugar donde no pudieran encontrarlo jamás. Los más peliculeros imaginaron que Paco y su carnicería eran la tapadera de negocios muy oscuros procedentes de la capital, entre mil rocambolescas posibilidades más.

Sí, se dijeron muchas cosas acerca de Paco y su desaparición.

Pero nadie conocerá nunca la verdad.

 *

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